Relatos Magar

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El insólito caso del hombre del revés

Relato inspirado en el cuadro de René Magritte.

Alfonso Bastilla, candidato a la alcaldía de su municipio, se acercó al gran espejo de la sala para hacer las últimas comprobaciones a su estudiado atuendo. Pero, de repente, el reflejo le mostraba su reverso nada más. Él, sin comprender el extraño suceso, volteó su cuerpo a un lado y a otro para observarse desde diversos ángulos. Sin embargo, se mirara por donde se mirara, solo hallaba su espalda en el espejo.

Incrédulo ante lo que veía, se palpó la cara desesperadamente y eso aumentó su incomprensión. Mientras que sus ojos veían una cabeza bordeada de pelo engominado, sus manos acariciaban su piel recién afeitada, su nariz algo prominente y su boca abierta y casi desencajada por el terror. ¿A cuál de sus sentidos hacer caso? ¿Era posible que se contradijeran entre sí y no volverse loco?

A punto de sucumbir a una crisis empirista sobre su propia existencia, su hermano entró en la sala:

–¿Qué haces todavía ahí? Llegarás tarde al mitin y no es bueno que los hagas esperar.

Alfonso, deseoso de compartir su infortunio, se giró hacia su hermano –si es que eso era posible– y esperó su reacción. Pero su hermano no se inmutó lo más mínimo:

–¿Qué pasa, Alfonso? ¿A qué estás esperando?

–¿No me ves algo raro? –preguntó directo.

–¿Raro por qué? Estás igual que siempre…

Alfonso empezó a sudar y salió corriendo, derecho al espejo del cuarto de baño. La última vez que se vio en él, todo estaba en su sitio. Quizá alguien hubiera trucado el espejo de la sala para gastarle una broma macabra, pero, en cuanto se viera en cualquier otro lado, saldría de su confusión. Sin embargo, al llegar al cuarto de baño no tuvo ese consuelo. Tampoco cuando se contempló en el reflejo del cristal de los ventanales ni cuando lo hizo en el retrato que adornaba la cómoda. La entrada de su madre al cuarto le hizo ahogar un grito de desesperanza.

–Alfonso, ¿qué sucede? Se te va a hacer tarde como no salgas ya hacia la plaza.

–Madre, no me veo bien.

–¡Ay, qué vanidoso eres! Estás más guapo que nunca. Ese traje combina con tu color de pelo.

–Algo había notado –contestó él, sin saber cómo tomárselo.

–Venga, Alfonso, no te hagas más de rogar: la gente te está esperando. Demuéstrales quién eres.

«¿Quién soy?; buena pregunta. No tengo cara con la que presentarme». Alzó la vista y vio frente a él a su madre, que le contemplaba llena de alegría y admiración. «Si todos me ven como siempre, puede que yo sea el equivocado. Tengo que salir de dudas…».

Alfonso Bastilla marchó con paso decidido a la calle. Un grupo de vecinos le dedicó tímidos aplausos en cuanto lo vio. «Bueno, ¿qué más da cómo me vea yo? Lo importante es cómo me vean los demás. Y ellos me ven mejor que nunca». Sonrió con esa boca que ya solo existía en su recuerdo y una brisa agitó los cabellos que bordeaban toda su cabeza.

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