Día de Todos los Santos: Juicio final a la señorita Magar

Siempre pensé que la Muerte sería un ente antropomórfico, al estilo Terry Pratchett, que me acompañaría por el umbral, filosofando sobre mi finiquitada existencia. Sin embargo, la Muerte fue tan decepcionante como la vida. Lo único que me recibió fue una nada insondable que me hizo prever que la eternidad tampoco me elevaría a la gloria. Pero ahí no acabaron las sorpresas. Ante mí, aparecieron decenas de muertos lamiendo calaveritas de azúcar, acomodados como un jurado popular. Pese a no reconocer sus rostros, me resultaban familiares.

–¿Quiénes sois? –me atreví a preguntar, intimidada por sus miradas acusatorias.

–¿Ni siquiera lo sabes? –me preguntó, perpleja, la mujer de la garganta desgarrada.

–¿Cómo lo va a saber? –replicó otro, de facciones azules–. No se molestó en darnos un nombre o un rostro antes de acabar con nosotros.

–Peor todavía. A mí sí me los dio, pero se regodeó en mi muerte igual, haciéndome creer que podría salvarme hasta el último momento –dijo un cuarentón, tan anodino como indignado.

No me hicieron falta más quejas para caer en la cuenta: eran mis creaciones; los personajes que había inventado y matado sin remordimiento alguno.

–Pero… ¡no existís! ¡Sois solo ficción! –traté de defenderme.

–Vaya escritora de pacotilla –chistó una voz de mujer, que no logré ubicar.

–Si ni siquiera tú crees en nosotros, ¿cómo esperabas que alguien lo hiciera?

Esa frase retumbó en lo que una vez fue mi cabeza. Un vacío denso se apoderó de mí. Esto era la muerte: descubrir que nunca merecí ser quién quería; que ese era el sentido de todo, aunque me negara a verlo. La ausencia de éxito había sido mi justa recompensa.

–No eres nadie, señorita Magar, exactamente igual que nosotros. Ven, acércate, te haremos morir de cada una de las maneras que inventaste. No tengas miedo, morir es más fácil que matar, y ya tienes práctica.

Decenas de cuerpos difusos se abalanzaron sobre mí, hasta cubrirme por completo. Nadie oyó mis gritos. Mi eternidad acababa de comenzar.

Allá, en el mundo de los vivos, una lápida cubría mi nicho, con unas palabras talladas sobre el mármol:

Has sido generosa

hasta el último momento:

te has ido la primera

para guardarnos el asiento.

Acomódate sin prisa,

que nosotros aún tardaremos.

Mándanos noticias

de cómo anda el averno.

Los Insectos Comunes te desean

una eternidad movida.

Nosotros mientras nos dedicaremos

a esta efímera vida ,

gastando con sumo gusto

tu parte de las primas.

Relatos del día de Todos los Santos

Con motivo del día de Todos los Santos, este ha sido el nuevo reto de Insectos comunes: narrar nuestra propia muerte. Relatos ideales para Halloween, ¿verdad? Si queréis leer la del resto de mis compañeros, aquí están:

Cementerio, de Daniel Centeno

Mis muertes, de La Rata Gris

Un amor imposible (Epitafio de mi propia muerte), de Manu LF

¿Descansará en paz?, de Jean Rush

No vale la pena morir, de Cerdo venusiano

 

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Comentarios

  1. Vicenta Martinez dice:

    Ha sido inquietante leer tu epitafio. Por lo demás me ha gustado mucho.

  2. Me ha gustado mucho este texto. Ya te enseñaré para la semana el que yo hice para un reto de Halloween que propuso Excentrya. Si aún va a resultar que estas fechas son inspiradoras. Biquiños!

Trackbacks

  1. […] Juicio final a la señorita Magar de Esther Magar […]

  2. […] Espero que les haya gustado. También los invito a pasar a leer los cuentos de mis compañeros: Juicio final a la señorita Magar, por Esther Magar. Cementerio, por Daniel Centeno. Un amor imposible (Epitafio de mi propia […]

  3. […] Juicio final a la señorita Magar Relatos. Magar […]

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