Relatos Magar

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Entre techos de cristal y cemento

«Todos creemos ser protagonistas de unas vidas únicas. Sin embargo, cuando se ha sido espectadora de tantas historias, te das cuenta que no distan mucho unas de otras. Pero eso no es algo negativo, al contrario: nada de lo que nos ocurra pasa por primera vez y, por tanto, es posible que alguien antes que nosotros haya encontrado ya una solución». Al menos, ese era el punto de vista de Silvia Rodríguez, una antigua compañera de mi época estudiantil y, actualmente, una reconocida terapeuta. Cuando oí aquellas palabras, sonreí escéptica. Quizá la vida de los demás fuera corriente y anodina, pero no la mía.

Desde pequeña había tenido la firme convicción de crear mi propio destino, romper las barreras, alcanzar todos mis objetivos. En mi actitud había tenido mucho que ver la carrera musical de mi madre, frustrada por su propia voluntad. Siempre me había fascinado su portentosa voz y quedaba prendada por sus historias, cuando me contaba cómo había recorrido media España, de escenario en escenario, hasta que mi padre se cruzó en su camino. Nunca entendí que prefiriera quedarse a su lado, justo en el momento en que su carrera estaba a punto de despegar. Mi madre decía que eran cosas del amor y que por nada del mundo cambiaría a la familia que había creado, era feliz. Sin embargo, yo, con tan solo diez años, estaba convencida de que había renunciado a sus sueños por una vida corriente, como cualquier otra. Me juré a mí misma que nunca me resignaría como ella, que nada ni nadie pondría freno mis aspiraciones. Y, hasta entonces, había cumplido mi juramento. Por ello, no me sentí aludida por las palabras de Silvia en aquella pequeña reunión, en la que nos habíamos reencontrado casi veinte años después. No obstante, una semana más tarde, dos repentinos acontecimientos hicieron que regresaran a mi memoria las reflexiones de mi vieja amiga.

De la noche a la mañana, me sentía en una encrucijada, ante la toma de dos decisiones que podían cambiar el resto de mi vida. Y pese a que me cueste reconocerlo, sentí miedo. Miedo, porque odio la incertidumbre y sabía que decidiera lo que decidiera, todo sería diferente. Supondría comenzar de cero, otra vez, perder esa seguridad que tanto esfuerzo me había costado conseguir. Mis dos decisiones podrían hacer que alguien se sintiera defraudado conmigo y nunca estuve preparada para no cumplir las expectativas depositadas en mí. Quizá mi manera de ser, tan perfeccionista y exigente, era una carga demasiado pesada y, solo ahora, se me hacía evidente. Un arrebato de egoísmo intentó calmar mi desasosiego. Un día me había jurado que nada se interpondría entre mis objetivos y yo. Me lo debía. En mi mano estaba la decisión, era mi vida y debía ser fiel a mí misma, dañara a quien dañara. Pero no me duró mucho esa convicción. Al egoísmo, le siguió el remordimiento y la culpabilidad. Ya no era una niña y no podía anteponer mis deseos a los de los demás. Mis hechos tenían consecuencias en la gente que me rodeaba y, me gustara o no, tenía que asumir esa responsabilidad. No podía poner como excusa el miedo ni como coraza el egoísmo, para dejar en la estacada a toda esa gente que confiaba en mí. Y es que una noche de vigilia da para muchos pensamientos. Al día siguiente, seguía teniendo miedo y unas enormes ojeras, pero mi momentáneo egoísmo había sucumbido al peso de la culpabilidad. Pensar en todos iba a complicar mucho la decisión. Y, lo peor, es que no tenía ni idea de cómo contentarme ni a mí misma.

Mi cabeza era un mar de dudas y no me sentía con fuerzas suficientes para actuar de forma acertada. Aun así, me negaba a compartir mi dilema con los demás. Odiaba la idea de mostrar mis pensamientos y sentirme juzgada. Por nada del mundo quería sucumbir a opiniones ajenas, acabar dejando que decidieran por mí. Por eso, mantuve silencio. Los días que siguieron, estuve colérica y a la defensiva en todo momento. Ajenos a mis motivos y dudas, todos se sorprendían con mi extraño comportamiento. Tres días después, con sus consiguientes noches de insomnio, fui incapaz de soportar la presión por más tiempo y me resigné a pedir ayuda. A mi mente solo se le ocurrió una persona a la que recurrir: Silvia Rodríguez, la terapeuta.

