Relatos Magar

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Invisible

Contra toda lógica y natura, Anabel Fernández, de veintiocho años de edad, amaneció una mañana sin presencia corpórea. No fue consciente de buenas a primeras, pero fue atando cabos. El primero de ellos fue sentirse extraordinariamente liviana. Se preguntó si habría adelgazado de repente, pero al mirarse brazos, abdomen y piernas no notó cambio de volumen o forma. Además, la goma del pantalón del pijama le apretaba tanto como siempre, dejándole unas tenues rayas rosas en la piel.

El segundo de los cabos lo ató en el momento en el que se miró en el espejo del lavabo y no se vio. «Pero ¿qué demonios…?», pensó. Anabel volvió a examinarse de arriba abajo y comprobó que todo seguía en su sitio. Sin embargo, su reflejo no hizo acto de presencia. Se aproximó un poco más al cristal para cerciorarse de una posible pérdida de vista. Contempló el resto de objetos que decoraban el lavabo con total nitidez, y ni rastro de su cara. Se palpó para que el sentido del tacto ratificara la existencia de sus mejillas, su frente y su cabello. Allí estaban, como siempre. Se refregó los ojos, los volvió a abrir de golpe y… nada.

–¡Maldita sea!, ¿me estaré volviendo loca? –dijo, cada vez más nerviosa.

Respiró hondo y trató de serenarse: «Tranquilidad, esto es solo un sueño…». Se esforzó por pensar en otra cosa, para así cambiar el curso de aquellos acontecimientos oníricos que la estaban perturbando. Pero ni apareció su cuerpo en el espejo, ni estuvo de pronto en el Caribe tomando una piña colada, ni se puso a volar por la estancia para aliviar un poquito el estrés. Visto que el plan A no había funcionado, pasó al plan B: intentar despertarse. Optó por el recurso más manido en estos casos y se pellizcó el brazo con fuerza. El dolor, punzante e inmediato, le corroboró su temor: no estaba soñando.

«¿Cómo puede ser…?». Acto seguido, le vino a la cabeza otra de las posibilidades, para su pesar, mucho peor que las anteriores: ¡estaba muerta! Había oído decir que lo normal es que un muerto no asuma que está muerto. Por el momento, era el único requisito que cumplía sin ninguna duda. No podía tener tan mala suerte de buena mañana. Volvió corriendo a su habitación para observar su cuerpo frío e inerte tendido sobre la cama, pero no lo encontró. Como no tenía conocimientos profundos sobre el trámite de morir –más que nada, por falta de experiencia–, no le quedaba más remedio que recurrir a los tópicos aprendidos en películas y novelas. Según estos, el cuerpo tendría que estar ahí, donde lo dejó la última vez, y ella, como alma desglosada de la materia, debería contemplarse con incredulidad y pesar. Pero no, allí solo había unas sábanas revueltas y solitarias. Además, ante ella no se había presentado ni el túnel, ni la luz blanca, ni familiares fallecidos que le indicaran el camino. Tampoco sentía una extremada paz, más bien, todo lo contrario: estaba bastante cabreada. La falta de cuerpo desmontaba su teoría; así que, por el momento, necesitaba algún indicio más para certificar su muerte.

De pronto, sus tripas hicieron un sonoro ruido. Fuera hambre de espíritu o de cuerpo, ella necesitaba desayunar. Preparó unas suculentas tostadas de mermelada de melocotón y un café bien cargado sin mayores contratiempos: sus manos no traspasaban los objetos ni nada por el estilo. Cuántas mentiras habían enseñado en la película Ghost. Mejor se abstenía de intentar atravesar las paredes, había tenido bastante con el pellizco. Empezó a engullir la comida y ni una sola miga se desparramó por el suelo. Al parecer, tampoco en eso se parecía a otros fantasmas de la gran pantalla como Tufo, Gordi y Látigo. O era ella un espíritu muy vulgar o, definitivamente, descartaba la opción de muerte súbita durante el sueño.

Fue entonces cuando ató el tercer y más evidente cabo. En el instante en que tragaba el último mordisco, se abrió la puerta de la cocina: era Mirentxu, la asistenta. Se le había olvidado que era miércoles, el día en el que la mujer venía a dar una limpieza en profundidad a su casa. Normalmente, a la hora en la que Mirentxu llegaba, Anabel ya se había marchado a trabajar. Sin embargo, ese día, mientras trataba de aclarar si estaba muerta o no, se le había echado el tiempo encima. La sorpresiva entrada de Mirentxu en escena la dejó paralizada, a la espera de que esta la saludara como si tal cosa. Así se demostraría que se había vuelto loca, pero, al menos, no estaría muerta, y eso le aliviaría bastante.

