Relatos Magar

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El secreto de las magdalenas

Cuando Lucía descubrió la pastelería Iadoreu, su cuerpo tuvo una irresistible atracción hacia el escaparate, sus manos y su cara quedaron pegadas al cristal y solo las bocanadas de su aliento, helado por las frías temperaturas, empañaron su visión de aquella docena de magdalenas.

–¿Habéis visto la nueva pastelería? –preguntaba a unos y a otros, pero nadie había reparado en ella ni mostraba el mayor interés por descubrirla–. ¡Es un lugar increíble! Tiene bandejas repletas de pasteles, bizcochos y bombones… Pero las magdalenas, las magdalenas son lo mejor de todo: tan esponjosas que parecen a punto de reventar de dulzor, con esa cascada de azúcar decorando su cima y esas virutas que me hacen pensar que esconden un corazón de chocolate. ¡Desearía tanto comerme una! Pero mi paga semanal no da para esos caprichos…

Cada día, al volver del colegio, se desviaba del camino para pasar por aquella callejuela donde se escondía la pastelería. Se quedaba embelesada mirando el escaparate e imaginando el sabor de esas enormes magdalenas. Con cada visita, su deseo aumentaba, pero no se atrevía siquiera a entrar dentro y aspirar su dulce aroma. Aun así, permanecía a la espera de que algún cliente entrara para, durante los segundos que permaneciera la puerta abierta, respirar la fragancia tantas veces imaginada. Sin embargo, nunca logró ver a nadie que atravesara el umbral e hiciera tintinear la campanilla que anunciaba la llegada de clientes. Además, por mucho que se esforzó, tampoco consiguió ver al pastelero o pastelera artífice de esas magdalenas tan maravillosas.

Pasado un mes y ahorrado lo suficiente, acudió emocionada a la pastelería Iadoreu, dispuesta a comprar una magdalena. Entró lentamente, con miedo a que la realidad rompiera el encanto. Pero la campanilla sonó de la misma forma que en su imaginación y el aroma de aquellos pasteles superó sus expectativas. Cuando su mirada aún desfilaba por las vitrinas rebosantes de dulces de todas clases, una voz aflautada le sacó de su ensimismamiento:

–¿Qué deseas, jovencita?

El hombre que le había hablado era alto, flaco y con un pelo negro repeinado con esmero. Llevaba unas pequeñas gafas redondas que le descendían por la nariz hasta quedar encasquetadas en su punta rechoncha, y su boca de dientes perfectos estaba adornada con un fino y estirado bigote, que le confería un aire anglosajón.

–Quisiera una magdalena, señor.

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El pastelero se acercó a una de las pirámides de rollizas magdalenas y cogió, con cuidado, la que coronaba la cúspide. Con una destreza y delicadeza únicas, la envolvió en un pequeño paquetito que dotaba al suculento manjar todavía de más atractivo. Lucía contuvo el aliento, extasiada en cada gesto, y su corazón dio un vuelco cuando, por fin, tuvo la magdalena entre sus manos. Corrió hasta su casa y se encerró en su habitación para que nadie pudiera interrumpir ese momento tan anhelado. Las sensaciones que le embargaron con el primer bocado, y con todos los que vinieron después, quedaron para siempre guardadas en su memoria como las más extraordinarias de su corta vida.

Aunque en un principio pensó que su deseo se vería saciado cuando comiera una de esas magdalenas, se equivocó. A partir de ese día, su ansia fue en aumento y no pasó un solo mes sin comprar una de esas maravillosas magdalenas. Su sabor era incomparable a todo lo demás que hubiera comido, por lo que únicamente rememorándolo era capaz de aplacar su ganas el mes entero, hasta volver a reunir el dinero suficiente para comprar otra.

