¿Cuál es el colmo de un escritor?

¿Cuál es el colmo de un escritor?

Parece un chiste, pero te lo pregunto en serio.

¿Necesitas una pista? A ver…

Es algo en lo que suelen caer los escritores noveles, pero sobre todo los escritores malos o simplemente vagos.

¿Ya lo sabes?

Te daré otra pista, esta vez con un refrán: si en casa del herrero, cuchillo de palo, en casa del escritor…

Pobreza de vocabulario

Sí, el colmo de un escritor es tener un vocabulario pobre.

Cuando tu herramienta de trabajo son las palabras, la gente espera que emplees la palabra perfecta en cada momento, es decir, la palabra más precisa. Porque ese es el quid de la comunicación efectiva.

eficiencia lenguaje

Es fácil caer en la pobreza de vocabulario cuando escribes sin pensar. Tu cerebro se pone en modo piloto automático y echa mano de las mismas palabras todo el rato. Al uso reiterado de las mismas palabras para expresar ideas diferentes se le denomina pobreza léxica o monotonía y puede darse en sustantivos, verbos, adjetivos y adverbios. ¿El resultado? Una prosa monótona… y un lector aburrido.

A veces te das cuenta de que tus palabras no son tan expresivas como quisieras. Entonces es probable que caigas en un segundo error de estilo: recargar el texto con más adjetivos, adverbios y verbos para hacerte entender. Pero, lejos de conectar con el lector, consigues el efecto contrario: ahora está a punto de abandonar lo que has escrito porque, además de monótono, es largo.

Pobreza de vocabulario

Si no quieres que los lectores te abucheen, demuestra que sabes usar tu herramienta de trabajo.

¿Cómo solucionar la pobreza de vocabulario?

Si no eres consciente de tu pobreza léxica porque te faltan recursos lingüísticos, deberías replantearte eso de dedicarte a la escritura y optar por leer, leer mucho, hasta enriquecer tu vocabulario.

Pero si ya eres un escritor con un vocabulario rico, puedes remediar la pobreza léxica de tus textos durante la fase de corrección. Y para eso es necesario que detectes tus vicios del lenguaje.

Veamos unos cuantos ejemplos de pobreza de vocabulario.

Palabras comodín

Si digo «palabra comodín», ¿cuál es la primera que te viene a la cabeza?

«Cosa», seguramente. ¡Sirve para todo!

Tengo que contarte una cosa.

La cosa va de mal en peor.

Sin embargo, recurrir a ella hace que el mensaje resulte impreciso y muchas veces el lector necesitará del contexto para comprenderlo. Lo recomendable es sustituir la palabra comodín por otra más concreta para evitar malos entendidos.

Tengo que contarte un secreto.

Mi situación laboral va de mal en peor.

También hay palabras comodín no tan evidentes, por ejemplo «tema».

El tema de la delincuencia preocupa al barrio.

Que podría sustituirse por:

El problema de la delincuencia preocupa al barrio.

¿Te parece más concreto? Un poco, quizá. Pero la verdad es que «problema» también suena a palabra comodín la mayoría de veces.

¿Qué tal así?:

El aumento de la delincuencia preocupa al barrio.

Ahora sí, ¿no crees? Ya ha quedado claro cuál era el tema problemático de la delincuencia.

Muletillas

Las muletillas son también un tipo de palabra comodín. Cuando hablamos, las decimos con frecuencia sin darnos cuenta. Recuerdo a una profesora de Historia que decía «¿ehhhh?» todo el rato. Abusaba tanto de esa muletilla que yo no podía escuchar más que ese «¿ehhhh?» durante toda la clase. Y sí, lo reconozco: ¡hasta los iba contando! Su récord fueron sesenta y ocho «¿ehhhh?» en una hora. Era insoportable. E igual de insoportable es leerlos decenas de veces a lo largo de una novela, por eso conviene eliminar las muletillas de la narración.

A ver cuántas muletillas detectas en este párrafo:

A mí me dio mala impresión desde que lo conocí, y eso que yo no soy muy intuitiva que digamos. Era como muy simpático, del tipo de chicos que gustan a todas. Pero, de algún modo, yo me di cuenta de que era todo fachada, como si estuviera interpretando al hombre perfecto. Es el típico farsante, te lo digo yo.

