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Crónica de un desastre

Quizá las aspiraciones de Elías eran demasiado grandes para cumplirlas en aquel pequeño periódico local. Allí nunca pasaba nada emocionante que mereciera investigaciones profundas o complicadas entrevistas en búsqueda de la verdad. Las noticias anodinas se sucedían entre sí y Elías lamentaba que sus lectores se aburrieran leyéndolas tanto como él al escribirlas.

Todo cambió la mañana en que presenció un altercado entre dos conductores que chocaron sus coches accidentalmente y que, después, pasaron a las manos por falta de entendimiento. Decenas de vecinos se pararon a contemplar la escena y el espectáculo concluyó cuando uno de los implicados ya no tuvo fuerzas para levantarse del suelo. Elías garabateó en su libreta hora, lugar, hechos y valoraciones de los testigos, y se juró a sí mismo que esta vez redactaría una noticia ante la que ningún lector quedara indiferente.

old-newspaper-350376__180Muchas voces se alzaron en la redacción al leer el resultado. Las críticas eran continuas:

–Esto es puro sensacionalismo. Nunca he leído una basura igual. ¡Por el amor de Dios! Solo ha sido un choque que ha detenido el tráfico media hora…

–No encaja para nada con nuestra línea editorial: en vez de ceñirse a los hechos, especula sobre el pasado de los protagonistas y da a entender dobles intenciones donde no las hay.

–Nosotros buscamos veracidad, no morbo. ¿Qué más da que los padres de los chicos tuvieran cuentas pendientes?

Sin embargo, el jefe dio el visto bueno y la noticia de Elías, por primera vez, apareció en página par y con foto de acompañamiento: un primer plano del rostro magullado del joven que quedó tendido en el suelo. Elías estaba exultante y desfiló triunfal por los pasillos de la redacción.

–Que la realidad no os estropee una buena noticia, chicos –dijo con mofa e ignoró las miradas de desdén que sus compañeros le dieron como respuesta.

Tal y como imaginaba, la noticia causó gran revuelo en la localidad. Viejas rencillas entre familias revivieron y al fortuito incidente de coche le siguieron otros tantos, premeditados. Alguna pintada enigmática apareció por las calles, clamando venganza. Para cuando quiso darse cuenta, era el autor de los reportajes más leídos de aquel modesto periódico, que duplicó su tirada en pocos días. Lo que vino después superó sus expectativas: los episodios violentos entre los habitantes seguían incrementándose y la plantilla al completo tuvo que dedicarse a cubrir las continuas novedades.

–Este asunto se nos ha ido de las manos y le veo difícil solución. Nadie hace caso a los artículos que intentan apaciguar los ánimos, solo se creen los titulares más alarmistas. Y la culpa de todo la tienes tú –increpaban a Elías.

–¿Yo? Yo solo cuento lo que pasa –se defendía él.

–No, tú interfieres en la realidad cuando descontextualizas los hechos y muestras como verdad lo que no es más que una simple especulación. Con tus palabras insidiosas has despertado odios que llevaban años dormidos. ¡Los has vuelto a todos locos!

–Me halaga que me dotéis de tanto poder sobre la conducta humana, pero solo soy un humilde periodista que hace su trabajo. Yo me limito a poner las palabras, cada cual les da su propio sentido. No soy responsable de los pensamientos de los demás y, mucho menos, de sus actos.

Los vaticinios más pesimistas se quedaron cortos. El pueblo se dividió en dos bandos y la muerte empezó a rondar a sus anchas por unas calles hasta entonces tranquilas. Elías redactaba durante horas y horas, sin dejar que el más mínimo altercado pasara desapercibido: «La gente merece saber lo que está pasando, ahora ya es imposible parar o mirar hacia otro lado». Pero la mayoría de los periodistas prefirieron dimitir y marcharse lejos: no podían ver lo que ocurría sin sentirse culpables.

Así fue como aquel pequeño pueblo, que era feliz en su anonimato y su monotonía, pasó a ser noticia en el país entero. Nadie entendía qué había provocado tanto odio irracional en gente aparentemente pacífica. Pero los antiguos periodistas de aquel modesto periódico local tenían su propia opinión al respecto: «A veces, una mala noticia puede estropear la realidad».

#Retorelato propuesto por Rosi N.

Palabras: sensacionalismo, enigmática y solución.

4 comentarios el “Crónica de un desastre

  1. Fortuna Lago
    13 de marzo de 2013

    Qué bueno, me recuerda a un escritor, pero no se cuál. Un clásico, lo típico, lo tengo en la punta de la lengua…

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  2. Fortuna Lago
    13 de marzo de 2013

    Es que más que un escritor, es un estilo… me suena muchísimo (ojo, no digo que hayas imitado a nadie, a ver si me vas a entender mal, jajaja) No sé, como las fábulas clásicas, eso es. De una cosa aparentemente insignificante se empieza a montar un lío… como el cuento de La Lechera. Me ha gustado, mucho. Empiezas a ser una de mis escritoras favoritas 🙂

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    • Relatos Magar
      13 de marzo de 2013

      Muchísimas gracias por tus preciosas palabras (que me sonrojan, me alegran y me motivan), pero sobre todo te agradezco que encuentres un huequito para leerme, eso es lo que más me halaga 🙂

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