¿Por qué pensé en Silvia? Creo que el recuerdo de aquellas frases tuvo mucho que ver. Aunque me negaba a pensar que mi vida fuera como cualquier otra, he de reconocer que eso de que nada de lo que nos ocurre pasa por primera vez y que, por tanto, alguien antes que nosotros habrá encontrado una solución, me resultaba muy adelantador. Pese a todo, me costaba creer que alguien tuviera tan mala suerte como yo, ya que es poco probable que, en un solo y fatídico día, a una se le trastoquen todas las perspectivas de vida, por dos frentes diferentes. A pesar de que habían pasado casi veinte años, confiaba en Silvia. Tiempo atrás, nos había unido una fuerte amistad y, en el presente, reaparecía ante mí como una reputada terapeuta. El afecto que en su día nos unió y su experiencia laboral la convertían en una persona cercana, a la vez que neutra, con la que creía que no me sentiría tan expuesta a la hora de presentar mis tribulaciones. La posibilidad de compartir mis quebrantos de cabeza, por fin, me dio cierto consuelo. Esa noche conseguí dormir, con el firme propósito de llamar a Silvia a la mañana siguiente.

Entre reuniones y almuerzo, dejé pasar las horas sin coger el teléfono. Llegó el descanso de la comida y, sola en mi despacho, hice acopio de todo el valor que me fue posible. En el momento que empezaron a sonar los tonos de llamada, ya me estaba arrepintiendo. Justo cuando iba a colgar, su voz me saludó alegremente. De pronto, me sentí estúpida y, a trompicones, musité un «Hola, ¿qué tal?». Silvia, que tenía años de experiencia en detectar las emociones de los demás, percibió mi nerviosismo, pero lo pasó por alto, para mi alivio. Tras unos instantes de conversación inconexa por mi parte, ella tomó las riendas:

–¿Qué te parece si nos tomamos un café? ¿Cómo tienes la agenda para esta tarde?

–Ehhh, pues me parece perfecto… Espera que consulte unas cosas… –dije, mientras pasaba frenéticamente las hojas de mi inseparable agenda–. ¡Perfecto! Esta tarde la tengo despejada… ¿Acudo a tu consulta?

–No, hombre, no –contestó, riendo–. A no ser que quieras que te cobre una sesión…

Me quedé desconcertada, sin saber qué responder. Pero Silvia, de nuevo, acudió a mi rescate:

–¡Estaba bromeando! ¡Vente a mi casa! Para hablar de los viejos tiempos, no cobro la hora. ¿Qué tal a las cinco?

Me dio sus señas y colgamos. El arrepentimiento se adueñó de mí, otra vez. Después de veinte años, solo se me ocurría llamarle para contarle mis problemas. Hasta ese momento, no había caído en la cuenta de que a Silvia mi llamada no le iba a parecer más que una indirecta petición de terapia gratuita. ¡Qué imagen! Bueno, el mal ya estaba hecho. A las cinco daría la cara, como buenamente pudiera, y trataría de solventar el trámite de la mejor manera posible.

A la hora indicada, aparecí en el umbral de su puerta y me di de bruces con un ambiente tan distendido que suspiré de alivio. Aquella casa no se parecía en nada a una sala de terapia, fría e impersonal. El olor a café y la sonrisa de oreja a oreja de Silvia me invitaron a pasar. Pensé que si no conseguía liberarme de mi carga, al menos pasaría una tarde agradable, recordando viejos tiempos y olvidando mis problemas actuales.

Es curioso cómo se puede resumir lo que has hecho los últimos veinte años en menos de dos minutos. A grandes rasgos, he de aceptar que todas las vidas resultan muy similares. En menos de cinco minutos, ambas nos habíamos puesto al día y felicitado de nuestros logros. De repente, se hizo el silencio y Silvia lo rompió de la manera que menos me esperaba:

–Y dime, ¿qué te ocurre?

–¿Cómo? –contesté, desconcertada.

