El realismo mágico de Murakami

Por desconocimiento o desinterés, hay muchos prejuicios en torno al realismo mágico. Por ejemplo, que está pasado de moda o que solo lo escriben autores latinoamericanos. Para romper esos dos tópicos de una tacada, he invitado a Antonio Joaquín González, que va a hablar del realismo mágico de Murakami.

Bio de Antonio Joaquín González

Antonio Joaquín GonzálezLa primera lectura de una novela de Haruki Murakami llegó en torno al año 2000, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Fue un golpe directo a una lógica que iba perdiendo sentido. Mis estudios acerca del realismo mágico en su obra comenzaron en 2007, en un intento por entender qué sucedía en la narrativa del escritor japonés. ¿Cómo era posible que lo extraño se introdujese de una manera tan natural en el existir cotidiano? 

Después de presentar mis primeros acercamientos a esta cuestión en diversos congresos y artículos, decidí embarcarme en una indagación más profunda sobre lo mágico en la realidad. De esta nació el libro Realismo mágico y soledad. La narrativa de Haruki Murakami (Kindle, 2014).

Para escribir el artículo al que acompañan estas palabras, he vuelto a reflexionar y he acabado por percatarme de que toda mi vida profesional —desde que era estudiante de primero de Filología Hispánica— ha sido una búsqueda de la experiencia mágica que subyace en la literatura, bien desde lo siniestro, bien desde la experiencia numinosa.

Quizá en mis preocupaciones investigadoras haya sufrido el mismo proceso de contaminación de lo habitual por lo extraño que viven los protagonistas de Murakami. Primero fueron los libros de caballerías y, ahora, busco cómo la poesía es un misticismo, la expresión de la belleza que, en definitiva, no deja de ser un atributo más de lo absoluto, como el que se encuentran esos seres cotidianos que acaban por cruzar la frontera iniciática en su emergencia del ser, sean japoneses de Murakami, seamos cada uno de nosotros, rodeados por la magia que es el existir, como muy bien supieron ver los surrealistas.

El realismo mágico de Murakami:

el camino comienza en lo siniestro

Por Antonio Joaquín González
Dr. en Filosofía y Letras. Filología

Acerca de La muerte del comendador de Haruki Murakami

Kishidancho goroshi fue publicada en 2017 y traducida por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés como La muerte del comendador (libro 1, 2018, libro 2, 2019; Tusquets). Se trata de otra de esas narraciones que desde muy pronto (2007, entrevista realizada por Juana Libedinsky), el propio autor calificaba en una afirmación como esta:

Escribo cosas raras, muy raras.

Y este es otro de esos numerosos calificativos de lo que en el ámbito del español recibe el nombre de realismo mágico.

Como sucede en una interpretación de jazz, vuelven a aparecer, en su ritmo peculiar, una serie de motivos que contribuyen a crear la atmósfera característica de las narraciones de Haruki Murakami. No digo nada nuevo con ello, él mismo lo ha dejado claro, no solo en las entrevistas que le han sido realizadas desde que comenzó a reconocerse su valía en Occidente, sino en esos momentos de carácter metaliterario que aparecen a lo largo de sus historias (especialmente en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y en Kafka en la orilla).

El realismo mágico y el surrealismo

El ritmo, que no es otra cosa que la repetición expresada desde lo voluntario, es uno de los instrumentos para acceder a lo trascendente o, si se prefiere, a un encuentro con una dimensión paralela. Esta no es un fenómeno parapsicológico, sino una sensación de extrañamiento ante la realidad que, en ciertas circunstancias, se transforma en una mirada alucinada. Lo supieron ver perfectamente los autores surrealistas, los auténticos surrealistas. Para André Breton, la creación artística era un procedimiento más para adentrarse en el territorio de lo mágico. Y esta mención no viene a vuelapluma, pues está claro que el realismo mágico no es más que un cauce que nace desde la liberación estética que es el surrealismo.

