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La palabra más larga

Hermenegildo Alcoholado no podía pronunciar su nombre sin que sudores fríos empaparan su cuerpo. Al principio, sus padres lo atribuyeron a la lengua trabada propia de la infancia, que encuentra dificultades a la hora de enfrentarse a las palabras más complicadas. Pero el niño también se ponía lívido y tembloroso cada vez que lo llamaban. Decidieron habituarse a usar el diminutivo Herme, vista la aprensión que le causaba su nombre, pese a romper con la tradición de cinco generaciones de orgullosos Hermenegildos Alcoholados en la familia. Sin embargo, el niño se negaba a tal concesión y trataba de repetir su nombre, una y otra vez:

–Hemegildo Alcolado… HERmeNEgildo Acodalo… Hemildo AlCOHOdado…

Hasta que caía desmayado por el sobresfuerzo y las palpitaciones, sin haber conseguido decirlo correctamente. Alertados por la obsesión de su hijo, los padres lo llevaron a un especialista que le ayudara en el proceso, no fuera a morírseles en el intento. Se le diagnosticó un grado medio de  hipopotomonstrosesquipedaliofobia, lo que supuso que Hermenegildo comenzara a transpirar escandalosamente nada más oírlo. El especialista tuvo que pedir disculpas, siempre olvidaba tomar las precauciones oportunas en esos asuntos:

–Lo que padece su hijo es fobia a las palabras largas o especialmente complejas.

wood-cube-473703_960_720No tardaron mucho en arrepentirse de haber consultado el problema. Hermenegildo, lejos de evitar las palabras complicadas, las buscaba por todas partes y se ofuscaba con ellas. Todas las tardes repetía su particular ritual solitario: se plantaba frente a un espejo de cuerpo entero y trataba de repetir aquellos vocablos que siempre se le trababan en el paladar y que aceleraban involuntariamente su pulso:

–Caledosco…peo… CaleIdoscopo… Caleidosco…pIo… Caleidoscopio, caleidoscopio, caleidoscopio. –Cada vez que lograba pronunciar una bien, sin titubeos, se asentía a sí mismo y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo desgastado de tanto uso–. Palalerípedo… PaRA… lípedo… ParaLELEpido… Paralepípedo… Parale… LEpípedo… Paralelepípedo, paralelepípedo, paralelepípedo. –Asentía–. Artirioclosis… Artireo… clerosis… ArTEriodosis… ArterioCLERO… sis… Arteriosclerosis… Arteriosclerosis, arteriosclerosis, Arteriosclerosis. –Asentía  y se secaba.

Mientras, sus padres lo escuchaban desde el otro lado de la puerta, pendientes de socorrerle cuando dejara de hablar y sonara, de pronto, un fuerte batacazo contra el suelo.

Hermenegildo Alcoholado superó todos los pronósticos negativos que se cernían sobre él y consiguió recitar su propio nombre y las palabras más enrevesadas sin apenas inmutarse. Sus padres se sintieron orgullosos de la inusitada perseverancia de su hijo y creyeron que podrían olvidarse, por fin, de sus temores. Sin embargo, Hermenegildo Alcoholado les tenía preparada una sorpresa: quería ser el campeón regional de deletreo de palabras. Sus padres trataron de hacerlo desistir:

–¿Qué necesidad tienes de exponerte a ese sufrimiento? ¡Podría ser peligroso para ti!, ¿es que no estimas tu vida?

–Las palabras no son un peligro, solo es mi miedo hacia ellas el que puede hacerme daño, ¡por eso he de enfrentarlo! Prefiero morir deletreando que por un síncope cuando alguien me diga eletrograma… eLECtrocadigrama… electroCArdogrima… ¡mierda!

Hermenegildo Alcoholado no cedió. Pasó varios meses en absoluta reclusión, prologando su ritual frente al espejo durante horas. Sus padres le oían pronunciar palabras ininteligibles sin parar y apenas lo escuchaban bufar por una nueva equivocación. Los golpes que en el pasado anunciaban que había vuelto a desmayarse, dejaron de producirse. La angustia dio paso a la ilusión: ¿Y si, irónicamente, su hijo había dejado atrás su hipopotomonstrosesquipedaliofobia para convertirse en el campeón regional del deletreo? Olvidaron las riñas y se volcaron en darle ánimos. Hermenegildo agradeció el entusiasmo y se guardó para sí un pequeño secreto: los desmayos no se habían esfumado del todo. Siempre se producían con las palabras de más de veinte letras; esa era su temida e infranqueable barrera.

Llegó el ansiado concurso. El escenario, los atriles, los focos, el presentador, los rivales y el público estaban preparados para comenzar. Hermenegildo Alcoholado también lo estaba, llevaba toda una vida preparándose para ese momento. Las fases se fueron sucediendo a un ritmo vertiginoso. A Hermenegildo le parecía un sueño: «No hay fortaleza más grande que hacer de una debilidad la mayor virtud», se repetía a sí mismo con media sonrisa, mientras dejaba atrás a una decena de contrincantes. Por fin estaba en la final, frente a frente con una niña remilgada, llamada Lourdes Merino. El presentador les pidió que escogieran un sobre para saber cuáles serían sus respectivas palabras finales. Le tocó a ella en primer lugar, pero fue incapaz de deletrear sin error esternocleidomastoideo. El público profirió un sobreactuado “¡ohhh!” y a Hermenegildo se le heló la sangre, pensando que esa podría haber sido su palabra: «Demasiado típica. Demasiado larga. Veintidós malditas letras. Imposible». Su pulso comenzó a acelerarse.

–Bien, Hermenegildo, la señorita cometió una falta en su deletreo. Ahora es su turno: si deletrea correctamente su palabra, será el vencedor de esta edición. Si, por el contrario, comete más de una falta, la señorita Lourdes se alzará con el premio. En caso de empate, cada uno de ustedes deberá deletrear una nueva palabra, ¿de acuerdo?

–Entendido. –El palpitar de su corazón resonaba en sus oídos. Apretó los puños y espiró en busca de calma.

–Hermenegildo Alcoholado, esta es su palabra: hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

El silencio invadió la sala, cientos de ojos expectantes agujerearon a Hermenegildo, pálido y sudoroso:

–Hipopotomonstrosesquipedaliofobia… –Arrastró cada sílaba despacio, como si al pronunciarla con más precipitación fuera a quebrarse. Se la sabía de memoria: esa endemoniada palabra llevaba turbándole los sueños demasiado tiempo–. H, i, p, o, p, o… –Pausa. Los espectadores arañaban los reposabrazos de sus asientos–. T, o… M, o, n… s… –Los padres de Lourdes Merino se abanicaban, desquiciados, en la parte derecha de la primera fila–. T, r, o, s, e, s, q, u… –La madre de Hermenegildo estrangulaba la mano de su marido, en la parte izquierda–. I, p, e, d, a, l, i, o… f, o, b, i… ¡a!…  Hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

El público contuvo el aliento, a la espera del veredicto del presentador.

–Correcto.

Los espectadores estallaron en sonoros aplausos. La madre de Lourdes Merino lanzó con furia su abanico, que se estrelló contra el atril del presentador. Los señores Alcoholado se abrazaron, entre lágrimas de emoción e incredulidad. Hermenegildo se desplomó en el suelo, feliz.

#Retorelato propuesto por @ChemaRubira

Palabras: Esternocleidomastoideo, síncope y solitario.

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