–Tranquila, Sofía. Estoy encantada de que estés aquí. Pero llevo diez años dedicándome a esto y se leer en los ojos de la gente cuando están deseando contarme algo, pero no se atreven. ¿Qué sucede?

–Yo solo quería verte. En la fiesta no tuvimos apenas tiempo de hablar. Me apetecía recordar… –La risa de Silvia interrumpió mi forzada excusa.

–Sofía, no eres la primera que me hace esto. Mi familia y amigos me lo hacen constantemente. Siempre que me reencuentro con alguien después de mucho tiempo y, en menos de una semana, me llama para quedar, sé que tiene algún quebradero de cabeza.

–¡Pero no quiero abusar de tu confianza!

–En serio, no me importa. Me alegro mucho de volver a verte y no he olvidado nuestra amistad. Ya te he dicho que me ha pasado muchas veces. Si no quisiera ayudarte, no te hubiera invitado a mi casa. Ten por seguro que tengo experiencia suficiente para quitarme de encima a cualquiera que se empeñe en atosigarme con trabajo fuera de mi horario laboral. Soy toda oídos, como amiga. Si la cosa se complica y quieres a la ‘Silvia terapeuta’, aquí me tienes también. Tómatelo como una primera sesión gratis –me dijo, guiñándome un ojo.

Yo me quedé muda ante sus palabras. Ella tampoco añadió nada más. Dejó que el silencio diera el empujoncito que faltaba a mis ansias de explotar. Sin prisa pero sin pausa, empecé a contarle mis múltiples dilemas:

–Pues, como te he dicho, trabajo en una empresa de telecomunicaciones desde hace ocho años. Actualmente, soy Jefa Provincial. Trabajo mucho, pero gano mucho también. Me siento muy realizada. Mi principal ambición siempre ha sido llegar a ser Directora General. Y, bueno, la semana pasada, la Junta Ejecutiva de la empresa me lo propuso…

–¡Enhorabuena!

–Sí, bueno… La cuestión es que sería para nuestra delegación en Francia. Me han dado diez días para darles una respuesta. Para que lo consulte con la almohada, con mi marido…

–¿Y él cómo se ha quedado?

–Bueno, él aún no lo sabe…

–¿No le has dicho nada en una semana?

–No… –Me quedé en silencio, mirando los posos de mi taza de café. Respiré hondo y continué–: Pensaba decírselo, pero esa noche, él también me tenía preparada una sorpresa. Cuando llegué a casa, me encontré con la mesa puesta, una cena deliciosa y todo lleno de velitas. Le pregunté que a qué venía semejante despliegue y él contestó que solo quería celebrar que nos queríamos. Me pareció que era un marco inmejorable para contarle la propuesta, pero él se adelantó. Tras la cena más romántica de nuestra vida, me cogió de las manos, me miró a los ojos y me dijo: «Sofía, ¡quiero que seamos papás!».

–¡Vaya!

–Sí. Visto lo visto, consideré que no era el momento más apropiado para decirle que, en menos de tres meses, podría estar viviendo en Niza.

–Pero algo le dirías…

–Bueno… Me puse muy nerviosa y no sé muy bien cómo, acabamos discutiendo. Le dije que me pillaba desprevenida, que no sabía qué decir, que las cosas no se hacían así…

–¿Así? ¿Cómo?

–¡Eso mismo dijo él! –Me removí en mi silla y proseguí hablando, sin levantar la vista de la mesa en ningún momento–. Me refiero a que no puedes plantear algo así después de preparar una noche tan especial y decirme que me quieres una y otra vez. ¡Me pones en un compromiso! ¡No me das opción a decir que no! ¡Me haces parecer una persona horrible!

–¿Le dijiste que no?

