Relatos Magar

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La mala educación

Son las ocho de la mañana. Intento que el buen humor inunde mi cuerpo aún a medio rendimiento y salgo de casa. En el ascensor, me cruzo con el vecino que a mi “buenos días” responde con un rictus inmutable. Es posible que mi contacto visual y el nivel de mi voz no hayan sido suficientes para motivarle una respuesta. Entramos en el pequeño habitáculo y mientras interiormente me cago en su simpatía, él hace como que no existo. Pasan los incómodos treinta segundos y cruzamos el rellano. Menos mal que mis pilas a medio cargar me aportan los reflejos necesarios para no comerme la puerta que mi estimado vecino deja cerrar sobre mis narices.

En la calle, los primeros atascos del día. Al menos cinco conductores contribuyen para aligerar el tráfico con el sonido prolongado y estridente de sus cláxones. Nadie se ha movido ni un centímetro, pero oye, ellos se han quedado mucho más a gusto tras mostrar su descontento. Para ayudar al buen clima mañanero, otros tantos se están acordando de la madre del repartidor que ha aparcado en doble fila, provocando la cola. El susodicho, muy agradecido, se esmera en prolongar la acción de la descarga todo lo que le sea posible. Cuando el nivel sonoro de cláxones y de recuerdos a la familia anuncia una inminente agresión física, el repartidor arranca. Varios dedos corazón se despiden de él. Y es que el volante saca lo mejor de la gente, menos mal que yo voy en metro…

Hora punta. Unas cuantas decenas de personas agolpadas a las puertas del metro. Eso de “dejar salir antes de entrar” se lo pasan por el forro, y ante el estrés del momento, poco falta para que haya algún placaje. A continuación, el interior se convierte en “el juego de las sillas”. Unos pocos somos los afortunados de acomodar nuestras posaderas antes de que cierren las puertas. Los perdedores nos miran con profundo resquemor. A alguna señora se le escapa el típico comentario de “esta juventud no tiene respeto” mientras incrusta su paraguas en las costillas del señor de al lado. Cinco paradas después, llego a mi destino. Salgo a propulsión del vagón, gracias a que al resto de pasajeros les da por jugar conmigo al pinball. Creo que consiguen una puntuación récord, pues he rebotado de atrás a delante varias veces.

En el último medio kilómetro que me separa del trabajo, estoy al borde del atropello en dos pasos de peatones. Pobres, es que tienen tanta prisa que ahorran tiempo si se llevan a alguien por delante. Finalmente, solo tres pisos me separan de mi oficina, pero un nuevo ascensor se cruza en mi camino. Esta vez, la persona que está esperándolo me mira mientras yo subo el último tramo de escaleras. Segundos antes de que llegue a su altura, se mete dentro como si tal cosa y aprieta el botón. Su mirada me traspasa sin piedad, desafiante, mientras las puertas del ascensor se cierran entre nosotros, sin que me dé tiempo a reaccionar.

A las ocho y cuarenta y cinco llego a la oficina. Mis compañeros me reciben con un alegre “buenos días” al que solo me sale responder con un gruñido. Por fin podré ponerme delante del ordenador durante seis horas y abstraerme del mundo. Susurran entre ellos y oigo que dicen “¡De menudo humor se levanta esta!”. Resoplo y me callo, será mejor. Miro el fondo de pantalla de mi ordenador, y la frase que aparece lee mis pensamientos:

“Amo a la humanidad…. ¡lo que me revienta es la gente!”.

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