Por la ceremonia sonora, el neófito accede a la contemplación del mundo trascendente. Ritmo dotado de una significación plena que en La muerte del comendador nace del Don Giovanni de Mozart o El caballero de la rosa de Richard Strauss. Aunque hay que confesar que la llave de acceso en esta novela no es tanto lo acústico (aunque tiene gran importancia en esa campanilla que llama en la noche) como la pintura. Qué importa, si por la sinestesia, color, notas musicales y palabras vienen a ser lo mismo.

la muerte del comendador

Eso es el realismo mágico; acceder por virtud de la clave misteriosa a una visión diferente del mundo en la que la realidad sigue siéndolo, pero con un compromiso absoluto, por parte del que cruza el río subterráneo equivalente a la laguna Estigia. Puede ser un río, también un pozo. No olvidemos, de nuevo, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, o esas escalofriantes películas japonesas en las que el pozo es la rendija a lo siniestro —es necesario indagar un poco más en torno a este término, pues no solo equivale a lo terrorífico—.

Lo extraño en lo cotidiano

La explicación a ese elemento extraño que configura una visión diferente del mundo cotidiano invadido por la otredad encuentra su verbalización en la voz de uno de los personajes de La muerte del comendador, se trata de Menshiki, el extraño solitario:

Me refiero a que muchas veces perdemos la noción de dónde está el límite entre la realidad y la irrealidad. Es como si ese límite no parara de moverse, como una frontera que se desplaza según le parece. Hay que andarse con mucho cuidado con ese movimiento. Si no, uno deja de saber dónde se encuentra.

Para buena parte de los protagonistas de Murakami, cruzar esa frontera no es tan complicado. Al fin y al cabo, sus pasos los encaminan hacia una emergencia del ser ante unas circunstancias que los sitúan ante un abismo, y este es el del hombre contemporáneo.

Fijémonos, por ejemplo, en este otro fragmento, también y prácticamente elegido al azar, expresión de una melancolía que anuncia la soledad y que espolea al personaje a adentrarse en un mundo que le será ajeno y en el que, no obstante, va a tener que aprender a moverse.

Estábamos sentados uno frente a otro, en la mesa de la cocina. Era una tarde de domingo de mediados de marzo. En un mes debíamos celebrar nuestro sexto aniversario. No había dejado de caer una lluvia fina desde por la mañana. Lo primero que hice nada más escucharla fue mirar por la ventana para ver si seguía lloviendo. Era una lluvia silenciosa, tranquila. Apenas soplaba el viento, pero el frío calaba los huesos, como si avisara así de que la primavera aún estaba lejos. Más allá de la cortina de agua se veía difuminada la silueta de la Torre de Tokio con su característico color naranja. En el cielo no volaba un solo pájaro. Debían de estar todos guareciéndose de la lluvia bajo los aleros de los tejados.

Yuzu acaba de decirle que quiere separarse.

Esta situación que se describe al principio de la novela es muy similar a la que encontramos en tantos momentos de la narrativa de Murakami. Este es el motivo por el que mi ensayo acerca de su obra reúne los dos elementos que la caracterizan: magia y soledad. La soledad es el acicate que acaba llevando al protagonista al encuentro con lo ominoso, término al que considero necesario hacer alguna referencia, pues sirve para describir las experiencias extrañas que viven los personajes de Murakami (uno de los ejemplos más evidentes se encuentra en Sputnik, mi amor).

Realismo mágico y soledad

¿Cómo definir el realismo mágico de Murakami?

Empecemos con una tirada de definiciones. En el Diccionario de la Real Academia Española:

Ominoso: Azaroso, de mal agüero, abominable, vitando [que se debe evitar. Odioso. Execrable].

Y respecto a siniestro, aplicable a aquello que está a la mano izquierda, también puede leerse como:

Siniestro: Infeliz, funesto o aciago. Propensión o inclinación a lo malo; resabio, vicio o dañada costumbre que tiene el hombre o la bestia. Avería grave, destrucción fortuita o pérdida importante que sufren las personas o la propiedad, especialmente por muerte, incendio o naufragio.

Leamos también qué dice al respecto María Moliner en su Diccionario de uso del Español.