–No, no le dije nada. Solo que eso no se podía decir de un día para otro, dándolo por hecho. Él se ofendió y me dijo que no me entendía, que si es que no quería formar una familia con él. Yo me quedé callada y es cuando él se puso a gritar que si ya no le quería. Eso me dolió en el alma, pero como me cuesta menos gritar que llorar, pasé al contraataque. Le grité que quererle no era hacer lo que él quisiera cuando él lo dispusiera. Él me recriminó que el único problema era que yo no quería tener un hijo con él y que dejara de dar la vuelta a las cosas. Yo respondí que yo no había dicho nada de eso y, entonces, me cogió por los hombros y, a punto de llorar, me preguntó que si quería que fuéramos padres. Yo desvié la mirada y me limité a decir que tenía que meditarlo. Al fin y al cabo, un hijo te cambia la vida, no es una decisión que se pueda tomar en cinco minutos. Él dijo que de acuerdo, que lo entendía y que me tomara el tiempo que me hiciera falta. Desde entonces, apenas hemos hablado, solo de la compra, la limpieza de la casa y cosas así. Él intenta ser amable pero se le ve a la legua que está hecho polvo. Apenas me puede sostener la mirada. Y yo me siento la peor persona del mundo.

–¿Y por qué te sientes así?

–Supongo que no quiero hacerle daño… y se lo estoy haciendo. –Suspiré.

–¿Y por qué se lo haces?

–¡Es que no sé qué hacer para no dañarlo más!

–¿Eso quiere decir que ya sabes la respuesta a su propuesta?

No contesté.

–Sofía, ¿quieres ser madre?

Meneé la cabeza a un lado y a otro, con lentitud, mientras mil ideas se arremolinaban en mi mente. Tras una pausa de un minuto, me atreví a retomar la palabra:

–No…, creo que no.

–Y ¿por qué no se lo dices a tu marido?

–¡Porque le defraudaría!–Las lágrimas brillaron en mis ojos, pero aún estuve a tiempo de contenerlas.

–¿Crees que no lo comprendería?

–Nadie lo comprendería. Ni él, ni mis padres, ni mis suegros, ni mis amigas… ¡nadie! –Esperé a que Silvia dijera algo, pero no lo hizo–. Si les digo que no quiero tener hijos, pensarán que soy egoísta. Sé que a veces piensan que antepongo el trabajo a todo lo demás. Pero eso no es así. Tanto mi marido como yo aprovechamos al máximo nuestro tiempo libre. Viajamos mucho, nos reunimos con la familia y con los amigos varias veces al mes. Creo que ambos ponemos mucho de nuestra parte para cuidar nuestra relación, nuestras amistades y nuestra familia. ¡Nadie puede acusarme de no preocuparme por los demás! ¡No soy ninguna egoísta!

Noté como mi voz se aceleraba y me ponía roja de rabia. Me callé para tratar de tranquilizarme y alcé la mirada para enfrentarme a los ojos de Silvia juzgándome. Pero no lo hizo. En su rostro no había rastro de incomprensión o acusación. Seguía mirándome, serena y sonriente. Esperé a que dijera algo y no tardó en hacerlo:

–Y si les cuidas tanto, ¿por qué crees que pensarían que te comportas de forma egoísta?

–Porque, desde que te casas, la gente da por hecho que tendrás hijos. Todos mis amigos tienen un hijo o dos ya, y no les entra en la cabeza que no me pique el gusanillo. No sé, creo que para muchos es inconcebible que una mujer no quiera ser madre. Menos aún si está felizmente casada como yo. Suponen que como triunfo en mi trabajo, relego a mi familia a un segundo plano. Pero eso no es así. Simple y llanamente, no quiero ser madre. No encaja con mi forma de ver la vida. Disfruto trabajando, me siento realizada. Pero también disfruto con mi marido. Nos encanta viajar y tener mucha vida social. No quiero renunciar a nada de eso. Hasta ahora, creía que mi marido me entendía y compartía mi punto de vista. Pero parece que no. Y no es lo mismo reírse de las bromas de los amigos, que decirle a tu marido que no quieres ‘formar una familia’ con él. ¡Pero si ya somos una familia! ¡Nos tenemos el uno al otro! También tenemos a nuestros padres, hermanos, ¡sobrinos! ¡Ya somos una gran familia! No necesito contribuir con ningún miembro más. ¿Es eso ser egoísta? ¿Solo porque no haga lo que hace el resto del mundo? ¿Soy peor persona por no tener eso del ‘instinto maternal’?

–Claro que no, Sofía. La maternidad es una opción, no una obligación. Nadie debería juzgarte por eso, menos tus seres queridos. Lo que yo me pregunto es por qué tienes tan claro que no te comprenderán.