La asistenta comenzó la labor sin dirigirle la mirada, a pesar de los aspavientos de Anabel para captar su atención. Llena de incertidumbre, Anabel sorbió su café para superar el mal trago. Entonces, se desencadenó la histeria. Mirentxu dio un grito desgarrador y a Anabel, del susto, se le cayó la taza al suelo.

–Dios bendito, protégeme. ¡Eso es obra del demonio! ¡Dios bendito! ¡Dios bendito!

Y tras santiguarse unas diez veces, Mirentxu salió despavorida de la casa. No era para menos, ya que no todos los días se veía una taza levitando sobre la encimera. El episodio, que causó una crisis de ansiedad a la pobre asistenta, propició que Anabel tuviera claro que, fuera por el motivo que fuera, ¡era invisible! Se dio cuenta de que podía cumplir el deseo que cualquier persona había tenido en algún momento de su vida y dejó volar su imaginación. No sabía cuánto podía durar el chollo, así que supo que ese día, más que nunca, tenía que aprovechar el momento.

Como mujer precavida que era, lo primero que hizo fue llamar al trabajo para decir que no iría. No podía arriesgarse a volver a ser visible al día siguiente y haber perdido el puesto por absentismo. Nunca se le había dado bien mentir, por lo que se ciñó a la verdad lo más que pudo y se excusó diciendo que no se encontraba con cuerpo.

La llamada se realizó con normalidad y comprobó que, aunque no se la viera, sí se la oía. Era importante tenerlo en cuenta, al igual que lo de mover objetos. No estaba bien ir provocando ataques de pánico entre la gente, sin ton ni son; con el de Mirentxu había tenido bastante. Cuando se sintió preparada para experimentar con ese nuevo estado, sonrió con picardía y salió de casa.

La primera idea que tuvo fue ir a su oficina para ver cómo se apañaban sin ella. Anabel se había esforzado mucho para ser una trabajadora ejemplar: era la primera en llegar y la última en irse, desviviéndose para que cada proyecto saliera bien. Fantaseaba con observar en secreto a sus compañeros y escucharles decir que todo era un desastre si no estaba ella para poner las cosas en su lugar. No hay mayor reconocimiento que recibir elogios cuando no se está delante. En cambio, les oyó festejar su ausencia, al poder gozar de un día sin aquella «maniática autoritaria», «metomentodo» y «doña perfecta». No se ahorraron calificativos despectivos contra ella, que no podía creer lo que estaba escuchando.

Aunque se había jurado a sí misma ser una invisible responsable y no sembrar el terror, no pudo desaprovechar la ocasión. «¡Se lo han ganado a pulso!». Agitó unos cuantos folios por aquí y vertió unos cuantos cafés sobre limpias camisas por allá, para dejar constancia de su disconformidad respecto a las opiniones manifestadas acerca de su persona. Era lo mínimo que se merecían esa panda de desagradecidos.

Tras esa desilusión inicial, fue a visitar a su madre. Como era habitual que charlara con sus amigas sobre sus hijas, con un poco de suerte podría presenciar alguna escena en la que se deshiciera en halagos hacia ella. Así le subiría la moral que sus compañeros de trabajo habían dejado tan mermada. Pero enseguida comprendió que la frase «te conozco como si te hubiera parido» no podía aplicarse a la inversa, porque lo que vio la descolocó más si cabe.

Tal y como deseaba, la encontró hablando por teléfono. Por lo que pudo escuchar, supo que la que estaba al otro lado era su hermana mayor:

–Sí, cariño, todo bien. Me has pillado de milagro, estaba a punto de salir a hacer media horita de footing […] Sí, la verdad es que no paro mucho por casa. Después he quedado a comer con unas amigas, así que estaré toda la tarde liada. Siempre sabes cuándo empiezas, pero no cuándo vas a acabar, estas cosas son así […] Sí, claro que sí, cariño, este fin de semana podemos vernos, ¡hace tanto que no nos juntamos! […] Pero no os molestéis en venir vosotros, voy yo, ¿vale? […] ¡Oh, sí, avisa a Anabel! A ella también hace muchísimo que no la veo. Una comida todos juntos, ¡qué bien! […] Claro, claro, ya me concretarás, de acuerdo […] Sí, lo sé, sé que estáis muy liadas. A ver si esta vez hay suerte… […] ¡Me encuentro perfectamente! No te preocupes, en serio […] Pero ve tranquila, no te entretengo más. Yo también tengo que irme… […] Te quiero mucho, pequeña. Hasta luego.

