Escribir bien

Bloqueo creativo, ¿cómo se supera? Te cuento mi odisea

03/03/2026

¿Sabes que tardé 12 años en escribir mi segunda novela?

Y no porque estuviera 12 años poniendo, quitando y retocando, no; fue por un bloqueo creativo muy gordo. De esos que te hacen plantearte si el problema eres tú o la historia. De esos que te tientan a rendirte para siempre.

Si estás en ese punto y no ves salida, sigue leyendo, que te cuento lo que he aprendido de mi bloqueo creativo y cómo logré superarlo.

Entender la raíz del problema

Primer error: Tratar de ser escritora de mapa cuando soy escritora de brújula

En 2013, cuando acabé mi primera novela, Las semillas del rencor, comencé Lo que mamá calla motivadísima. Quise tomármelo en serio y me compré una libreta para mi nuevo proyecto. Se me ocurrían personajes, situaciones, puntos de giro, y los apuntaba. Llené varias hojas, pero ahí se quedaron.

Soy incapaz de hacer una escaleta, sencillamente porque ese no es mi proceso creativo. Y emperrándome en dar forma a esas ideas sueltas solo conseguía cogerle manía a la historia. Así que empezaron las excusas…

La excusa universal: Falta de tiempo

Sí, yo también la he utilizado. En 2013 estaba dando mis primeros pasos en la corrección de textos y me volqué por completo para poder vivir de ello. No me arrepiento en absoluto, me encanta mi trabajo, pero sí me arrepiento de haber dejado en un segundo plano a la novela. Hubo años en los que no escribí ni una sola palabra.

Y llegó 2019, un año de inflexión.

Soluciones para el bloqueo creativo

Si la motivación no nace de ti, búscala fuera

En 2019, llevaba escritas unas 21 000 palabras y decidí apuntarme al NaNoWrimo. Te dejo con la Esther del pasado para que te cuente qué tal le fue.

(Extracto de mis newsletters mensuales de 2019)

Noviembre de 2019

A veces, el punto de inflexión no te pilla trabajando, sino tomándote algo con una compañera de fatigas.

El otro día quedé con una amiga. Delante de unos cafés y unos cruasanes de chocolate, nos estuvimos poniendo al día de los proyectos que teníamos entre manos. Le conté que voy a hacer por primera vez el NaNoWrimo, que consiste en escribir una novela en un mes. En concreto, de 50 000 palabras, lo que sale a 1667 al día. Y, justo en ese momento, la conversación llegó a un punto clave:

—Tú, que eres escritora… —me dijo ella.
—Ay, me da vergüenza decir que soy escritora, con lo poco que escribo… —contesté yo.
—No te sientes escritora porque no escribes y no escribes porque no te sientes escritora.

¡Bum! Me dejó noqueada. Porque sí, es exactamente eso. Al no vivir de lo que escribo, al no tener a nadie pendiente de mis avances, no me siento en la obligación de escribir. Al contrario, lo veo como ocio, un placer solitario, y por eso siempre lo relego. Primero van el trabajo, la casa, los demás… De ahí que me haga tanta falta el NaNoWrimo.

Diciembre de 2019

¿He conseguido escribir 50 000 palabras en un mes? Pues no, pero mi novela ha alcanzado una cantidad bonita: 42024 palabras. Y estoy contenta. En este mes de reto, he aprendido muchas cosas:

No falta tiempo, falta voluntad: Sí, yo soy de las que ha repetido infinidad de veces que no tenía tiempo para escribir, pero, al final, es rascar minutos a otras actividades del día a día. En este mes de NaNoWrimo, me he quitado un rato de lectura y una hora a mis clientes, y ese tiempo se lo he dedicado a escribir. ¿El resultado? Una media de 1000 palabras al día. No está mal, ¿no?

Cuantos más días seguidos escribes, más rápido fluye la historia: Escribir a diario hace que no pierdas la sintonía con los personajes. Por eso, cada vez que te sientas, escribes más. El primer día del NaNo (que cayó en fin de semana), me costó casi tres horas escribir 1500 palabras, pero hubo un día a mitad de mes que solo le dediqué cuarenta minutos a última hora y salieron 1200 palabras del tirón.

Las excusas para no escribir se transforman en razones para sentarse: No te voy a engañar, hubo días en los que la vida se impuso. Por ejemplo, estuve de viaje un fin de semana y no escribí ni una palabra. Y un par de días de entre semana me tocaba entregar correcciones y antepuse a mis clientes. Pero otros días que iba hasta arriba de faena, me sentía culpable… ¡por no sentarme a escribir! ¡Qué alegría! El chip había cambiado. Si eran veinte minutos, pues veinte; si era media hora, pues media hora, pero tenía que sumar unas cuantas palabrillas más.