–Porque los conozco…

–Pero dices que no te esperabas que tu marido te propusiera que fuerais padres…

–No, la verdad es que no. Nunca habíamos hablado del tema. No sé a santo de qué se le ocurre a estas alturas que seamos padres. –Suspiré–. ¡Estamos muy bien como estamos!

–Por muchos años que os conozcáis, ya ves que aún puede sorprenderte. Si no podías predecir que te lo propusiera, tampoco puedes dar por hecho su reacción a la negativa.

–¡Pero no es lo mismo! Se sentiría defraudado, seguro. Y, en cuanto le contara lo de Niza, pensaría que estoy primando mi trabajo sobre todo lo demás. Quizá se negara a venir conmigo. Ni siquiera estoy segura de que estuviera dispuesto a renunciar a todo lo que tiene aquí por mí, aunque nunca hubiera salido el tema de tener hijos… –Me tembló la voz y tuve que atragantarme con mis ganas de llorar. Me sequé con el dorso de la mano la única lágrima que osó escapar de mi autocontrol.

–A veces, nuestras suposiciones de ‘lo qué será’ pueden ser más dolorosas que ‘lo que realmente sucederá’. ¿Por qué no se lo dices y te enfrentas a su reacción real?

–Pero ¿y si es aún es peor la realidad que mis suposiciones? ¡No quiero destrozar mi matrimonio!

–Tampoco creo que tu marido quiera destrozarlo. Dices que sois felices. Es probable que si habláis, acerquéis posturas. Seguro que él te agradece la sinceridad. Solo a partir de conocer la verdad de lo que sentís cada uno, podréis tomar ambos las decisiones que estiméis oportunas.

–Pero es muy difícil ser sincera, Silvia, muy difícil.

–El miedo a ser sincero suele deberse al temor de dañar al otro… y, en ocasiones, al temor de no recibir la respuesta que uno desearía. Pero es la única forma de que os seáis leales.

Asentí levemente y volví a alzar la vista, sin decir nada.

–A ver, Sofía, vayamos por partes. Dices que no quieres ser madre…

–No –susurré, mordiéndome el labio.

–Y esa convicción es anterior al tema de tu ascenso, ¿no?

–Así es. Con independencia de ascender o quedarme como estoy, no me apetecería tener hijos.

–¿Ni ahora ni en el futuro?

–Tengo treinta y seis años. Si tuviera una mínima intención, no dejaría pasar la ocasión. Sé que el tiempo juega en mi contra. Por eso, puedo decirte con seguridad que ni ahora ni en el futuro.

–De acuerdo. Y, dime, Sofía, ¿quieres aceptar tu ascenso e irte a vivir a Francia?

–Sí, querría poder decir que sí…

–¿De qué depende que lo digas?

–Buena pregunta. No sé si me atrevo a decir que sí.

–¿Tienes miedo?

Asentí.

–¿A qué tienes miedo?

–No sé. Sería empezar de cero, supongo que eso siempre da miedo, ¿no? También te he dicho que estoy muy unida a mi familia y amigos. Sería separarme de ellos más que nunca. Y, bueno, está mi marido, que tendría que hacer un gran sacrificio si me siguiera. Porque no concibo una relación a distancia.

–Si el ascenso hubiera sido en tu ciudad, no te hubiera supuesto tanto dilema, ¿no?

–Obviamente, que sea en Francia le suma atractivo, por un lado, y muchas complicaciones, por otro. Ya el ascenso, de por sí, supone un aumento de responsabilidades brutal. Mi vida social se vería afectada, al menos en los primeros años. Si a eso se suma mudarse a un país extranjero, con todo lo que eso supone, sí, la cosa se complica mucho. Es el sueño de mi vida y lo tengo al alcance de la mano, pero nunca imaginé que me costara tanto decidirme.

–¿Y si tu marido estuviera encantado de irse contigo?

–Lo facilitaría mucho, sí…

–Pero tampoco te veo muy convencida, Sofía.