Ominoso: De mal agüero. Abominable, muy malo, tal que merece violenta reprobación.

Siniestro: La acepción funesto se explica por el significado atribuido al hecho de volar aves por la izquierda. Mal intencionado o maligno. Funesto. Desgraciado. Causante o acompañado de desgracias.

Ambos términos han sido utilizados para traducir la palabra alemana empleada por Freud, Unheimlich, lo que no es hogareño, aunque a la vez está en el campo conceptual de la casa; es lo extraño que se adentra en el territorio propio que uno consideraba como seguro, por eso es especialmente inquietante.

Indaguemos un poco más en torno a lo etimológico de ominoso, del latín antiguo Osmen y este de Ôs, emparentado con el protoindoeuropeo, donde expresa un sentido de «ver o percibir», o del griego antiguo oiomai, cuya traducción es «creo, pienso, supongo».

El Ômen latino implica algo que es percibido como procedente de la divinidad o del mundo diabólico. Puede referirse a una circunstancia futura como profecía o augurio y lo mismo puede ser auspicioso o dañino. A la vez, también equivale a un sentimiento de aprensión que supone la influencia de aquello que procede del exterior de uno mismo.

Cartografía del mundo mágico de Murakami

Es indiscutible que no pretendo realizar aquí un ejercicio de lexicografía, ni etimológico, sino de crítica literaria. Me gustaría extraer de todas estas definiciones una serie de principios estéticos que sirvieran como cartografía del mundo mágico de Murakami, a la vez que como invitación a adentrarse en sus laberintos narrativos.

Sigamos con una enumeración, no tan caótica como sería deseable, pues lo abismal del mundo descrito por Murakami solo puede definirse desde el desorden —al menos en un principio—:

Ominoso, azaroso, abominable, vitando, funesto, malo, vicio, dañado, bestia, avería, destrucción, muerte, incendio, reprobación, maligno, desgracia, hogar, extraño, inquietante, ver, percibir, suponer, diabólico, profecía, auspicio, aprensión.

Bien podríamos hacer un juego, que sería interesante para los amantes de la narrativa de Murakami. Este consistiría en buscar algún momento de su literatura al que se le pudiera aplicar uno de estos vocablos. Casi hasta diríamos que esta lista es una taxonomía de conceptos que sirven para definir el territorio en el que se desarrolla su realidad y su magia.

Sin embargo, si solo nos quedásemos en ello, la descripción estaría incompleta. Cierto que hay pozos que angustian, bosques en los que aparentemente sobreviven esencias del pasado, ríos como el Leteo, barqueros como Caronte, hombres sin cara, pasados en los que algo permanece oscuro, pero siempre hay un suceso, un momento último en el que, si bien el final feliz no es lo que se busca, el personaje alcanza un equilibrio que le permite afrontar su realidad con valentía. Ya es el héroe que ha cruzado la frontera, que ha vivido la experiencia de ser nuevamente parido por la tierra, y desde la trascendencia —no tanto espiritual como plenamente humana— es capaz de volver a vivir en lo cotidiano. En todo ese proceso en el que se da la vuelta a los principios negativos, ominosos o siniestros a los que se ha hecho referencia.

Nos encontramos ante un relato iniciático, ante una emergencia del ser —en el sentido que a este término dan Stanislav y Christina Grof— o ante lo que Rudolf Otto y el propio Carl Gustav Jung denominan numinoso, como expresión del poder de lo trascendental.

Ahí está el realismo mágico de Murakami y el motivo por el cual tiene tan acérrimos seguidores, porque mediante la palabra crea las condiciones idóneas para que se produzca la catarsis que los griegos antiguos podían encontrar en la tragedia y los lectores contemporáneos en una obra como Kafka en la orilla.

 


Quiero darle las gracias a Antonio Joaquín González por acercarnos al realismos mágico de Haruki Murakami. Reconozco que es un autor que tengo pendiente, pues solo he leído un libro suyo: Sputnik, mi amor.

¿Qué libro me recomendarías para adentrarme en el

realismo mágico de Murakami?


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