A Anabel la conversación le resultó típica. Eran más o menos las mismas frases que le solía decir a ella cuando llamaba para preguntarle cómo estaba. En general, vivía demasiado ocupada como para comprobarlo en persona. Sin embargo, esta vez no pudo quedarse con la conciencia tranquila como después de cada llamada de rigor. Comprobó que su madre, tras colgar el auricular, cambiaba radicalmente de gesto, se sentaba delante del televisor embutida en su batín, y se consumía en suspiros melancólicos. Anabel esperó a que se cambiara y fuera a hacer lo que había dicho que haría, pero su madre no se movió. Ese día no salió a correr ni a comer con sus amigas. Su aspecto descuidado delataba que tampoco lo había hecho los días anteriores.

Anabel se puso a echar cuentas: ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que visitó a su madre? Quizá un par de meses. La verdad es que una llamada a la semana no resultaba un método eficaz para descubrir el paripé que se traía entre manos. Definitivamente, su madre no había superado la muerte de su padre. Les había asegurado mil veces que se encontraba mejor que nunca y que tenía infinitas aficiones que no le dejaban tiempo para estar triste. Esa palabrería solo era una máscara para no preocuparlas. «¡Cuánto tiempo lleva fingiendo! ¿Qué gana con eso?». Estaba cabreada, pero no por el engaño, sino consigo misma. Algo le decía en su interior que no era de “hija perfecta” preferir que su madre fuera como ella se la había imaginado hasta entonces, siempre contenta y ocupadísima, en vez de aquella mujer hundida en el sofá, que se sentía sola y deprimida. Huyó de allí en el más absoluto silencio y con un incómodo sentimiento de culpabilidad pesándole en el corazón.

Pasó el resto de la mañana abatida, no le quedaban ganas de seguir investigando las vidas ajenas. Suficientes decepciones para un solo día. Deambulaba por las calles sin saber qué hacer cuando tuvo otra brillante idea: «¿Cómo no se me ha ocurrido antes?», pensó. Su próximo destino sería ir a ver a Arturo, su novio. Era miércoles, justo el día en el que él solía quedar con su amigo de toda la vida, a la salida del trabajo. Habían cogido esa costumbre desde la ruptura sentimental de este, un mes atrás, de la que todavía no se había repuesto. Sería interesante escuchar a su novio hablar de relaciones sentimentales con plena libertad. A estas alturas, ya no sabía a qué atenerse y necesitaba averiguar si quedaba alguien en quien confiar. Llegó justo cuando ambos amigos se saludaban frente al bar. Anabel tuvo que esperar a la segunda cerveza para que empezaran a hablar de lo que a ella le interesaba.

–Las relaciones de pareja son así, Felipe. Está “el que quiere” y “el que se deja querer”. Y no es cuestión ni de sexo, ni de edad ni de nada. Supongo que a cada uno nos toca un papel u otro según con la persona con la que estemos y nuestra propia situación en ese momento.

–Ya veo. A mí me tocó ser “el que quiere”, claro. –Suspiró–. Y tú, ¿quién eres?

Anabel contuvo la respiración. La teoría de su novio le había sorprendido y se moría de ganas por conocer el reparto de papeles que les adjudicaría a ellos dos.

–Yo también soy “el que quiere” –contestó Arturo, con media sonrisa–. No pongas esa cara, no es tan grave. Supongo que una pareja en la que los dos fueran “el que se deja querer” sería imposible, y una en la que los dos fueran “el que quiere” sería lo perfecto. Por desgracia eso es una utopía.

–Creí que eras feliz con Anabel…

–Bueno, no se puede ser feliz todo el tiempo, eso también es una utopía –rio Arturo–. Supongo que nos va bien, aunque más de una vez tenga la sensación de que doy más de lo que recibo. Aun así, no voy a dejar de hacer cada una de las cosas que hago. No me arrepiento de nada… –Dio un largo trago a su cerveza y volvió a hablar–: Si le preguntaras a ella, quizá también te diría que es la que ha puesto más en nuestra relación. Anabel es así…

Consternada, prefirió marcharse de allí para no oír nada más. Mejor no enterarse de cómo era ella según él, o le sería imposible estarse callada por más tiempo. Acabaría delatando su extraña metamorfosis en un lugar demasiado abarrotado como para que la historia cayera en el olvido y ella pudiera proseguir con su vida normal, si es que algún día recuperaba la visibilidad. Aunque cada vez tenía más ganas de desaparecer para siempre.

Salió cuando el sol comenzaba a ponerse. No tenía ganas de andar y se coló en el autobús para volver a casa. Algún beneficio había de tener ser invisible, aunque solo fuera ahorrarse un mísero euro.