Hay que escribir antes de que la rutina del día te arrolle: A mí me funciona escribir antes de mirar el correo, las redes sociales o las tareas que tocan ese día. Si no, me estreso por llegar a todo y soy incapaz de concentrarme en mi historia. Por eso, decidí reservarme la primera hora. A lo mejor tu caso es al revés y te viene mejor escribir al finalizar el día, cuando ya has cumplido con todo lo demás. Sea como fuere, encaja en tu monotonía ese ratito solo para ti.

Escribir me hace feliz: Esa es la lección más grande que me llevo del NanoWrimo. Desde que acabé mi primera novela, allá por 2013, no había vuelto a escribir todos los días y se me había olvidado lo bien que me hace sentir. Cuando mis dedos vuelan sobre las teclas y mi cabeza se cuela en la de mis personajes, me siento realizada. Y ya me lo debía. Puede que no haya llegado a las 50 000 palabras, pero que no te quepa la menor duda de que me siento ganadora: he recuperado la ilusión de escribir.

Mi nuevo reto es acabar este borrador en lo que queda de año. En el próximo newsletter te cuento si lo he conseguido.

La Esther de 2026 se ríe de la de 2019. A la novela le faltaban todavía unas 30 000 palabras, que, por supuesto, no escribí en diciembre. Y sabes que pasó en 2020, ¿no?

Pandemia mundial… y crecimiento desorbitado de gente que se puso a escribir. Por lo que mi trabajo de correctora me absorbió por completo, otra vez. Y 2021 se lo dediqué por entero a la publicación de Las semillas del rencor, mi primera novela, que llevaba 8 años esperando ser publicada. Sentía que hasta que no cerrara el ciclo de la primera no podría centrarme en la segunda. Otra excusa más, supongo.

De nuevo, desconecté de la historia. Y, cuando quise retomarla, llegué a un punto de la trama que no sabía cómo solucionar. Pero, a partir de entonces, la historia no me abandonó del todo. Con bastante frecuencia, daba vueltas a esos puntos, buscando soluciones.

Y, por fin, a finales de 2024, vi la luz.

Lo que de verdad rompió mi bloqueo creativo

A parte de apostarme con varios amigos escritores que los invitaría a una cena si no conseguía acabar la novela en 2025 (lo que te rasca el bolsillo siempre es un aliciente para dejar de procrastinar), tomé conciencia de varias cosas que me hicieron soltar lastre:

  • Había perdido el foco de lo que quería contar y la novela se había vuelto inabarcable: En Lo que mamá calla, he creado un lugar con religión, gobierno y creencias propias que evolucionan a lo largo de más de cincuenta años. Hubo un punto en el que no supe qué dirección debía llevar ese gobierno y eso me bloqueó. Cuando por fin lo tuve claro, me fue fácil encontrar un final coherente. Sin embargo, lo que me desatascó de verdad fue asumir que eso solo era el trasfondo, no el foco principal de lo que quería contar. ¿Que ese mundo podía tener mucha más profundidad y detalles? Sí, pero ese no era el objetivo de la historia y obsesionarme con eso solo estaba saboteando el proyecto. Con esta convicción, añadí lo necesario para atar cabos cruciales y descarté otros que solo me apartaban de lo que realmente quería contar.
  • Muchas de las ideas que me hicieron enamorarme de la historia se perdieron por el camino: Esta es la otra gran razón de que me haya costado tanto terminar la novela. Había una idea que yo tenía clara desde el principio, el germen de todo, pero era tan compleja de llevar a cabo que postergaba y postergaba el momento de enfrentarme a ella. (Creo que) he conseguido plasmarla más o menos, pero está lejos de ser como yo deseaba. Y no pasa nada. Hay que asumir que lo que fue la semilla de la inspiración quizá desaparezca o quede reducida a lo mínimo conforme la historia avance. (Si un día participas en un club de lectura de la novela, te contaré de qué idea estoy hablando).

En definitiva, si tu empeño de meter una frase, un personaje, una escena o una trama bloquea tu proceso de escritura, plantéate si realmente debe seguir ahí. A veces no es cuestión de que te falte capacidad, sino de que realmente no encaja con el resto de las piezas.

Eso me recuerda a algo que contó Isabel Allende en una entrevista: si escribía un capítulo y no le convencía, lo reescribía. Pero, si en la reescritura seguía sin convencerle, lo desechaba. Para ella era la evidencia de que no debía estar ahí.

Cómo superar el bloqueo creativo

En resumen, para superar el bloqueo creativo es conveniente:

  • Conocer cómo es tu proceso creativo y no tratar de copiar los procesos de otros.
  • Establecer una rutina de escritura más o menos frecuente para no perder la conexión con los personajes. No dejes que pasen semanas sin adentrarte en tu historia. Has de darle prioridad de forma consciente, porque la vida rara vez te regalará ese tiempo.
  • Tener claro lo que quieres contar y descartar las demás ideas. Asume que ninguna idea, ni siquiera la que estuvo ahí desde el principio, es imprescindible. Si da más problemas que soluciones, quizá tenga que desaparecer para que el resto fluya.

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