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Soldados de titaminio

Nunca he olvidado aquella mañana en la que me despertó el ruido de la metralleta. Corrí hacia la ventana abierta, a la que solo lograba asomarme si me ponía de puntillas, y apenas retiré la cortina para que mi ojo derecho viera lo que sucedía. La sangre me cegó. La sangre de mi padre acribillado.

Volví en mí cuando ya atardecía. Aparté de nuevo la cortina y, esta vez, fue mi ojo izquierdo el que contempló la escena. El derecho, aún manchado de sangre, me escocía demasiado. Ante mi casa, unos hombres yacían en posturas grotescas, desangrados e inertes. Nadie se había molestado en enterrarlos y un grupo de moscas disfrutaba de ello.

Fue entonces cuando deseé que los hombres dejaran de matarse, no volver a ver derramamiento de sangre, que la guerra terminara para siempre. Y juré que lucharía por ello.

Treinta años después, soy el creador de un invento que ha cambiado el mundo: el programa Soldier-4891 Inmortal. Con este sistema, millones de soldados ya han sido revestidos de titaminio, un nuevo metal más fuerte que el acero y más ligero que el agua, que les hace invulnerables ante cualquier ataque externo. Creí que así conseguiría mi sueño infantil: los hombres no podrían matarse, la guerra sería imposible.

Qué ingenuo fui. La guerra no busca la muerte, sino el dominio y el dinero. La muerte, hasta hoy, había sido un daño inevitable, con más costes que ventajas. Todavía las armas producen víctimas civiles, pero ni siquiera esto les interesa: a un cadáver no se le puede explotar, a un vivo sí. En un futuro próximo, incluso los ciudadanos comunes serán titaminizados. El hambre y la enfermedad serán las únicas responsables de la mortalidad bélica a partir de entonces.

Los soldados sometidos al Soldier-4891 Inmortal son invencibles porque, al igual que su cuerpo, su mente también se vuelve invulnerable: sus recuerdos se borran y, con ellos, sus sentimientos. Un efecto secundario que no previne y que, irónicamente, los convierte en los soldados perfectos, dispuestos a destruir todo allá por donde van. No les queda nada que perder.

La destrucción y la reconstrucción se suceden sin parar. La guerra no tiene tregua, ahora es eterna.

Por eso he decidido someterme a mi propio invento. Quiero que el titaminio se funda con mis tejidos e impregne todo mi ser. Pero no busco ser invencible, solo quiero olvidar.

Olvidar aquel día en que vi morir a mi padre.

Olvidar ese sueño iluso de poner fin a la guerra.

Olvidar que soy el culpable de acabar con la humanidad.

7 comentarios el “Soldados de titaminio

  1. Carla Alex
    20 de octubre de 2014

    Si tan solo todos pudiéramos olvidar así… ☺

    Me gusta

  2. herreiere
    21 de octubre de 2014

    Tiene calidad el relato.

    Me gusta

  3. Pingback: Autobombo: Relatos Magar cumple 3 años | Relatos Magar

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