Hace un tiempo, un suscriptor de mi newsletter me planteó una duda para que escribiera un artículo al respecto: ¿qué hacer cuando se te ocurren varios hilos argumentales?, ¿existe algún mapa mental que te permita poner en orden las ideas y decidir cuál quedará mejor?
Enseguida me vino a la cabeza la famosa lista de 22 consejos de escritura de Pixar, que resalta muchos aspectos relevantes. Pero seguí dándole vueltas y me acordé de Método para escribir un guion, de Tomás Aragay.
Le he echado un vistazo y aquí esbozo algunas de las directrices que da para saber cómo elegir las mejores ideas para una historia. Si quieres profundizar en el tema, te recomiendo el libro directamente. Aunque hable de guion, la mayor parte se puede aplicar a la literatura.
Primer paso: Tener claro el tema
El primero paso será delimitar aquello que queremos cuestionar, el tema de nuestra historia.
No es lo mismo tema que trama o argumento, como explico en este artículo.
El tema son los cimientos, lo que muchas veces ni siquiera se menciona de manera explícita, pero que subyace permanentemente en la historia.
En ocasiones, ni el propio escritor es consciente del tema del que está hablando, o al menos no lo es desde el principio, sino que lo va descubriendo conforme avanza. Puede que crea que está abordando los conflictos de pareja, por ejemplo, pero que en realidad le interese ahondar en el miedo a la pérdida.
Definir el tema, hacerlo consciente, a menudo resulta complicado. Plantearlo como una pregunta facilita la tarea. Ha de ser una pregunta sencilla, concreta y de respuesta abierta. Si se respondiese con un simple «sí» o «no», no habría lugar para la exploración.
El resto de los elementos de la historia se combinarán para dar respuesta a esa pregunta. Por tanto, todas las decisiones que tomemos girarán en torno a ella. Tener clara esa pregunta será crucial para elegir las mejores ideas.
No se puede meter en una misma historia todo aquello de lo que nos gustaría hablar, eso solo crea dispersión. Resulta más enriquecedor añadir matices y capas a una misma cuestión que plantear múltiples preguntas que no llegarán a responderse en profundidad.
Centrarnos en una pregunta-tema marcará el tono de la historia, el punto de vista y, por tanto, servirá como filtro para saber qué ideas elegir y cuáles descartar.
Segundo paso: Dar diferentes respuestas a la pregunta-tema
Dar con la pregunta perfecta que guíe nuestros siguientes pasos es un proceso en sí mismo.
Plantea la pregunta y da todas las respuestas que se te ocurran. Quizá veas que algunas no tienen nada que ver con la pregunta, aunque lo parezca. Y es que quizá creas que quieres hablar de una cosa, pero, en realidad, tu verdadero tema sea otro. Entonces te tocará replantear la pregunta, concretarla de un modo distinto, hasta que exprese lo mejor posible tu inquietud.
Las respuestas que ofrezcas a la pregunta-tema no pueden ir todas en la misma dirección. Lo interesante es que cada una la encare de una manera, incluso que esas maneras sean opuestas entre sí. Eso dará pie a diferentes perfiles de personajes y a diversidad de situaciones. No es necesario que esos personajes acaben enfrentándose explícitamente, lo que buscamos es que nos planteen las múltiples perspectivas de una misma cuestión. Cada respuesta tendrá sus fortalezas y debilidades, así como las tendrán los personajes. Eso también determinará la motivación de cada uno, su conflicto interior.
En definitiva, este segundo paso es una nueva criba para saber qué ideas se van y cuáles se quedan.
¡Ojo! No confundas el tema con el conflicto narrativo
La pregunta-tema, al llevarla a la práctica, al día a día de los personajes, se convertirá en el conflicto narrativo. Una pregunta-tema puede desarrollarse a través de una infinidad de conflictos literarios, tantos como novelas existen.
El tema es una cuestión universal, por ejemplo, el amor o la muerte.
Lo transformamos en pregunta para acotar desde qué punto de vista lo vamos a plantear:
¿Cómo afrontar el fin de una relación amorosa?
