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Cándida Cayo y la señorita Buenavista

Tengo 32 años y soy una chica del montón. Tan del montón que a todo el mundo le resulto familiar, pero absolutamente nadie se acuerda de mi nombre. Eso sí, mi madre dice que soy muy lista y que valgo mi peso en oro. Mis amigos también opinan que soy un encanto y que sería la novia ideal. Por el momento, sigo soltera y ellos con sus novias, menos ideales que yo, pero que están mucho más buenas.

Quizá se perciba en mis palabras cierto resquemor hacia las féminas atractivas. No voy a negarlo, algo de tirria hay. El origen de ello viene de mi niñez, donde la niña más preciosa del colegio me hacía la vida imposible. Todos veían en ella a una dulce chiquilla de rostro angelical, mientras que a mis ojos sólo era una mala bestia que me sacaba dos cabezas, me tiraba de las coletas para hacerme rabiar y me robaba el almuerzo. Ironías de la vida, ella se llama Azucena Buenavista y yo, Cándida Cayo. A partir de ahí, imagínense el cachondeito que he tenido que soportar durante mucho tiempo. Por suerte, nuestros caminos se separaron tras finalizar el colegio. Pero la vida, que es muy cabrona, nos volvió a juntar diez años después, en la misma empresa.

Logré mi puesto de trabajo tras mucho esfuerzo y a golpe de matrículas de honor en el expediente. ¿Cómo lo logró Azucena? Diría que la coincidencia de apellido y de mala leche con el Director General tuvieron algo que ver. Desde ese día, he vivido en continuo deja vu, porque Azucena sigue robándome el almuerzo, así, como quien no quiere la cosa y, en vez de tirarme de las coletas (que ya no llevo), se dedica a criticar mi aspecto y a llamarme “Candy”, con fingido aprecio, lo cual me crispa los nervios.

Pero tras muchos años, aquella mañana iba a ser mi gran oportunidad para resarcirme de tantas humillaciones ¡Era la reunión de mi vida! En ella, anunciarían la resolución de los informes presentados por cada uno de los miembros de mi área, en la que sugeríamos medidas de ahorro de costes para la empresa. Al autor del mejor informe se le premiaría con el ascenso a Jefe Comarcal. Llevaba más de seis meses trabajando en ello y sabía que no habría informe mejor que el mío. Para la ocasión, decidí arreglarme más de lo normal. Al entrar en el ascensor, Azucena me recibió con un “¡Ay, Candy! ¿De qué te has disfrazado?”. Hice oídos sordos a su menosprecio y a las pequeñas risitas de acompañamiento del resto de los presentes, y salí con la frente bien alta. Una vez en la sala de juntas, empezó la reunión.

El Presidente mostró un power point. ¡Yo no cabía en mí de la emoción! ¡Era mi informe! Fue alabando el trabajo en cada diapositiva y, al finalizar, todos se rindieron en un sonoro aplauso.

-Como han podido observar, este estudio es impresionante. Riguroso y directo, una apuesta segura para ser el Plan de acción de nuestra empresa. Por ello, es totalmente merecido nombrar como nueva Jefa Comarcal a nuestra querida señorita… Buenavista.

-¿Cómo? ¡Eso es imposible! –grité. Veinticuatro ojos se posaron sobre mí.

-Por favor, Cayo, compórtese. ¡No se ponga en evidencia! –me increpó el Director General, desde el otro lado de la mesa.

-Ahora, la señorita Buenavista dirá unas palabras… -apostilló el Presidente.

A punto de la taquicardia, tuve que soportar el discurso banal de mi archienemiga Buenavista. Suplía la falta de contenido con un escote a punto de explotar, al que se dirigían todas las miradas, fueran de la tendencia sexual que fueran. Mientras, yo caía en la cuenta de lo inocente que había sido. ¿Cómo podía haber pensado que tenía alguna posibilidad? Estaba claro que todo aquello había sido un paripé para sacar ideas de unos y otros y, a la postre, ascender a la hija del Director General sin levantar suspicacias. ¿Podría reclamar la autoría? ¿Y quién me iba a respaldar? Todo el mundo conocía mi antipatía hacía ella y quedaría como una envidiosa, simplemente. No tenía salida.

Cuando la reunión acabó, en un acto impulsivo, seguí a Azucena por los pasillos y la metí de un empujón en un despacho vacío. Ella, sin apenas inmutarse, y con su mirada arrogante, se limitó a decir:

-¿Qué pasa, Candy? ¿Decepcionada?

Me sentía tan jodida que todo me daba igual. Nunca se iban a valorar mis esfuerzos y menos ahora que ella era mi superior. En ese momento, un único pensamiento me invadía: era la ocasión perfecta para meterle las hostias que se merecía desde hacía más de 20 años. Me iría a la calle, sí, ¡pero me quedaría tan a gusto!

Quizá hubiera sido el final más digno para ésta historia. Pero yo siempre seré la empollona, fea y perdedora y ella siempre será la tía buena, hija de papá, que acaba consiguiendo todo lo que quiere. Así que los finales dignos no están hechos para mí. El puñetazo que debía ir a su cara fue directo a la pared (con la consiguiente fractura de muñeca y de tres dedos) y salí huyendo del lugar, a punto de llorar.

Un comentario el “Cándida Cayo y la señorita Buenavista

  1. Johnb409
    25 de julio de 2014

    Totally pent subject matter, appreciate it for selective information. cedddagakkbd

    Me gusta

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