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Cupido cogió su ametralladora

Llevo más de dos mil años en el gremio, creo que es una experiencia laboral más que considerable. En todo este tiempo he sufrido muchos altibajos pero, de mejor o peor manera, siempre he salido del paso. Ya no soy aquel angelito de cabellos dorados que repartía flechas a diestro y siniestro, con la esperanza de enamorar al mundo entero. Pronto aprendí que esto, como todo, es un negocio. Los de arriba me empezaron a exigir que ahorrara en flechas de oro y lanzara más flechas de plomo, porque para que renazca el amor también es necesario repartir grandes dosis de desapego entre los corazones insatisfechos. Todavía fue más duro en aquellos años en los que la guerra lo asolaba todo. El odio me llevaba tanta delantera que tuve que hacer horas extras con flechazos de olvido para que la humanidad no se desmoronara. Gajes del oficio.

Con el paso de los siglos, el volumen de trabajo no ha dejado de aumentar. De unos cientos de millones de personas a las que atender, a miles de millones. Obviamente, tuve que mejorar mis métodos. Hace décadas que sustituí el oro por otros metales de menos valía. El ahorro de costes fue muy bien recibido por mis superiores, pero las exigencias siguieron creciendo y tuve que recurrir a cambios más drásticos. Hasta el día de hoy, no había tenido excesivas quejas, al menos no más de las habituales en este sector amoroso, donde el cliente nunca parece quedar satisfecho. Sin embargo, acabo de recibir un mensaje de mi jefe. Parece muy enfadado. Dice que los resultados no están siendo los esperados y que ha habido un importante incremento de las reclamaciones. Quiere hablar conmigo. No me queda más remedio que vestirme con mis mejores galas (aunque el puñetero traje me tire del ala izquierda) y poner mi cara más inocente (tengo milenios de práctica), para presentarme ante él y aguantar el chaparrón que se me avecina.

Cuando llego, mi jefe está enfrascado en la revisión de la pila de documentos que ocupa su mesa de trabajo. Ni siquiera levanta la vista al decirme:

–Buenos días, Cupido. Adelante, siéntate.

Entro con paso inseguro. Siempre se me ha dado mejor volar que caminar, pero mi jefe odia que revolotee en su despacho porque le desordeno el papeleo. Me siento en el incómodo taburete que la secretaria ha dispuesto para mí (las alas no me permiten disfrutar de asientos más confortables, por desgracia). Mi jefe sigue sin decir nada, mientras pasea su mirada de un expediente a otro. Yo, nervioso, jugueteo con las plumas de las puntas de mis alas. Logro relajarme un poco al notar su suave tacto. Entonces, mi jefe comienza a hablar:

–Cupido, Cupido… ¿Ves todo lo que tengo aquí? Son informes que hablan de ti y, si he de decirte la verdad, no te dejan en muy buen lugar. En las últimas décadas se están contando por miles los afectados por tus servicios. Te voy a ser claro: se están alzando algunas voces para acusarte de negligencia.

–Pero, señor, ¿cómo puede decir eso?

–¿Que cómo puedo? Aquí tengo el registro de tus resultados: millones de personas que reciben impactos dobles y se enamoran de sí mismas, aumento desmesurado de amores caducos en menos de seis meses, plagas de parejas en espacios de pocos metros cuadrados, mientras otras personas no han sido flechadas ni una sola vez en toda su vida… Pero, Cupido, ¿tú disparas con un arco o con una maldita ametralladora? Porque no me explico este sindiós.

–Bueno, señor, hay que adaptarse a los nuevos tiempos: mucha gente, poco margen de maniobra. Algo había que hacer para aumentar la productividad y con la ametralladora he conseguido…

–¡¿Me estás diciendo que ametrallas a la gente?! –grita, levantándose de golpe y volcando su cuerpo hacia delante.

Asiento levemente. Del susto, me he arrancado dos plumas, pero mantengo la compostura.

–¡Joder, Cupido! Lo decía en broma, no me imaginaba que se te pudiera ocurrir semejante barbaridad –dice mi jefe, dejándose caer de nuevo sobre su asiento–. Pensaba que estarías perdiendo vista, quizá el pulso te estaba jugando malas pasadas… Pero esto… Ya empiezan a cuadrarme muchas cosas… –Su mirada está ausente y no deja de masajearse las sienes.

Ante la incomprensión de mi jefe por mi particular iniciativa, tengo que explicarle cómo comenzó todo. Llevaba demasiado tiempo sin dar abasto a tanta demanda de amor con mi viejo arco, así que empecé a buscar algún arma más moderna, con la capacidad de disparar rápido y bien desde las alturas. No encontré mejor alternativa que la ametralladora. Era consciente que enamorar con disparos no era muy romántico y podía manchar mi reputación, por eso preferí mantener en secreto mis métodos poco ortodoxos.