Ahora reescribamos ese párrafo eliminando muletillas, a ver cuántas palabras nos ahorramos:

Aunque no soy muy intuitiva, a mí me dio mala impresión desde que lo conocí. Era demasiado simpático, quería gustar a todas. Pero me di cuenta de que era todo fachada, que estaba interpretando al hombre perfecto. Es un farsante.

Hemos pasado de sesenta palabras a cuarenta. Ese párrafo se puede escribir de mil maneras, al gusto de cada escritor, pero lo que queda claro es que las muletillas «y eso que», «como muy», «del tipo de» o «el típico» no cumplían ningún papel, por lo que eran prescindibles. Como ves, eliminar muletillas es una buena forma de acortar textos sin perjudicar el contenido.

Pero como todo recurso de la lengua, las palabras comodín y muletillas también tienen su utilidad. Durante la narración denotan pobreza de vocabulario, pero pueden venirnos bien en los diálogos para caracterizar al personaje. Por ejemplo, si un hombre siempre usa la muletilla «como aquel que dice», demuestra que es inseguro porque nunca asume la autoría de sus palabras. Y si otro repite la palabra «cosa» o «tema» para hablar de una situación concreta, esa falta de concreción transmite que no quiere mojarse o que, quizá, le duele hablar de eso.

Verbos débiles

Los verbos débiles se emplean para expresar un amplio abanico de acciones y a menudo olvidamos que pueden sustituirse por otros más concretos. Veamos unos cuantos ejemplos.

Haber

En ese bufete había cuatro abogados.

En ese bufete trabajaban cuatro abogados.

Tener

Mi abuela tiene una enfermedad degenerativa.

Mi abuela padece una enfermedad degenerativa.

Dejar

¿Me dejas tu cámara?

¿Me prestas tu cámara?

Poner

Los niños se pusieron en fila.

Los niños se colocaron en fila.

Hacer

Se ha hecho una casa en el campo.

Se ha construido una casa en el campo.

Dar

¡Me han dado el préstamo!

¡Me han concedido el préstamo!

Los usamos tan a menudo que hasta los colamos en las perífrasis. Y así, los verbos débiles acaban convertidos en verbos barro. Por ejemplo:

Tiene miedo de los fantasmas que deambulan por la casa.

En lugar de:

Teme a los fantasmas que deambulan por la casa.

Como he dicho antes, podemos relajarnos un poco en los diálogos, puesto que a veces prima que suenen creíbles. En esos casos, el verbo más preciso es el que mejor se adapte a la personalidad del personaje. No escribirás el mismo verbo si tu personaje es un analfabeto que si es un pedante, por ejemplo.

Adjetivos inexpresivos

Otro error de estilo relacionado con la pobreza de vocabulario es el uso de adjetivos inexpresivos. El adjetivo es esa palabra que acompaña al sustantivo para aumentar la información respecto a este. Pero si escogemos un adjetivo inexpresivo, este pierde toda su razón de ser y, por tanto, es mejor prescindir de él.

¿Y cuáles son los adjetivos inexpresivos? Pues aquellos que has leído y escrito mil veces y que precisamente por eso ya no aportan nada nuevo. Por ejemplo, si te digo que Israel es el niño más guapo y bueno de todo el colegio y que vayas a buscarlo, ¿crees que lo encontrarás? Apuesto a que no. «Guapo» y «bueno» son algunos de los adjetivos más manidos y, además, son tan inconcretos que para cada lector sugieren una imagen diferente. Quizá estés pensando que eso es lo que quieres: ¡que vuele la imaginación del lector! Ajá, perfecto. Pues entonces ahórrate los adjetivos, porque eso también hará que le pongan la cara que quieran al pequeño Israel.

Como ya comentó Vicente Marco en la entrevista sobre escritura y premios literarios, un error habitual de los escritores noveles es caer en abstracciones. Sin embargo, lo que realmente cautiva a los lectores es la concreción. Si optas por adjetivos concretos, esos que se perciben mediante vista, oído, olfato, tacto o gusto, tu prosa será más evocadora. Así sí que volará la imaginación de tus lectores, ¡y les harás sentir!

