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De añoranzas y de miedos

El miedo a la oscuridad siempre estuvo presente en mi niñez. Un pasillo oscuro se volvía infranqueable y una habitación con las luces apagadas, la perfecta guarida para monstruos y fantasmas que, agazapados en las tinieblas, vendrían a atacarme en el momento más inesperado. Nadie parecía entenderme. Mis padres se reían cada vez que iba en su busca llorando e intentaban consolarme. Pero, enseguida, me devolvían a mi cama, diciendo que no eran más que bobadas y que ya era lo suficiente mayor como para enfrentarme a mis propios temores. Así que allí estaba, de nuevo, en la soledad de mi habitación, desvalida ante cualquier espectro que quisiera llevarme con él. Lloraba y lloraba, bien bajito, para que mis padres no me oyeran quejarme, hasta que me dormía, totalmente rendida.

Treinta años más tarde, deseaba volver a la infancia, donde todo resultaba más fácil. El recuerdo del auténtico pavor por amenazas invisibles y de la absoluta tristeza porque nadie me tomara en serio y me protegiera ya se había diluido en mi memoria. En aquella época, mis miedos aparecían al despertar, cuando me encontraba frente a los monstruos de la vida real. Las facturas acumuladas y un trabajo pendiendo de un hilo eran peligros que no iban a desaparecer al encender la luz. Tenía un pánico atroz a decepcionar a los de mi alrededor, a fracasar, a tirar por tierra una vida aún a medio hacer. Como en mi niñez, siempre había quien trataba de consolarme diciendo que todo pasaría. Al fin y al cabo, en las rachas malas era cuando había que demostrar nuestra fortaleza y tirar para adelante. Yo asentía y callaba, volviendo a verme sola ante el peligro, sin que nadie pudiera hacer nada por mí. Y me dormía llorando silenciosamente, para que mis hijos no descubrieran mis miedos, puesto que ya tenían bastante con los suyos.

Décadas después, cuando la cabeza me da un momento de lucidez, añoro esos años en los que podía tomar el control de mi cuerpo y aún tenía ante mí infinitas posibilidades para cambiar el rumbo de mi vida. Mis extremidades hace tiempo que dejaron de seguir mi voluntad y el juicio me va y me viene, según le parece. La gente ríe con mis olvidos, mientras yo vivo con el tormento de volver a sufrir otro instante de desorientación y vacío. Como siempre, el miedo vuelve a parecerme invencible. Lo malo es que, esta vez, llevo razón. No creo que la muerte me ofrezca posibilidad de victoria. Esa muerte que siempre vi tan lejana, pero con la que ahora temo toparme cara a cara en cualquier momento. Hoy son mis hijos los que me consuelan sin comprenderme, diciendo que a qué se deben mis preocupaciones, si ellos siempre están ahí para todo lo que necesite. Me miran con indulgencia y entre ellos murmuran que son los desvaríos propios de la edad.

Yo, con la experiencia que dan los años, ya no trato de explicarme. Algún día, ellos también entenderán que el miedo es constantemente el mismo y que solo se va transformando: para seguir siendo desconocido, para parecernos siempre insuperable.

2 comentarios el “De añoranzas y de miedos

  1. patricia
    11 de enero de 2013

    Gran y estremecedor cierre.

    Me gusta

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