Relatos Magar

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Batalla perdida

Alzamos nuestras armas para una nueva acometida. Sabemos dar donde más duele, es lo que tiene dormir con el enemigo. No escatimamos en recursos: inventamos nuevas formas de ataque que nos pillen de imprevisto, eso siempre tiene su gracia; aunque los viejos trucos todavía cumplen con las expectativas. Ya sabes, decirte que eres el culpable de todo y hacerme la víctima una y otra vez. De tanto repetirlo, hasta yo me lo creo. Eso te saca de quicio y consigo comerte terreno en esta estúpida guerra que nos traemos entre manos.

Quiero causarte celos, rabia, remordimientos. Cualquier sentimiento me es válido, con tal de que algo se te remueva por dentro. Ódiame si te resulta más fácil que quererme, al menos el odio une más que la indiferencia. Por un momento, podré creer que aún provoco en ti sensaciones, que esto por lo que peleamos no ha muerto del todo. Pero nos hemos hecho tantas heridas en estas innumerables batallas, que eso a lo que un día llamamos “amor” apenas se tiene en pie. Qué crueles hemos sido. Más nos hubiera valido eliminarlo de un solo golpe, con determinación y honestidad por nuestra parte, para darle un digno final a esta relación que un día significó tanto. Pero tan lejos quedan los buenos momentos, que no hemos tenido ni esa mínima compasión. Disfrutamos con su lenta agonía y, peleando por no ser el responsable que le propine el estoque final, se nos olvida intentar darle un sincero soplo de vida. Será porque a pesar de nuestro afán en negar las evidencias, tú y yo somos conscientes de que la guerra hace mucho tiempo que está perdida.

No somos más que un par de desgraciados que se creen muy valientes por no abandonar este barco, ya totalmente hundido. Cuándo caeremos en la cuenta de que no luchamos por un futuro juntos, sino que lo único que pretendemos es amarrarnos a un pasado, que quizá no fue tan bueno como nos empeñamos en recordar. Seamos cobardes, ¡a ver si te atreves! Arrojemos las armas al suelo y que cada uno reconozca sus delitos: tú, que yo no era cómo creías; yo, que quizá nunca te quise lo suficiente; los dos, que nos equivocamos al elegirnos. Demos estos siete años como pérdidas, que más vale eso que toda una vida, y firmemos un tratado de paz. Por mi parte, te prometo que no habrá represalias. Prométeme tú que no habrá guerras frías. Si lo hacemos, tal vez ganemos un futuro mejor.

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