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Poe y los castigos rojos

Capítulo I

Robb Logang despertó sobresaltado. Su teléfono móvil sonaba desde el otro lado de la habitación. Miró el reloj de su muñeca. Las nueve y diez de la mañana. Se había dormido. Se apresuró a contestar antes de que colgaran. Seguramente sería Callahan para preguntarle por qué no había llegado aún a la Biblioteca Pública de Boston, donde lo esperaban para la conferencia sobre sectas secretas del siglo XIX. A los bostonianos les encantaba las historias oscuras sobre su ciudad y la charla había levantado gran expectación.

–Callahan, lo siento, me he dormido –se apresuró a decir Logang al descolgar–. Pero, tranquilo, en diez minutos estoy allí.

Tenía suerte de haberse hospedado en el Sheraton, a solo unas calles de la prestigiosa biblioteca. Usaría la cafetera de Starbucks que tenía en la habitación para despabilarse del jet lag y llegaría a la conferencia antes de que Callahan se hubiera arrepentido del dineral que iba a pagarle por esas charlas.

–La conferencia se ha cancelado, Logang.

–Pero ¿por qué? Te digo que estoy de camino. La hora de convocatoria no era hasta las diez. No te preocupes, tendré todo listo para entonces.

–Te digo que se ha cancelado. Pero ven deprisa, te necesitamos.

–No te entiendo, ¿qué ocurre?

–No hagas preguntas y ven. El acceso principal está cerrado, te espero en el de atrás.

Callahan colgó. Su tono, más seco de lo habitual, preocupó a Logang, que salió del hotel, olvidándose del café. Un par de coches de policía y un cordón cerrando los accesos de la biblioteca le confirmaron que algo no marchaba bien.

Al entrar por la puerta trasera, Callahan lo esperaba con varios policías y trabajadores.

–¿Qué ha pasado?

–Eso nos lo tendrás que explicar tú –gruñó Callahan.

Bajaron al piso subterráneo, donde se exponían varias reliquias literarias, vigiladas permanentemente por un guardia de seguridad. La comitiva lo dirigió en silencio a la vitrina que contenía la primera edición de La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, fechada en 1838.

–Alguien ha roto el cristal de protección y manipulado el volumen –explicó uno de los empleados de la biblioteca–. Han vertido un líquido sobre él y han dejado una rosa.

Logang se acercó y olfateó:

Whisky, como me imaginaba. Durante años, alguien dejó una botella de whisky y una rosa sobre la tumba de Poe, en el aniversario de su muerte. ¿Puede ser que algún vándalo haya querido hacerle su peculiar homenaje? ¿Dónde están las cámaras de seguridad?

–Ya las hemos revisado. Dejaron de grabar a las veintitrés y cincuenta y ocho minutos y volvieron a entrar en funcionamiento a las veinticuatro y diez minutos, cuando el volumen ya había sido saboteado –explicó uno de los policías.

–¿Y el guardia?

–Véalo usted mismo…

Al girar una de las esquinas de la sala, Logang se topó con el cadáver del guardia. Su rostro estaba desencajado por una mueca de terror, pero no mostraba señales evidentes de violencia.

–Las cámaras lo grabaron haciendo su paseo hasta que se apagaron. Cuando volvieron a funcionar, él ya estaba muerto. Por lo que la defunción fue a las veinticuatro horas, aproximadamente. El forense no ha sabido determinar la causa, por el momento.

–La Muerte Roja… –murmuró Logang.

–¿Cómo dice?

–No, nada, nada. ¿Alguna cosa más de la que puedan informarme?

–Sí, señor. Hallamos esta nota encima del guardia. Presuntamente, fue escrita por el asesino.

El policía pasó la nota en el interior de una bolsa de plástico a Logang. Callahan paseaba de un lado a otro sin mediar palabra, mirando la pantalla de su teléfono móvil con impaciencia. Logang observó la caligrafía de estilo gótico.

Ni Dios ayudó a su pobre alma

Su corazón nunca merecerá la calma

La sangre anegó su vida

Y eso es lo que tuvo en su despedida

Ni legado ni homenajes

Nosotros vengaremos sus ultrajes

La Sombra Roja no es un recuerdo

Volar la ONU será lo primero

 

–¿Cree que es la nota de un demente? –preguntó el empleado, curioso.

–De un mal poeta, eso seguro –afirmó Logang.

–No estamos para bromas, señor Logang –espetó el policía.

–Ni yo tampoco, me temo. La Sombra Roja es una de las sectas más sanguinarias de las que tengo conocimiento. Hay tantas leyendas sobre ella como sobre la figura de Poe y su enigmática muerte. Algunos expertos han insinuado que Poe perteneció a ella y de ahí sacaba la inspiración de sus macabros cuentos. Lo que ha ocurrido aquí apoya esa teoría. Señores, puede que tengamos ante nosotros la respuesta de misterios que llevan silenciados doscientos años.

–¿Y qué tiene que ver la ONU en todo esto? –preguntó el policía, suspicaz.

–¿No es evidente? –Sonrió Logang–. Callahan, tráigame mis diapositivas. Creo que necesitan que les dé una conferencia sobre sectas secretas del siglo XIX.

Aquí tenéis otros best-sellers de los Insectos Comunes:

30 años de relojes binarios, de Daniel Centeno.

Los ejércitos de los robots tecnológicos, de Chukes Rivers.

Las torres de los orgasmos secretos, de Toni Cifuentes.

Cinco historias de castigos binarios, de Luis Ernesto Molina.

Los misterios de los monumentos ridículos, de La Rata Gris.

Pasión y 5 historias de los exquisitos, de Manu LF.

Los crueles postes rojos, de Benjamín Recacha.

10 comentarios el “Poe y los castigos rojos

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  8. Benjamín Recacha García
    4 de noviembre de 2015

    ¡Jajaja! Buenísimo, Esther. Te sugiero que la continúes porque la historia promete.

    Me gusta

    • Relatos Magar
      5 de noviembre de 2015

      Creo que escapa a mis capacidades. El misterio y lo detectivesco no es lo mío. Pero, oye, no hay que descartar nada en este mundo. Puedo ser una nueva Dana Brown 😛

      Le gusta a 1 persona

  9. Pingback: Los crueles postes rojos | la recacha

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