Relatos Magar

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El abismo de tu boca

En el momento más oportuno, recuerdo aquella frase de La insoportable levedad del ser que me marcó hace tantos años. Decía que el vértigo no es el miedo a la caída, sino el deseo de caer y el espanto que esa atracción nos provoca. De repente, al verte frente a mí, confesándome los desvelos y silencios de los que soy culpable aun sin saberlo, esa frase, mil veces rememorada, ha cobrado pleno sentido…

Tirarnos al vacío no parece una buena idea. Todo apunta a que nos estamparemos contra el suelo. Incluso así, los instantes anteriores nos sugieren una experiencia excitante. El corazón encogido. Por un momento, todo es posible. Despegar los pies de la tierra firme, dejar atrás todo lo seguro, lo razonable, lo previsible. Volar. Imaginar que podemos ser libres, diferentes. ¿Y si, de pronto, evadiéramos la ley de la gravedad y nos quedáramos suspendidos en el aire, con infinitas posibilidades a nuestro alcance? Pero el suelo continúa aproximándose y el golpe se prevé doloroso. Quizá disfrutemos de una caída amortiguada, ¿quién sabe? La incertidumbre de lo que sucederá lo vuelve aún más sugerente.

¿Compensa la emoción momentánea al desastre inminente?

Siento vértigo. Sé que es un error, pero resulta atrayente abocarme a tu abismo. Miedo y deseo a la par. Mi corazón se azora ante tus palabras. Nunca antes alguien me había hablado como tú, eso me abruma. Las lágrimas que anegan tu rostro me perturban. Deseo estrecharte entre mis brazos. Ese simple acto reflejo supondría dejarme caer en picado. No sé si conseguiré mantener los pies en tierra. La atracción a la caída es superior a mí…

En algún lugar de mi cabeza, mi conciencia me avisa por enésima vez: «Los amigos no deberían hacer esas cosas…». Pero mis instintos han llegado a tiempo y la han amordazado en un rincón. Ahora ellos han tomado el control de mi cuerpo. Me abalanzo sobre ti y te abrazo muy fuerte. Noto que mis pies ya no tocan el suelo cuando saboreo en mi boca las lágrimas alojadas en la comisura de tus labios.

Y sucede lo que nunca planeé. Custodiados por la oscuridad, nos leemos en silencio. Con los ojos cerrados, nuestras manos hablan por nosotros. Extraña sensación esta de descubrir tu cuerpo. Por primera vez en mi vida tengo pudor al tocar una piel desnuda. Quizá sea porque hay más que piel entre nosotros.

Siento aún la humedad que las lágrimas dejaron en tu rostro, y me estremezco con su tibieza. Recorro con mis labios el camino que marcaron, intentando borrar su rastro. Ya pasó, no llores más, por favor. Te lo susurro sin tener que hacer uso de las palabras, porque sé que tú me entiendes. La estrechez de tu abrazo me lo confirma.

Todo ocurre despacio, algo insólito en mis costumbres. Acariciarte es más que un mero preámbulo, es el fin en sí mismo. No tengo prisa por quitarte la ropa, quemar cada paso, solventar el trámite y salir corriendo. Me siento bien adorándote sin más. Disfruto del momento. Fuego y seda, exquisita mezcla. Curioso no haber aprendido antes a pararme en estos pequeños placeres.

No me reconozco. Solo tú eres realidad. Y esta noche, solo sueño.

Relato incluido en la antología romántica Seda y Fuego. Si deseas leer los relatos del resto de autores, puedes descargarla gratuitamente aquí.

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