Otro error frecuente es creer que hay que incluir adjetivos a toda costa. Pero no: una descripción sugerente se logra con los sustantivos y verbos adecuados. Los adjetivos han de ser útiles, no un mero adorno.

Adverbios redundantes y acabados en -mente

Si los adjetivos modifican a los sustantivos, los adverbios hacen lo propio con los verbos, los adjetivos o con otros adverbios.

Seguro que has oído mil veces que debes evitar los adverbios terminados en -mente. Se considera que son un recurso fácil, propio de escritores inexpertos, y además provoca rimas internas. Así que sí, no abuses de ellos para que el ritmo fluya.

Los adverbios tampoco son indispensables para una descripción buena. Por eso, es recomendable que solo dejes aquellos que aportan matices al conjunto.

Su mirada vagó lentamente por las cenizas.

Por ejemplo, en la frase anterior, la elección de verbo ha sido adecuada y el adverbio solo redunda en la idea. Si lo borramos, ni se nota:

Su mirada vagó por las cenizas.

pobreza léxica adverbios


 

Estos han sido algunos ejemplos de pobreza de vocabulario. Es normal caer en estos vicios de la lengua, pero tu reto como escritor es detectarlos y eliminarlos de tus textos. ¡Nunca podemos bajar la guardia!

 

¿En cuál de estos ejemplos de pobreza de vocabulario caes más a menudo?

 


 

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Comentarios

  1. Son buenos consejos, me han hecho reflexionar sobre cómo escribo. Gracias por compartir.
    De todos modos, a mi modo de ver, el primero de todos los consejos es saber si haces lo que quieres hacer o solo lo que puedes. Por ejemplo, a veces es necesario usar todos esos “defectos” porque si no acabas con un duelo de Camilos José Cela.

    • Esther Magar dice:

      Hola, Juan:
      Es importante conocer todos los recursos que nos ofrece la lengua para usarlos o descartarlos, según nuestro propósito. Ninguna regla es inquebrantable si hay un buen motivo detrás.

      Saludos.

  2. Artículo utilísimo. Gracias. Va a mi Top. 🙂

  3. Carlota dice:

    Yo caigo en todos y cada uno de ellos. Un artículo cojonudo. ¿Soy suficienteMENTE concreta?

    • Esther Magar dice:

      Ja, ja, ja, sí, has sido concretísima. Pues ya sabes: a detectar los vicios del lenguaje y a ponerles remedio. 😉

  4. Mi camino es largo en esto de escribir. Rondo ya los 25 años de darle a las teclas y he cometido todos y cada uno de los errores que se pueden cometer. Comencé a leer teoría y crítica literaria más en serio hace cinco años y me hubiera servido de mucho haberlo hecho antes. Pero soy de los que cogía un libro para ver cómo se ponían los guiones en los diálogos, las comas y demás. Siempre me he preocupado por eso. Leer artículos como el tuyo me hubieran servido también de muchísimo. Me sirven también ahora.

    Hoy día creo que un escritor dispone de las herramientas y, por supuesto, de los servicios de profesionales como tú para, si no es capaz de hacerlo por sí mismo, por lo menos dejar en manos de otros la corrección y mejora de su texto. Soy muy consciente de que mi camino no ha terminado. Sigo aprendiendo, no solo de las personas que me encuentro en la red. Uno de los trabajos más importantes que creo debe hacer un escritor es analizarse, encontrar cuáles son sus fallos, dónde puede mejorar y qué quiere escribir de verdad. Yo sigo luchando por ser más valiente.

    Estoy seguro de que todo hubiera ido más rápido de haber encontrado a profesionales que me guiaran. Cada vez valoro más a gente que es capaz de leer un texto y analizarlo para sacarle todo el potencial. Tengo la habilidad de hacerlo con textos de otros autores. Con los míos creo que sigo siendo demasiado complaciente. ¿Crees que es algo habitual o es que me martirizo porque soy así de masoca? Muy buen artículo, por cierto. Siempre termino escribiendo respuestas larguísimas. Tengo un problema. 😀

    • Esther Magar dice:

      Estoy convencida de que no eres complaciente, sino masoquista, je, je.
      A mí me encantan tus respuestas, no te cortes.

      Un abrazo.

  5. Begoña dice:

    Muy buen artículo, me ayuda mucho,
    Gracias!!

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