Durante el trayecto de regreso no dejó de darle vueltas a la cabeza. Al principio, se sintió defraudada por las declaraciones de Arturo. ¿Era ella “la que se dejaba querer”? ¿A él no le parecía suficiente su forma de amarle? Un cúmulo de sensaciones se debatió en su interior. Le hubiera gustado compadecerse de sí misma, creer que Arturo estaba siendo injusto, ser la víctima de la historia por una vez. Así podría sentirse mejor persona, algo de lo que siempre había estado convencida, pero que, en las últimas horas, todos se empeñaban en poner en duda. Estaba tan harta de que las cosas no fueran como ella creía, que quería salirse con la suya, aunque fuera en eso. Deseaba sentir que Arturo era el peor novio del mundo. Sin embargo, al rememorar su relación momento a momento, tuvo que reconocer que los hechos validaban su teoría. Nunca se lo había planteado y era molesto hacerlo por primera vez y no salir bien parada en la comparativa. Otra vez esa incómoda sensación de culpabilidad se le instaló en el pecho.

Llegó a su casa y se metió en la cama sin comer nada. Perdió la cuenta de las horas que estuvo llorando. La experiencia de invisibilidad le había defraudado. Se arrepintió de cada una de las decisiones que había tomado a lo largo de ese fatídico día. Seguramente, cualquier otra persona del planeta Tierra habría aprovechado la ocasión de forma más creativa y desenfadada, pero a ella no se le había ocurrido mejor idea que espiar a sus seres queridos. «¿A quién se le ocurre?», se lamentaba. Aquella mañana le había parecido la opción más divertida: conocer sus secretos, amparada en el anonimato del que le dotaba su invisibilidad. Lo que entonces no sabía es que si se busca la verdad se corre el riesgo de encontrarla. ¡Y vaya si la había encontrado! Era feliz en su ignorancia. Más le hubiera valido sopesar los riesgos desde el principio. ¿Quién le iba a decir que descubrir secretos ajenos implicaba descubrir los propios? Así ya no tenía gracia. Un solo día con ese extraordinario don le había bastado para desmontar su concepción del mundo: «¡Ser invisible es una mierda! Tantos años dedicada a montarme una vida, para esto…». Era más sencillo vivir en su mundo de apariencias y falsas convicciones. En él, era la empleada del mes, la hija del año y la novia que se merecía mucho más. Se había dado cuenta de que no conocía a nadie en verdad. Ellos eran los invisibles. Nunca mostraban realmente lo que pensaban, lo que sentían. Normal que hubiera vivido tan engañada.

Le costó una eternidad dormirse porque los pensamientos no paraban de bullir en su cabeza. Finalmente, un sueño sosegado se apoderó de ella, bien entrada la madrugada.

A la mañana siguiente, se despertó antes de que sonara el despertador. Bastaron cinco segundos para que los acontecimientos del día anterior retornaran a su mente. Pero ella se sentía más despejada. Antes de abrir los ojos ya sabía que volvía a tener presencia corpórea. Un malestar general, parecido a las agujetas que causa someterse a un sobreesfuerzo físico, le hizo tomar consciencia de cada parte de su cuerpo. El espejo le confirmó el presentimiento: ya no era invisible. Suspiró con ¿alivio? No estaba segura. Lo que tenía claro es que había sido invisible demasiado tiempo. De hecho, no había sido otra cosa en sus veintiocho años de existencia.

Desayunó y se vistió para ir al trabajo. Por un momento, dudó de si tendría fuerzas para enfrentarse al mundo después de lo sucedido. Sabía  que nunca podría desvelar a nadie su extraña experiencia; ni siquiera ella sabía explicar qué había sucedido exactamente y la tomarían por loca. Además, a nadie le gustaría descubrir que se había dedicado a invadir la intimidad de sus más allegados. Lo mejor era guardar el secreto, por el bien de todos y de sí misma. Tampoco sería justo reprocharles lo que pensaban en realidad, por bien o mal que le pareciera. La verdad podía resultar incómoda, aunque eran peores las mentiras y las apariencias. Si deseaba que la gente le mostrara su verdadera cara a partir de entonces, debería empezar por sincerarse ella misma, esforzarse por ser más que parecer.

«¿Seré capaz de ser visible por primera vez en mi vida?». Iba a ser una tarea complicada, pero una no tenía esa gran oportunidad todos los días. Sonrió con resignación y salió de casa.

Relato ganador del VI CERTAMEN DE RELATO CORTO DE MISLATA.

4 comentarios el “Invisible

  1. Luis Sánchez
    30 de mayo de 2013

    Genial!!

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  2. Rafael Simón
    8 de marzo de 2014

    Impresionante: Muy original, divertido y aleccionador. Me ha gustado mucho cuando dices: “Si se busca la verdad se corre el riesgo de encontrarla”. Entiendo que ganaras.

    Me gusta

    • Relatos Magar
      10 de marzo de 2014

      Muchas gracias. La frase que señalas es de Isabel Allende (si no me equivoco), pero se la tomé prestada porque, en parte, inspiró este relato.

      Me gusta

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