Relatos Magar

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El hombre edulcorado

Felipe era un hombre alto y guapo. Romántico empedernido, era todo dedicación hacia mi persona, halagándome a cada segundo. Por ello, a más tiempo que pasaba con él, más claro tenía que… ¡no lo aguantaba!

Las rupturas son siempre situaciones incómodas. Y estaba a punto de descubrir que hay algo peor que ser dejado… y es tener que dejar. En nuestra décima cita, no pude callarlo más y, mientras me miraba con esos ojos de cordero degollado que tanto me sacaban de quicio, le dije:

-Tenemos que hablar… sobre nosotros.

-Creía que no lo ibas a decir nunca… ¡pensaba que sólo me había dado cuenta yo!

Esas palabras resultaban tranquilizadoras. Obviamente, en una relación sin química alguna, ambas partes tienen que darse cuenta a la fuerza. Sin embargo, él no parecía haber captado ninguna de las señales. Se le iluminaron los ojos, una radiante sonrisa se dibujó en su cara y me cogió de la mano:

-¡Hoy hacemos un mes!

-¿¡¡Qué!!?

Esa era la contestación que menos esperaba. ¿En serio le había aguantado tanto tiempo? ¿Un mes ya? La situación no pintaba según lo previsto. Esa salida iba a complicar mucho el momento “no eres tú soy yo – no estoy preparada para una relación en este momento- estamos en distintas fases de nuestras vidas – podemos ser amigos – ya te llamo un día de estos para tomar un café”.

Cuando todo parece ir mal, rápidamente te das cuenta que… puede ir peor. Felipe, como siempre tan espléndido, ¡me sacó un anillo! Al menos, tuvo el detalle de dejarme claro que no me estaba pidiendo matrimonio (lo que me hubiera faltado para que me diera un paro cardiaco en ese mismo instante), sino que sólo era un regalo de mes-versario (no me quiero imaginar lo que regalaría al año). Me empezó a echar el rollo de si era la mujer de su vida, que estaría dispuesto a todo por hacerme feliz y bla, bla, bla. Para entonces, ya no le escuchaba, porque en mi cabeza resonaba con demasiada fuerza un continuo “Cállate, cállate, te mato, te mato, ¿por qué me haces esto?”. Hasta que, de pronto, y como colofón final a su declaración de intenciones, quiso ponerme el anillo en el dedo…

¡¡¡¡Ahhhhhhh!!!!grité a la vez que daba un bote hacia atrás.

Todo el bar se quedó mirando. Intenté autocontrolarme, nivelar la voz y reconducir la conversación. Toda esa parafernalia no me iba a achantar. Si no, me veía a la mínima de cambio casada con aquel plasta, tres churumbeles, dos perros y un canario.

-A ver, Felipe, a ver… ¿no crees que vas un poco rápido? ¡Cómo que un mes! Sólo hemos salido unas cuantas veces, nos estamos conociendo… eres muy buen chico, pero…

-No te asustes, Sofía. No estoy loco, no te estoy pidiendo matrimonio… aún.

Sonrió guiñándome un ojo. A mí se me agudizó, aún más, el instinto asesino.

-Sólo quiero mostrar mi compromiso hacia ti. Yo no soy como los otros. No busco pasar el rato, yo lo quiero todo contigo…

-Bueno, bueno, bueno, Felipe… -le interrumpí con brusquedad.

No quería soportar otro monólogo culebronero más. Despojada de toda sensibilidad, le dije de un tirón todo el discurso típico de “no eres tú soy yo – no estoy preparada para una relación en este momento- estamos en distintas fases de nuestras vidas – podemos ser amigos – ya te llamo un día de estos para tomar un café”, que tenía memorizado por la cantidad de veces que me lo habían soltado a mí y allí se quedó, llorando desconsolado. Me dolió, no voy a negarlo. Una también tiene sus sentimientos. Pero una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer… ¡huir de semejante hombre edulcorado!

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