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Cien monedas de oro

La lluvia golpeaba el cristal de la ventana con tanta fuerza que la niña fantaseaba con que lo atravesase. Necesitaba algo de aire en aquella atmósfera asfixiante. Las tres viejas enlutadas seguían en torno al cadáver. Estaban tan pálidas y consumidas que parecían esqueletos, y sus enormes y hundidos ojos negros, cuencas vacías. Lo que las diferenciaba del muerto era que ellas aún se movían, tejiendo mantos de lana negra para aligerar el tedio.

A ninguna le incomodaba ya el hedor que emanaba del hombre por llevar tres días en descomposición. Ofuscadas en sus propios pensamientos, vigilaban a la niña con recelo.

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«¡Maldito viejo! ¿Dónde las habrá metido? No me quedan rincones donde rebuscar», pensaba Asia, mordiéndose los nudillos. «¡Cien monedas de oro! No pueden andar lejos. De tanto pensar en ellas, hasta creí oír su tintineo mientras lo amortajaba. Se estará riendo de nosotras desde el Más Allá», se lamentaba Nana.

—¿Y dices que murió de indigestión? —preguntó Dima a la chiquilla.

—Eso dijo el médico.

—¡Claro! El que es rico puede darse esos gustos. No nosotras, que de tan pobres, somos puro pellejo —se quejó Nana.

La chiquilla contempló la estancia de muebles desvencijados, pensó en la despensa vacía y se encogió de hombros.

—Y dime, niña —preguntó de nuevo Dima, agarrándola del brazo—, ¿a ti te dijo dónde las escondía?

—¿Qué cosas?

—¡Las monedas de oro!

—No las escondía, señora. Las contaba una y otra vez, por si alguna se había extraviado.

—¿Y no las gastaba?

—Como no fuera de tanto abrillantarlas…

—Entonces, ¿dónde están?

Volvió a encogerse de hombros.

—¡Habla de una vez, desgraciada! —la zarandeó Dima—. ¿Acaso te las dio a ti?

—No, señora. Yo le limpiaba la casa y le hacía los recados, y él me decía que con dejarme dormir bajo su techo ya tenía bastante.

—Y no las cogerías tú cuando lo viste muerto, ¿verdad? —le increpó Asia, cogiéndola del otro brazo.

—¡Qué va! Yo lo dejé contando sus monedas y me fui a lavar al río. Cuando volví, el viejo estaba muerto y las monedas habían desaparecido.

—¡No me lo creo!

—¡Mientes!

–Dejadla, hermanas. Es tan solo una chiquilla. ¿No veis que ella tampoco lo sabe?

—¿Y qué hacemos? —se quejaron.

—Buscar —dijo Nana, mirando por la ventana.

Dima se giró en la misma dirección:

—¡El jardín! —gritó.

—Eso es. Tenemos que buscar allí. Seguro que las enterró fuera.

—¡Vamos! ¡Vamos!

La lluvia se había convertido en una cortina blanca que lo difuminaba todo, pero la niña, a través de los cristales, distinguía tres puntos negros que cavaban con sus manos la tierra enlodada.

Pasaron muchas horas, y las risas hilarantes de las tres viejas dieron paso a sus toses estentóreas. Al amanecer, yacían muertas en los grandes agujeros que ellas mismas habían excavado.

Cuando la chiquilla despertó, se acercó al muerto. Acarició su vientre hinchado y caviló unos instantes. Miró a través de la ventana y, de nuevo, al cadáver. Después, sacudió la cabeza y se alejó de allí.

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3 comentarios el “Cien monedas de oro

  1. Cris Mandarica
    21 de julio de 2016

    ¿Y no se llevó las monedas? ¡¡¡Me has dejado con la intriga!!! Biquiños!

    Me gusta

  2. Pingback: ¡¡4 años leyéndonos!! | Relatos Magar

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Esta entrada fue publicada en 24 de junio de 2016 por en oscuro, Relato, Relatos Magar, terror y etiquetada con , , , , , , , .
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