¿Cómo acompañar a un ser querido que va a morir?
Y lo convertimos en conflicto narrativo al abordarlo a través de unos personajes en concreto, con sus metas, motivaciones y fuerzas antagonistas.
En Cómo crear el conflicto narrativo: lista de verificación para evitar errores, hablo largo y tendido sobre él. Muchas de las recomendaciones expuestas en ese artículo también te servirán para saber cómo elegir las mejores ideas para una historia.
Tercer paso: Seleccionar escenas
A la hora de elegir las escenas que compondrán la historia, recuerda que cada uno de los personajes ha de afrontarlas de manera distinta y siendo coherentes con su personalidad. A veces, pensando en sorprender al lector, hacemos que actúen de un modo contrario a cómo los habíamos presentado. Esto es probable que decepcione el lector, pues su suspensión de la incredulidad se romperá.
La sorpresa ha de llegar a través de reacciones que puedan resultar imprevistas, pero nunca deben ser incoherentes con el personaje.
La resolución de la escena debe plasmar una decisión, un cambio de sus circunstancias, un nuevo misterio que se desarrollará en las páginas siguientes, un intento de solución… Y, de algún modo, debería remitir a la pregunta-tema o ahondar en la psicología de los personajes. Cada escena ha de tener un sentido, aunque sea un relajo cómico después de mucha tensión; nunca debe ser mero relleno para aumentar el número de páginas.
Y ha de tener consecuencias. Sin consecuencias, las acciones y las reacciones pierden toda su fuerza. Por ejemplo, tu protagonista no puede ser apalizado hasta dejarlo agonizando, pero que al día siguiente se reponga como si tal cosa y prosiga su viaje. El lector quiere ver a los personajes en apuros y que se las ingenien para salir, no que las complicaciones aparezcan y desaparezcan en un abrir de ojos, sin dejar rastro.
Si no estás dispuesto a exponer las consecuencias porque te complicaría mucho el avance de la trama, no plantees el problema.
Modos de elegir las mejores ideas
Intuición
Es esa sensación interior inexplicable que nos indica que hemos dado en la clave, pues resuena con nosotros, con nuestra historia. Aun así, la intuición solo nos señala la dirección que parece más conveniente, que llegue a buen puerto requerirá trabajo. Para ello, habrá que entender el trasfondo de la idea y perfilarla todo lo posible para que encaje con el resto de las piezas de nuestro puzle.
Hay dos formas de afrontar las ideas: aceptar sin más la primera que viene a nuestra mente o, por el contrario, desecharla sin prestarle la merecida atención porque, al ser la primera que se nos ha ocurrido, sin esfuerzo siquiera, la damos por mala.
Como siempre, la virtud está en el punto medio: la primera idea hay que valorarla, como cualquier otra. Bastará nuestra intuición para saber si es la opción fácil, esa que repite los patrones que ya hemos aplicado en otros momentos y en los que nos sentimos cómodos, pero que en realidad no benefician a la historia que estamos creando.
También puede ser que esa primera idea sea el pistoletazo de salida para llegar a otras menos obvias y más consistentes. Y eso requiere esfuerzo, claro. Incluso puede que, después de abrir mucho el abanico de opciones, retornes a la primera por considerarla la mejor. Pero ya no será exactamente igual que al principio. La habrás dotado de más profundidad durante ese periodo de análisis porque comprenderás mejor todo lo que entraña.
Hay ideas que, pese a ser descartadas, nunca acaban de abandonarnos. Es posible que nos parezcan muy interesantes, pero no hayamos encontrado dónde o cómo introducirlas en la historia. No pasa nada: dejémoslas en la recámara y, si llega su momento, encontrarán su lugar. ¿Quién sabe? Tal vez no sea en la historia que tenemos entre manos, sino en otra que está por venir.
