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6 de junio de 2016

6 de junio de 2016

Sé que no esperas esta carta, que jamás se te pasó por la cabeza que fueras a leer estas líneas. ¿2016?, habrás pensado, ¿cómo es posible que llegue con veinte años de retraso? O quizá lo que más te haya sorprendido es que este sobre con tu nombre aparezca bajo la almohada de la habitación del hotel en el que has decidido dormir hace apenas unas horas. Querías estar sola para encontrarte contigo misma, y así va a ser.

¿Cómo comenzar esta carta? ¿Querida Emma? ¿Querida yo? De una manera u otra, suena extraño, incluso a mentira. Porque este es uno de esos momentos en los que no te quiero, en que me fastidia que seas tan cerrada y tan extremista. Tan yo. O no. Porque nos separan veinte años, y me es difícil reconocerme en ti, esa mujer derrotada en la que te has convertido. O nos hemos convertido. Permíteme el desdoble para escribir esta retahíla, no pretendo con ello desvincularme de las decisiones que nos han traído hasta aquí, las que tomé yo y que ahora sufres tú.

6 de junio de 2016 no es una fecha cualquiera. Es el día en el que Mario y yo nos hemos casado. Ahora duerme, con su mano sobre mi cintura, sonriendo. Nunca había visto a alguien soñar así, con una sonrisa de oreja a oreja. Me gusta pensar que es porque sabe que estamos juntos, que lo estaremos siempre, y que con eso le basta para dormir satisfecho, para no necesitar nada más. Ojalá tuviera su seguridad. Pero yo me muero de incertidumbre. Siento que algún día despertará y ya no me mirará con los mismos ojos. Que habré dejado de ser suficiente. Y, sin embargo, ese no es el peor de mis augurios, porque a quien realmente temo es a mí. Tengo miedo a no saber querer como Mario se merece, porque lo quiero tanto que no darle todo será como no darle nada. E incapaz de reconocer mi incompetencia emocional, me recluiré en mí misma, y seré yo la que prolongue los silencios en el desayuno, me ausente en la comida, me salte la cena y le dé la espalda al irme a dormir. Hasta que una noche huya, esperando que mi vacío en nuestra cama haga despertar a Mario y, esta vez, ya no me deje volver.

Supongo que te estás riendo de mi ingenuidad. En estos veinte años han pasado muchas cosas que ni siquiera puedo imaginarme. Erré en mis pronósticos, piensas. Fue Mario el que cambió. Se ha ido distanciando poco a poco, y ahora estáis tan lejos que ya no os escucháis, ya no os veis. Ni siquiera recuerdas por qué os casasteis, qué fue lo que te hizo creer que vuestro amor duraría, que con él sería diferente. Por eso te escribo; yo sé todos esos motivos, los siento ahora mismo, pegada a su cuerpo en esta cama de hotel, que el inconsciente te ha hecho solicitar veinte años después, en un fallido intento de huida que no es más que el deseo de regreso. Los sé yo, el día de mi boda, y los recuerda Mario, el hombre de cincuenta años que te está esperando en vuestra casa.

Esta noche no sonríe, y es la primera vez. Puede que no te hayas dado cuenta porque hace mucho que dormís de espaldas. Pero Mario ha dormido sonriente estos veinte años; porque seguíais juntos, unas noches, y porque deseaba que continuarais estándolo, otras. Una sonrisa como la de un niño esperando a los Reyes, aunque sabe que se ha portado mal: forzada e inquieta, bajo los ojos bien apretados. Esta noche, como tantas veces, me está evocando a mí, la Emma de 2016, que le prometió que no se rendiría.

Él te sigue queriendo, aunque se le olvidó demostrarlo. Se da cuenta de que ha caído en el error de todos: creer que el amor es porque sí, en vez de hacerlo cada día. Esta noche Mario está despierto, más que nunca. Con esa certeza recién descubierta en el hueco que has dejado en la cama, se pregunta si volverás a tiempo de verla. La sonrisa de Mario acaba de aparecer de nuevo. Este Mario no cambia…

Tú tampoco cambias, querida Emma. Lo sé por esas lágrimas que están ablandando mis últimas letras. Son las mismas ahora y dentro de veinte años. Pero mañana se habrán secado, sin dejar rastro en la almohada, si acaso, un pellizco en el corazón. Y despertaremos revividas, dispuestas a luchar.

Porque siempre seremos así de extremistas. O todo o nada.

Porque nos hemos reencontrado y ya no volveremos a perdernos.

Este ha sido el reto 10 de Insectos Comunes: Típicos tópicos: El amor en estado puro.

El objetivo era partir del manido tema del amor e intentar que sonara a nuevo. Para ello, cada uno de los autores teníamos que escribir una carta de amor sin trampa ni cartón, algo romántico, pero que fuera original y que conmoviera al lector sin recurrir a la ñoñería. ¿Creéis que lo he conseguido?

Podéis leer el resto de cartas en los siguientes enlaces:

Amo cómo comes naranjas, por Cerdo Venusiano

Carta de amor. La distancia, por LaRataGris

A Esmeralda, por Daniel Hernández Centeno

Me das paz, de Benjamín Recacha

Una carta (in)esperada, de Jean Rush

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5 comentarios el “6 de junio de 2016

  1. Pingback: Amo como comes naranjas – Cerdo Venusiano

  2. Pingback: Carta de amor. La distancia | LaRataGris

  3. Pingback: Me das paz – la recacha

  4. Pingback: ¡¡4 años leyéndonos!! | Relatos Magar

  5. Pingback: Una carta (in)esperada | Universos Jean Rush

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