Así pasaron los años. Al principio, pasaba las semanas esperando la llegada del día señalado. Después, la excitación de los primeros tiempos pasó, pero comprar su magdalena seguía siendo una cita ineludible y necesaria. Más tarde, acudía a esa peculiar pastelería, de la que creía ser la única clienta, por costumbre más que por ganas. Tiempo después, pasó por alto alguna cita sin comprar su preciada magdalena y, al final, llegó el día en que al comerla no sintió nada. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba ese increíble sabor con el que tanta veces se había deleitado? Ni siquiera le parecía tan esponjosa, grande y apetecible como la primera vez que la vio. ¿Era la magdalena la que había cambiado o era ella la que ya no era la misma? Siguió yendo a la pastelería a comprar su magdalena, tratando de encontrar en cada mordisco el añorado sabor que un día la hizo tan feliz. Pero, un fatídico día, al morderla, notó unas tremendas ganas de llorar y se sintió desesperada, abatida, derrumbada.

Llena de indignación por la zozobra que el dulce había instalado en su alma, se dirigió a la pastelería a pedir explicaciones. Llevaba la magdalena aprisionada en su puño, haciendo que su corazón de chocolate se desangrase en cada paso. Esta vez, el pastelero, en vez de alto, le parecía encorvado; su cuerpo delgado era ahora más grueso y arrugado; su cabello, negro y repeinado, se había vuelto canoso y escaso; y su bigote, fino y estirado, se dejaba caer con desánimo sobre la comisura de sus labios:

–¿Qué deseas, jovencita?

–La hoja de reclamaciones, señor.

–¿La hoja de reclamaciones? No comprendo…

–Exijo la hoja de reclamaciones. Llevo muchos años viniendo a esta pastelería y comiendo esta misma magdalena –la dejó sobre el mostrador, medio desmigada–, y ya no sabe como antes. Ya no disfruto comiéndola y los bocados que me parecían dulces, ahora me parecen los tragos más amargos. No sé qué habrá hecho usted con la receta, pero esta magdalena ya no es la misma, y vengo a quejarme.

–Lo siento mucho, joven, de veras que lo siento; tiene usted razón. Es cierto que esta magdalena no puede saber como años atrás porque hace tiempo que, por más que busco, no encuentro el ingrediente secreto que las hacía tan especiales.

–¡Pues trate de encontrarlo! Si quiere, yo le ayudo. Dígame, ¿cuál era el ingrediente secreto?

–El amor.

–Pero ¿qué me está diciendo? El amor no es un ingrediente: no se ve, no se toca, no sabe…

–Pero se siente. El amor con el que yo creaba la masa lo saboreaba usted en cada miga.

–¿Me toma por tonta? ¡Eso no es posible!

–¿Qué le hizo sentir esta magdalena?

–Pena, una pena inmensa…

–Apuesto a que no ha podido dejar de llorar.

–¿Cómo lo sabe?

–Yo mismo las amasé entre lágrimas, temo que alguna se haya colado entre la harina, los huevos y el aceite.

–Nunca más volveré a probar una de sus magdalenas. –La voz de Lucía tembló, entre la cólera y la tristeza.

–Siempre temí que llegara este día, jovencita. Pero, aun así, mereció la pena cocinar cada una de ellas.

–¡Adiós!

Salió de la pastelería y se paró en seco, de espaldas a ella. Cuando el tintineo de la campanilla dejó de sonar, se puso a llorar, de nuevo, sin poder evitarlo. ¿Era el efecto del bocado ingerido horas atrás?, ¿o era por las palabras intercambiadas con aquel pastelero que, a pesar de su desaire, le había hablado con tanta ternura? Se sentía mal, muy mal, como si hubiera dejado atrás, sin miramientos, una de las cosas que más feliz le había hecho en su vida y, solo ahora, dado el paso definitivo, notara su ausencia y no pudiera soportarla. Decidió volver adentro y disculparse con aquel anciano que parecía tan abatido como ella por la abrupta ruptura de relaciones. Pero cuando se dio la vuelta, solo encontró una desconchada pared llena de graffitis. Lucía salió corriendo, convencida de que se había vuelto loca. Su apresurada marcha no le permitió fijarse en un pequeño corazón dibujado en una de las esquinas, oculto entre tantos garabatos. De haberlo hecho, hubiera podido leer lo que estaba escrito en su interior: “I adore u”.

#Retorelato propuesto por Jude L.

Palabras: magdalena, bigote y anglosajón.

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