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Príncipes azules y otros cuentos

–Si he de serte sincera, no tengo muy buena opinión del príncipe de la Cenicienta. ¡Vamos, hombre! Estuvo bailando con ella toda la noche, ¿y ni siquiera se acuerda de su cara al día siguiente? ¿Dónde demonios le estuvo mirando? ¿De verdad que necesita un puñetero zapato para localizarla? ¡Huy, sí, qué gran estratega! Seguro que no hay dos mujeres en todo el reino que usen el mismo número de pie. Qué quieres que te diga, no me parece muy normal. Imagino que cuando se es príncipe no hay muchas cosas que hacer y en algo tenía que matar el tiempo el chaval. Pero vamos, que el resto de príncipes tampoco se salva… ¿Qué me dices del de Blancanieves? Aparece de la nada y se abalanza sobre ella. ¡Que está muerta, tío! ¿Es que no respetas nada? Yo de él, me haría mirar esa extraña perversión. Pero claro, como la chica revive, pues el asunto se pasa por alto. Es lo que tienen las resurrecciones, que impresionan mucho al personal. Hombre, también es lógico que los enanitos no se metieran en eso… ¡por fin se libraban de la okupa! El problema lo tenía ella. Si una viejecita indefensa ha intentado envenenarte, ¿por qué narices te fías de un completo desconocido, otra vez? Lo que yo te diga, a algunas aún les pasa poco… Y no me hagas hablar del príncipe de la Bella Durmiente. ¡Ese sí que tiene delito! Habrás matado a todos los dragones que quieras, ¡pero no tienes derecho a meterte en la cama de nadie! Eso en mi pueblo se llama abuso, no te digo más. Ah, vale, ¡que era un beso de amor verdadero! Pero ¿qué me estás contando? ¡Si ni siquiera la había visto despierta! Lo único que sabe de ella es que sus padres están forrados. Ya me conozco yo muchos ‘amores verdaderos’ de esos. Y bueno, ya puestos, el colmo de los colmos es la Bestia. ¡Un caso flagrante de secuestro y de zoofilia! ¿En qué estaban pensando los escritores de cuentos infantiles? Ella se enamora de él, a pesar de que sea un borde, maltrate a sus empleados y la haya retenido contra su voluntad. ¡Buen criterio, sí señor! No sé cómo lo verás tú, pero eso solo tiene una explicación: síndrome de Estocolmo. Y no me vengas con lo de ‘la belleza está en el interior’. Sí, muy bonito, pero bien que se transforma en un rubiazo impresionante al final. ¡Moraleja a tomar por saco! Pero claro, peor hubiera sido que se quedara con el fiera. Te iba a decir yo lo que le hubiera durado el amor a Bella, cuando su querido le dejara todos los días la ducha embozada de pelos… ¡Unos caraduras son todos! Por no llamarlos delincuentes, porque vaya tropa… Y ellas ni ‘mu’, chica. Se van con el primero que les estampa un beso en los morros o que les promete un palacete. A Blancanieves y a la Bella Durmiente démosles el beneficio de la duda, porque revivir de la muerte o de un coma de un siglo tiene que causar daños cerebrales sí o sí, y no las vamos a hacer responsables de sus actos. Pero ¿las demás? Unas aprovechadas, que solo quieren vivir del cuento. ¡Mira, a lo mejor por eso se llaman así estas historias! En definitiva, estos príncipes y estas princesas me parecen una vergüenza. ¿No me digas que tú quieres ser así?

–Yo… yo… yo solo quería que me contaras un cuento antes de dormir.

Allí estaba mi preciosa sobrina, acurrucada en su camita, con los ojos abiertos como platos y, según delataban sus pucheros, a punto de llorar.

–Bueno, pequeña, quizá ahora no lo entiendas, pero un día me lo agradecerás –le dije, mientras acariciaba su sedoso pelo–. Ojalá a mí me hubieran contado este cuento a tu edad.

Ella asintió, aunque con poca convicción. Creo que el impacto de mis palabras aún no le permitía pestañear al ritmo habitual. Le tapé bien con sus mantas y le di un dulce beso en la mejilla, a ver si se relajaba. Apagué la luz de la lámpara de la mesita y, despacio, me dirigí hacia la puerta de la habitación.

–Por cierto, si tu madre pregunta… dile que leímos La Cenicienta, ¿de acuerdo? ¡Buenas noches, pequeña!

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