–Imagino que saber que él estaría dispuesto, me haría muy feliz. No quisiera sentir que pone impedimentos a mis aspiraciones. Al fin y al cabo, mi ámbito profesional es muy complicado, no es fácil abrirse camino. Yo he trabajado muy duro para llegar donde estoy. Además, soy mujer. No quiero quedar sometida bajo el ‘techo de cristal’.

–¿Te refieres a esas leyes no escritas dentro del mundo laboral que limitan el ascenso de las mujeres dentro las empresas?

–Sí, exacto.

–Sofía, tu carrera dentro de tu empresa ha sido apoteósica. Dime cuántas personas de tu edad ocupan cargos de tu nivel, dentro de tu empresa.

–Creo que soy la más joven, pero menores de cuarenta años supongo que seremos tres o cuatro.

–Y, ¿cuál es la media de edad a la que suelen ofrecer el puesto de Dirección General?

–Pues… La verdad es que la persona más joven que recuerdo tendría unos 43 años.

–Sofía, ¡tienes 36! ¡Y ya te lo han ofrecido! Si alguna vez llegaste a tener ese ‘techo de cristal’ sobre ti, creo que lo rompiste a cabezazos hace mucho tiempo –rio Silvia.

–Bueno, sí, supongo que nunca me ha ido mal. En mi trabajo siempre me he sentido valorada y he recibido reconocimiento.

–Así que, por esa parte, parece que no hay problemas. Vuelvo a preguntarte lo mismo que antes: si tu marido estuviera dispuesto a ir contigo, ¿dirías que sí sin reparos?

Callé durante unos instantes, intentando ordenar mis pensamientos. Al fin, volví a tomar la palabra:

–Aun así, me moriría de miedo. ¡Lo reconozco! Supón que no doy la talla. Que no estoy a la altura del puesto que siempre soñé. ¡Me defraudaría a mí misma! ¡Decepcionaría a mis jefes! ¡Y no podría mirar a la cara a mi marido! Él lo habría dejado todo por mí y yo habría echado a perder mi oportunidad. ¡Eso es lo que más miedo me da!

–Así que, a fin de cuentas, tu mayor freno a la hora de aceptar el trabajo ¿es el miedo a fracasar en el intento?

–Puede ser. Además, supondría una entrega aún mayor a mi trabajo y complicaría muchísimo el equilibrio que he llevado hasta ahora entre mi vida familiar y profesional. Quiero ascender en el trabajo, sí, pero no a costa de todo lo demás.

–Querida amiga, lo que tú tienes es un ‘techo de cemento’ sobre tu cabeza, y ese es más complicado de quebrar que tu viejo conocido ‘techo de cristal’.

–¿Techo de cemento? Nunca lo había oído.

–Se trata del auto-bloqueo que nos imponemos nosotras mismas a la hora de ascender en nuestros trabajos, para preservar nuestra dedicación a la familia, a pesar de que nos sintamos preparadas para esos puestos y a sabiendas que echamos al traste mucho de nuestro esfuerzo.

–Bueno, quizá tenga un pequeño techo de esos. Yo que siempre quise romper los moldes marcados por la sociedad y resulta que quedo atrapada bajo el cemento…

–Quizá, a veces te niegas a hacer lo que realmente querrías por miedo a caer en los moldes que siempre te has esforzado por romper. Deberías ser menos exigente contigo misma.

–No sé si entiendo lo que tratas de decirme –dije confusa.

–¿Sabes qué creo? Creo que tienes miedo de defraudar a tu familia y a tus jefes. Pero, sobre todo, creo que tienes miedo de defraudarte a ti misma. Pero, créeme, si haces lo que realmente quieres hacer, no te estarás defraudando.

–Entonces, ¿qué debo hacer?

–No soy yo quien ha de contestar a esa pregunta. Solo tú tienes la respuesta.

En ese momento, sonó el reloj de pared que estaba sobre nuestras cabezas.

–¡Dios mío! ¡Son las ocho! ¡Te he robado toda la tarde! –exclamé, avergonzada.

–Tranquila, Sofía, ha sido un placer charlar contigo.

–Gracias por tu paciencia, Silvia. Espero no haber sido muy pesada con todo esto… La verdad es que no sé cómo agradecértelo, me he quitado un gran peso de encima soltándolo todo. Aunque sigo sin saber muy bien qué hacer.

