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Finiquitado

Le gustaba trabajar al caer la noche. Tan solo necesitaba una música tenue en la radio y un café bien cargado sobre la mesa para que sus dedos se pusieran a galopar sobre las teclas del ordenador. Así podía pasar horas y horas. Encadenaba cada hecho con el siguiente de forma casi automática; a veces sentía que él no escribía la historia sino que era la propia historia la que se estaba contando a él. Reescribía cada frase para dotarla de más detalle, más sentido y más sentimiento, hasta que quedaba vacío de palabras y el texto se le hacía presente, real, incuestionable. Cada personaje crecía ante sus ojos, orgulloso y desafiante, marcando con sus acciones su inevitable destino. Hasta los giros de la trama le sorprendían y desasosegaban, como si estuvieran fuera de su control. Y en cada capítulo, ella cobraba más protagonismo, saltando de la hoja para enredarse en sus sueños.

Vivía obsesionado con la protagonista de su novela. No era ni bella, ni locuaz, ni aventurera; era simplemente una mujer, con un pasado lleno de miserias que ocultar y con un futuro de sueños por cumplir. Las veces en que ella se sentía feliz, él pasaba las noches despierto, disfrutando de cada uno de esos momentos con ella. En cambio, cuando ella se sentía desdichada, él tenía que dejar de escribir para no infringirle más sufrimiento. Se marchaba a dormir, pero era incapaz de descansar, por lo que volvía a abrir su obra por donde la dejó, para hacer que el lance pasara lo antes posible y poder verla sonreír de nuevo.

Los capítulos se sucedían y el escritor temía la llegada del desenlace confabulado desde el inicio. Sus personajes estaban inquietos, en ocasiones, ociosos; parecían percibir que el final se demoraba demasiado. El amante de la protagonista se revolvía entre las páginas, no podía esperar más a tener a su amor entre los brazos. Pero el escritor embrollaba la trama hasta la exasperación para evitar escribir ese momento. Frustrado, cerraba la novela y se iba a dormir para acallar los remordimientos que lo atormentaban.

«¡No! ¡No puedes hacerlo! ¡Te has enamorado de tu protagonista! Pero no tienes derecho a truncar su historia, desde el principio sabías su destino. ¡Tú nunca la podrás tener! Ella nació para amarlo a él. Tú mismo los creaste, no puedes destruirlos».

¿No podía? En su interminable insomnio, se lo planteaba una y otra vez. ¿Dejar la historia inacabada? ¿Cambiar de forma abrupta el desenlace? Su alma de escritor renegaba de estas posibilidades y se batía en duelo con el hombre, que lloraba de amor y celos ante la perspectiva de perder a esa mujer para siempre.

Llegó la noche tantas veces postergada. La música sonaba en la radio, el café humeaba en la mesa y sus dedos se deslizaban por el teclado con pesadumbre. Las palabras aparecían en la pantalla sin que el cursor parpadeara ni un momento; las páginas se llenaban a un ritmo frenético con sucesos improvisados que iban desmoronando la historia que tantos años le había costado construir. En su lucha interior, el hombre había tomado el mando. Los personajes vagaban por la trama, desorientados, ¿qué significaba aquello?

El hombre se creía un Dios Todopoderoso. Olvidaba que él los había creado hasta hacerlos reales, con libre albedrío. Hacía tiempo que había perdido el control sobre ellos, por mucho que tratara de forzar las tornas. La protagonista aparecía desolada, pero ya no le importaba, era más grande el dolor que él sentía dentro.

De pronto, notó una breve descarga en la punta de sus dedos, que recorrió el resto de su brazo izquierdo. Su cuerpo se atenazó y, segundos después, su cabeza yacía sobre el escritorio. La línea que quedó inacabada describía el último beso de los protagonistas. No le dio tiempo a escribir el fatal desenlace que los separaría después, para siempre. Así quedaron ellos: suspendidos en un beso eterno. El escritor había matado al hombre.

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