Aprovecho el momento para puntualizar un hecho que, en mi opinión, resulta mucho más bochornoso para mi imagen pública, y al que nadie parece darle importancia: solo existen retratos de mí en pañales. Esto me avergüenza mucho, más todavía cuando hace ya cientos de siglos que he dejado de ser aquel rosado querubín para convertirme en un hombre alado, hecho y derecho… Percibo en la mirada de mi jefe que no es momento de exponer quejas ajenas al tema que nos ocupa y me apresuro a retomar el asunto de la ametralladora.

En mi favor destaco que, desde que la uso para repartir amor por el mundo, me cunde mucho más el tiempo, batiendo mis propios récords de enamoramientos en un solo día. Es cierto que a veces es imposible evitar más de un balazo en la misma persona. Lamento mucho que eso esté provocando brotes de narcisismo, un efecto secundario del que no tenía constancia. Respecto a los amores caducos en intervalos cada vez más cortos, personalmente tengo la teoría de que se debe a la poca profundidad con la que penetra la bala, que apenas consigue rozar el corazón, al contrario que la clásica flecha que lo atravesaba por completo. No obstante, estoy dispuesto a revisar todo lo que haga falta para pulir estos pequeños desajustes en mi método. No voy a negar tampoco que los amores se concentran demasiado en pequeños espacios, dejando de lado la igualdad de oportunidades de otros tiempos, pero algo hay que sacrificar para cumplir el cupo de personas que se me demanda. Omito decir que me parece mucho más preocupante el hecho de que cuando los disparos son de plomo es la ingratitud la que invade grupos muy concretos; si mi jefe aún no se ha percatado de esto, no seré yo quien se lo haga saber. Ante todo, insisto en que siempre me ha movido la buena intención. Estoy seguro que sabrá ver las ventajas de mi ametralladora, mucho más práctica y efectiva que mi viejo arco, ¡dónde va a parar!

Mi jefe, que lleva un rato mirándome con el ceño arrugado, da un largo suspiro:

–Cupido, creo firmemente en tu buena fe, pero ¿sabes qué es esto? –me pregunta al señalar uno de los informes de su mesa–: Un sondeo de opinión entre nuestros clientes. Y los datos no son nada alentadores: el 70% te acusa de mala puntería y un 22% de haberte olvidado de ellos. Y lo que es aún peor: el 34% ha dejado de creer en el amor tras varios enamoramientos fallidos. Opinan que has perdido facultades, ya no confían en tus servicios. ¡Nos desbordan las quejas! Siento mucho decirte que va a ser imposible frenar la denuncia por negligencia.

–Pero, señor, ¡no es justo! Cuando Morfeo no cumplía con los mínimos, le pusieron refuerzos, ¡yo siempre estoy solo!

–No compares, Cupido. Morfeo tiene que dormir a la población mundial todas las noches, es un trabajo agotador. En cambio, si tú hicieras el tuyo como es debido, las parejas se consolidarían y cada vez tendrías menos faena, hasta que crecieran las siguientes generaciones.

–¡Pero las personas se enamoran! ¡Lo hacen sin parar! ¿No es de eso de lo que se trata?

–Creo que no lo estás entendiendo. Visto lo visto, solo veo una solución para ahorrarte el mal trago de la denuncia. Lo mejor para todos será que prescindamos de tus servicios.

–No puede ser. El amor es lo que mueve el mundo, ¡soy indispensable!

–El amor es indispensable, pero tú, no. Recuerda que no eres el fin, solo la herramienta. Siempre habrá alguien que sepa cumplir con las que, hasta ahora, eran tus funciones. Recuerda el caso de Papá Noel. Él también se consideraba indispensable, por eso le dio lo mismo descuidar su trabajo para ganarse un dinero extra haciendo anuncios publicitarios de bebidas gaseosas. Y lo despedimos, porque las normas son las normas. Aunque aquello fue un escándalo, salimos airosos. ¿Alguien se acuerda de eso hoy en día? No. A fin de cuentas, los niños siguen recibiendo sus regalos, les da igual quién se encargue ahora de ello.

»Siento decirte que lo mismo pasará contigo, Cupido. Nuestros clientes lo único que desean es sentir el cosquilleo del amor. Si ni siquiera se plantean quién es el amado por el que se vuelven locos, ¿cómo se van a plantear la identidad del intermediario? Cuando se enamoran y son correspondidos, están contentos, pero cuando están resentidos son insoportables. La humanidad lleva demasiado tiempo desencantada, y nosotros no podemos seguir haciendo oídos sordos. Lo siento mucho, Cupido, estás despedido. El mundo seguirá girando sin ti.

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