Relatos Magar

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La insoportable tortura del “pudo ser”

Me gustaría que lo nuestro hubiera llegado a algo; da igual a qué o de qué forma. Porque habría querido descubrirte y no solo imaginarte. Así no estarías subido al pedestal de los idealizados y la realidad te habría sacado tus mil defectos, como a todos. Tendría actos que reprocharte, palabras que reclamarte, motivos por los que odiarte, recuerdos de los que olvidarme.

Pero hicimos lo peor que se le puede hacer a unos corazones esperanzados: dejar la historia en puntos suspensivos, con un pudo ser que nunca será. No hubo una excusa o una negación, solo el paso del tiempo que lo deja todo fuera de lugar. Para cuando me quise dar cuenta, había pasado el momento y mis ilusiones se quedaron colgadas, sin ningún blanco contra el que disparar mi frustración.

Porque mienten los que dicen que es el primer amor el que no se olvida. A ese es fácil dejarlo  atrás, enterrado bajo las pasiones que lo siguieron y que redujeron su recuerdo a un boceto torpe, propio de los primeros ensayos: con más ganas que aptitud, más efervescente que sincero. Es el amor interrumpido el que se ancla en la memoria, dispuesto a resonar entre las paredes del corazón cuando este se queda hueco. La caja de los latidos es el órgano más débil y traicionero, dispuesto a hincharse de quimeras por no sentirse tan solo.

Y aquí estoy yo, reconstruyendo con sueños nuestra historia inventada: rememoro tus gestos para entrever las señales que en su día no percibí y recuento esas palabras que no me atreví a decir cuando debía, ofuscada en encontrar el porqué al mayor de mis fracasos. Pero mis recuerdos están tan manoseados que ni siquiera me fío de ellos, así que me resigno a crear mil finales alternativos, por si alguno me resulta convincente y consigue apaciguar esta zozobra.

Me gustaría que lo nuestro hubiera llegado a algo: a la historia más bonita del mundo o la más triste de las desilusiones. Habría preferido que me engañaras, me abandonaras, me molieras el corazón. Incluso el desenlace más cruel y rastrero me hubiera valido la pena, ¿sabes por qué?: porque eso significaría que tuvimos un comienzo. Pero en su lugar quedó un “y si…” eterno que no cesará en su tortura, hasta que logre encontrar ese punto y final que quedó perdido en alguna parte de las cosas que nunca hicimos.

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