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La leyenda de las columnas del deseo

(Escrito en 1996)

Alzábanse diez columnas griegas sobre la explanada de arena dorada, y a sus pies se mostraba el inmenso mar azul brillando al atardecer. Se narra que allí sucedió un romance de leyenda y que, en una de sus columnas, quedaron los cuerpos de los enamorados esculpidos en piedra.

Allá en un pueblo del Mediterráneo, hace cientos de años, vivieron dos jóvenes enamorados. Se llamaba él Homero, joven apuesto y gentil, de cabellos castaños y grandes ojos claros. Era su enamorada la bella Mariam, muchacha de gran dulzura, de largos cabellos negros y de ojos color azul.

Mariam pertenecía a la más selecta nobleza, mientras que la familia de Homero era tan solo humilde y sencilla. Hallábase aquí el problema. Ambas familias se oponían a que los dos se vieran y eran sometidos a gran vigilancia. Pero solían cruzarse a menudo por las transitadas calles del pueblo e intercambiaban tiernas miradas, llenas de amor y dulzura, que al instante desviaban, advirtiendo los comentarios de la gente. A pesar de ello, cada noche se encontraban en “Las columnas del deseo”, donde durante largo tiempo compartían sentimientos, gozando de libertad e intimidad, sin que en sus casas se percataran de su ausencia, pues era ya entrada la noche.

Fue en una de esas noches, cuando la madre de Mariam, que vagaba desvelada por los pasillos de la casa, vestida con un largo camisón blanco y alumbrándose con una vela que llevaba en las manos, la que al penetrar en los aposentos de su hija, descubrió que no estaba.

Soportó Mariam gran reprimenda al día siguiente y, cuando intentó defenderse, se formó la disputa. Tal fue, que sus padres decidieron irse a otro pueblo a vivir, para que Mariam no volviese a ver a Homero, y recibió ésta la noticia con grandes lloros.

Pero, a la noche siguiente, ambos volvieron a hallarse en “Las columnas del deseo”. Mariam, con lágrimas en los ojos y profundo penar, le contó a Homero lo ocurrido y los dos lloraron con amargura, rompiendo el silencio de la noche.

–¡Ojalá –sollozó Homero– la muerte nos uniera para siempre para que nadie nos separara!

Y tan solo bastó una mirada de Mariam para que Homero supiera que ella tenía el mismo deseo. No había Homero acabado de pronunciar tales palabras, cuando pareciendo salir de la nada y sin que ellos se enterasen de tal aparición, la silueta de una estrella quedó grabada en la columna en la que ellos se apoyaban.

Al tiempo que esto ocurría, despertó la madre de Mariam, se levantó seguidamente y dirigió sus pasos a los aposentos de su hija, comprobando de nuevo su ausencia. Avisó a su esposo y salieron en busca de los padres de Homero, para así los cuatro conseguir acabar con el asunto de un modo tajante.

En aquellos momentos, en “Las columnas del deseo” manifestábanse hechos extraños: Mariam y Homero, cogidos de la mano y sentados bajo la columna, iban quedando convertidos en piedra lentamente.

–Nuestro deseo se cumple –susurró Mariam repleta de felicidad mientras la vida se le escapaba poco a poco.

En esos instantes, llegaron los padres, viendo aún como los cuerpos de sus hijos se petrificaban, y quedando paralizados de terror. Cuando se acercaron, perplejos de espanto, pudieron contemplar los cuerpos inmóviles, fríos y ya sin vida, de los jóvenes enamorados, esculpidos en piedra sobre una de las columnas y a sus pies estos versos:

«La muerte los unió para que la vida no los separara».

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