Seducción
Hay ideas que nos conquistan por ser sumamente atractivas, pero no debemos sucumbir a sus encantos sin más. Hay que cuestionarlas como a todas, tratar de desmontarlas. Es muy atractiva, sí, pero ¿qué supone dentro de la trama? ¿Resulta coherente con todo lo demás? ¿Resuena con el tema? ¿Sabemos cómo desarrollarla y cerrarla?
No basta con que una idea intrigue o sorprenda al lector, ha de enlazarse con el resto de los elementos que componen la historia. Cualquier idea que requiera forzar las demás piezas hay que ponerla en cuarentena. Lo importante es no perder el foco de lo que realmente queremos contar y valorar si la nueva idea contribuye a ello o nos desvía por otros caminos que, en el fondo, nada tienen que ver. Si se trata del segundo caso, más vale guardarla para futuras historias.
Tiempo
A veces, la mejor manera de saber si una idea es buena es dejarla en reposo. Cuando se nos ocurre, puede que la veamos como la gran revelación, pero conviene volver a ella en frío y comprobar si sigue suscitándonos lo mismo. Entonces quizá le encontremos todas las pegas, y eso es bueno. Será la forma de ver si se puede pulir o hay que descartarla. Si una idea resiste a la prueba del tiempo, es que merece la pena tenerla muy en cuenta.
Cómo decidir entre varias ideas
A la hora de decidir cuál de todas las ideas que se nos ocurren es la mejor, no hay que perder de vista las reglas del juego que nosotros mismos nos habremos impuesto:
- Un inicio y un final claros, que delimitarán desde dónde partimos y hasta dónde queremos llegar.
- Las diferentes perspectivas de los personajes respecto a la pregunta-tema.
- El tono general de la historia (dramático, cómico, crítico…), desde qué ángulo se encara la pregunta-tema.
Pregúntate:
¿Esta idea me lleva en la dirección que quiero, es decir, al desenlace que he perfilado? Puedes incluir momentos de distracción o giros para aderezar la trama, por supuesto, pero siempre y cuando resulten verosímiles y no hagan que te olvides del destino.
¿Cuántas soluciones ofrece esta idea? Si solo hay una posible, conviene descartarla: no se podrá generar tensión ni mantener el interés del lector. Y si abre tres o más caminos, mejor aún que si son solo dos.
¿La idea plantea a los personajes un dilema difícil de resolver o los pone en peligro? Conviene evitar, sobre todo al principio de la historia, las que queden resueltas al primer intento. Hay que dar prioridad a las que añadan cada vez más tensión.
Razones para descartar ideas
- Solo sirven para ganar tiempo, a la espera de que aparezca otra mejor que encarrile la trama.
- No hacen avanzar la trama, sino que obligan al personaje a moverse en círculos, sin que se produzca en él o en las circunstancias un cambio significativo.
- Resulta muy similar a otras ideas ya desarrolladas en la historia. Es fácil caer en ese error porque manejamos a varios personajes que pueden acabar actuando de un modo parecido. Pero la clave es que cada uno desempeñe un rol distinto.
Si las acciones, principios o contextos de dos o más personajes redundan, solo uno de ellos será realmente necesario en la historia. Cada personaje debe representar una respuesta a la pregunta-tema.
Elegir es desechar
El trabajo de escribir tiene mucho que ver con nuestra capacidad de cuestionar nuestras decisiones, de desmontar nuestros propios pensamientos, de ir más allá de lo que se ve a simple vista, para así sorprendernos con nuevas opciones y significados, a nosotros y a los lectores.
Hay que asumir que nos podemos equivocar y quizá haya que desechar horas de trabajo. Y también hay que asumir que tendremos que descartar opciones igualmente buenas. Todo lo que escribamos no se quedará hasta el final, a veces solo servirá para que nos perdamos y acabemos localizando esa senda que nos lleve a nuestro verdadero destino.
Espero que las recomendaciones que expongo a lo largo de este artículo y de los artículos enlazados te ayuden a elegir las mejores ideas para tu historia.
Cuando la tengas lista, puedes contar conmigo para la revisión final. Contáctame clicando en el cajetín de abajo.





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