Relatos Magar

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Desordenado

Miré en el fondo del vaso para ver si encontraba mis penas ahogadas, pero solo hallé el reflejo de un rostro ajado por la pesadumbre y la sombra de unos ojos que lloraban por ti. Pedí otro trago, porque con algo había que llenar ese vacío que me asolaba por dentro. Sin embargo, no parecía surtir efecto y acabé por reclamar la botella entera.

–A grandes males, grandes remedios, ¡que no se diga!

Y me la finiquité en tiempo récord, una copa tras otra, entre los vítores de los borrachos de la última mesa y la mirada reprobadora del camarero de la barra. Animado por el reto, pegué, triunfante, el trago final, y al levantarme para agradecer los aplausos, caí redondo al suelo. Varios empleados del local acudieron a socorrerme y me llevaron en volandas.

–Ojalá se pudiera levantar el ánimo con la misma facilidad que el cuerpo, amigos. –Pero, a juzgar por sus bufidos y quejas, ellos no pensaban lo mismo.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentado en la fría y solitaria acera. De repente, me invadió tu recuerdo y, para abrirse paso en mi interior, me hizo expulsar de golpe todo el alcohol ingerido.

–¡Fuera! No encontrarás forma de olvidarte de mí –parecías gritar en mi cabeza.

Y me puse a llorar, de nuevo, y a gritar tu nombre con desgarro. Quizá, si le ponía empeño, te hiciera llegar parte del dolor que me estabas infringiendo. Pero dos sombras sigilosas se alzaron ante mí e interrumpieron mi lamento.

–Disculpe, caballero, ¿usted cree que son horas de pegar semejantes berridos?

–Mi dolor no entiende de horas, señor agente, es eterno.

–Por el estropicio que ha armado en la acera y su lamentable aspecto, es evidente que está usted ebrio y…

–No, agente, no. Lo que estoy es destrozado. La borrachera solo es el efecto secundario.

–Pues más le vale ir a llorar sus penas a su casa y no molestar a nadie más, o me temo que tendremos que acusarle de desorden público.

–¿Desorden público? Eso no es nada. Para desorden el que tengo yo por dentro, amigo.

–Caballero, si no desiste de su actitud y comienza a mostrarnos un respeto, tendrá que acompañarnos.

–¡Ay, señor agente, cómo se lo agradezco! Le aseguro que no puede haber calabozo más oscuro que mi cama vacía. Y la soledad es tan mala consejera que, en esta noche gris, la compañía que ustedes me ofrecen será mi única salida.

2 comentarios el “Desordenado

  1. Esther Riobó
    12 de noviembre de 2012

    Tu relato tiene el aire de los escritos de otra época, en especial por la forma de hablar del protagonista. Me gusta 🙂

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  2. misblogs32
    12 de noviembre de 2012

    La gente borracha, muchas veces, tiende a filosofar. Mi protagonista estaba en uno de esos días. Muchas gracias por tu comentario, ¡es el primero de esta web! Y eso siempre hace ilusión 🙂

    Me gusta

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