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La leyenda del río de sangre

A los pies de este monte, hubo un tiempo en el que existió un pequeño pueblo. De lo alto de la cima, descendía un río que discurría por su explanada con agua abundante y clara. Hoy, de aquel pueblo solo quedan las ruinas, y del río que lo atravesaba, únicamente un caudal escaso y rojizo. Cuenta la leyenda que esos restos que aún perduran son las pruebas silenciosas de lo que sucedió en este lugar una remota noche de 1915.

Germán Villanueva era el hombre más rico de la región, no por mérito propio sino por una herencia copiosa recibida de sus difuntos padres. Sin más oficio que vivir a cuerpo de rey, derrochaba su fortuna entre vino y amigos y, cuando esto no le era suficiente para alegrar su ociosa existencia, disfrutaba metiéndose en trifulcas con los forasteros o desgraciando la vida de alguna niña de camino a ser mujer. Sin embargo, una noche, entre cánticos y bebida con su tropa de siempre, pecó de osadía. En la taberna irrumpió Soledad, la curandera. Era una mujer sombría y taciturna, lo que propició comentarios y bromas entre el corrillo de Germán Villanueva. Algunos de los hombres no se atrevieron a hacer mofa de ella, a la que más de uno tenía como hija del demonio, por vivir rodeada de hierbas y pócimas extrañas que escapaban al entendimiento. Pero Germán Villanueva, ebrio y altanero, se jactó de que era simplemente una mujer y que, si lo deseaba, la sometería a él como a cualquier otra.

Aquella noche sin luna, nadie vio a Germán Villanueva abordar a la curandera y llevársela a una estrecha callejuela. Todos fingieron no escuchar unos gritos desgarrados pidiendo auxilio. Ninguno acudió a socorrer a la mujer que quedó tendida en el suelo, apaleada y con las piernas ensangrentadas. Al día siguiente, Soledad reclamó justicia, pero nadie la escuchó. Los hechos fueron negados y ella tachada de loca y embustera. Abatida, fue en busca de Germán para exigirle que reconociera su culpa y compensara su agravio, pero él rio como única respuesta y la echó de su casa. Ella, prendida en ira, le gritó:

–Yo te maldigo, Germán Villanueva. Y si no es en esta vida, será en la siguiente, pero hallarás tu castigo.

Esa misma noche, la curandera, sin poder soportar el dolor y la humillación pública, saltó desde lo alto del monte. Su muerte no fue consuelo para Germán Villanueva que, a partir de ese día, sucumbió al insomnio y a la bebida. Perturbado e irascible, derrochó su fortuna a pasos agigantados. Al borde de la ruina, vio como única salida casarse con alguna muchacha de buena posición, mientras su fama y fachada le permitiera alcanzar semejante partido. De este modo, pretendía huir de aquel pueblo y de la maldición de la curandera. Un año después, se celebró la boda esperada, a la que acudió todo el pueblo para festejarlo y despedirse de su señor.

Cuenta la leyenda que era una noche sin luna como aquella en que todo comenzó, y fue la fecha escogida por Soledad para salir de los infiernos en busca de su venganza. Pero no regresó sola de las profundidades, sino acompañada por todos los maleantes que habían hallado la muerte a manos de Germán Villanueva. El oscuro séquito irrumpió en la celebración degollando a los asistentes. Germán Villanueva intentó huir pero fue alcanzado por el puñal de Soledad que, por fin, le daba su castigo. La sangre de los masacrados tiñó de rojo las aguas del río y, horas después, el pueblo entero se prendió en llamas. Dicen que aquel lugar quedó por siempre maldito y que, en las noches sin luna, aún resuenan los gritos de los asesinados y la risa de Soledad por su venganza cumplida.

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