–Seguro que pronto encuentras la respuesta. Yo solo puedo darte un humilde consejo: rompe con el molde que tú misma te has impuesto.

–Meditaré sobre ello… –dije, todavía desconcertada.

–Y ya sabes, si necesitas otra taza de café, aquí me tienes –dijo Sofía, con su imborrable sonrisa.

Cuatro días después, volví a telefonear a mi amiga terapeuta.

–¡Hola, Sofía! ¡Qué alegría escucharte!

–Hola, Silvia. Te llamaba para ver si podríamos quedar a tomar un café. Esta vez, invito yo.

–¡Claro! Cuando tú me digas.

–Pero te aviso que no será para contarte mis problemas, sino para darte las gracias.

–¿Y eso? ¿Qué tienes que agradecerme?

–Supongo que he de agradecerte que abrieras un enorme socavón en mi molde.

–¿Ah, sí?

–¡Sí! –Reí–. La brecha fue tan grande que ha quedado destrozado. Ahora me siento más libre.

–Me alegro mucho, Sofía. Pero ¡desembucha, que me tienes en ascuas!

–Bueno, seguí tu consejo. Dejé de dar vueltas al tema y encaré el asunto. Hablé con mi marido. No fue sencillo, no te voy a engañar. Pero fue adorable y compresivo. Me dijo que él me había propuesto ser padres porque creía que sería algo que nos haría felices a los dos, pero que si yo no lo deseaba, él estaría a mi lado igualmente, que me quería por encima de todo lo demás y que le bastaba yo para seguir siendo feliz el resto de su vida. De repente, recordé el porqué me había enamorado de él. Después le conté lo de Niza. Al principio puso mala cara, como suponía. Sin embargo, enseguida se puso a divagar sobre cómo pedir excedencia en el trabajo, si quizá fuera el momento de emprender los proyectos que siempre había tenido en mente, con lo que teníamos ahorrado… ¡No sabes lo feliz que me hizo! Tuve que callarle a besos. Entonces fue cuando le dije que no iba a aceptar el ascenso. ¡Se quedó a cuadros! Trató de convencerme para que recapacitara, diciéndome que era el sueño de mi vida, que cómo iba a decir que no, que juntos seríamos capaces de iniciar una nueva vida en Francia… Le dije que no había nada de qué hablar, que estaba convencida y que ya lo había hablado con mis superiores.

–¿En serio? ¿Y cómo se tomaron ellos tu negativa?

–También se sorprendieron, la verdad. Estaban convencidos de que aceptaría. Yo les dije que consideraba que aún podía aportar mucho más en mi actual puesto y que no rechazaba el ascenso sino que, más bien, lo aplazaba. Creo que no es el momento oportuno, que necesito unos años más para dar el gran salto. Al fin y al cabo, no es un puesto que se suela ofrecer antes de los cuarenta y por algo será. Ellos contestaron que lamentaban no poder contar conmigo en esta ocasión, pero que seguirían teniéndome en mente más adelante. ¡Ya ves! Quizá sea Directora General dentro de unos añitos. Y quién sabe si, con un poquito de suerte, es en una de las delegaciones nacionales.

–Veo que todos han sido muy comprensivos contigo. ¡Debes estar encantada!

–¿Quién me iba a decir que rechazaría el ascenso? Sin ti, no hubiera sido capaz.

–¿Qué hice yo?

–¡Romper mi molde! Estaba tan empeñada en alcanzar las metas que me había propuesto desde niña, que se me había olvidado pensar si, a día de hoy, todavía las deseaba. Igual que puedo elegir entre ser madre o no, también puedo hacerlo entre ascender o no. No dejo de ser una mujer moderna y libre por no desear ascender un peldaño más en mi mundo laboral. Precisamente soy libre porque hago lo que quiero y cuando quiero.

–Me alegra haber puesto mi granito de arena en tanta alegría.

–¡Más de un granito de arena, en serio!

–Estoy deseando que nos tomemos ese café para verte reír así, en persona.

–¡Y yo!

Una vez acordado el día y la hora, colgamos. De repente, me entraron unas ganas tremendas de quedar con mi madre. Deseaba decirle que, por fin, después de tantos años, empezaba a comprenderla.

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