Cómo acortar un texto sacando partido a los verbos

No me cansaré de decir que menos es más. Muchos escritores se obsesionan con el número de palabras, creyendo que la profundidad de su historia depende de su extensión. Y es al contrario: la calidad depende de la exactitud y expresividad de las palabras escogidas.

Cuando el tamaño importa

El número de páginas es lo de menos. Una novela de mil páginas no tiene por qué ser mejor que una de cien. Pero, a veces, el tamaño importa. Por ejemplo, cuando quieres presentar tu novela a un concurso y en las bases figura una extensión mínima… y máxima.

Allá por 2013, yo envié mi novela a un par de concursos que no limitaban ese aspecto, y pasé por ellos sin pena ni gloria. Había decidido que no me presentaría a más cuando en 2015 me hablaron de uno que pintaba bien: solo podían participar escritores menores de treinta y ocho años. Curioso requisito, pero a mí me venía genial: me libraba de mucha competencia, y de la más experimentada, además. ¿El problema? Que la extensión máxima permitida era de trescientas páginas, y mi novela tenía trescientas cincuenta.

Cómo me cargué 50 páginas en un mes

Dudé. ¿Cómo iba a acortar tanto mi historia? No tenía ni idea, pero algo me decía que debía intentarlo, así que me puse manos a la obra. Por aquel entonces, ya me había formado como correctora de estilo y ortotipografía y hacía muchos meses que no revisaba mi novela, así que volví a ella con ojos nuevos y más críticos que nunca y apliqué lo que había aprendido. Vamos, que fui mi propio conejillo de indias.

Hice desaparecer un personaje que solo salía una vez y no aportaba nada; borre divagaciones introspectivas que, aunque me gustaban mucho, no contribuían al avance de la trama, y abrevié algunas descripciones. Con eso, me llevé por delante unas pocas páginas, ni siquiera diez. No había opción de quitar capítulos porque todos los que quedaban eran necesarios para la historia que quería contar.

Entonces me di cuenta de que el secreto para acortar un texto no siempre está en eliminar contenido, sino en pulir el estilo. Y mi estilo sí podía pulirlo mucho más. Empecé por prescindir de aquellos adjetivos que no evocaban nada en especial o de esas metáforas que ya no entendía ni yo. Pero lo que más me ayudó a acortar la novela fue centrarme en un aspecto en el que no había reparado hasta ese momento: los verbos innecesarios. Estaban por toooooodas partes.

Tanto es así que borrándolos uno a uno (y jugando un poco con los márgenes, que no se especificaban en las bases) conseguí que mi novela se quedara en 300 páginas, la extensión máxima permitida por el concurso. La narración era más clara, más depurada, mejor. Y no sé si fue gracias a eso, pero quedé finalista y viví una experiencia inolvidable. Así que el esfuerzo mereció la pena por partida doble.

Cómo acortar un texto literario eliminando verbos innecesarios

Al igual que no nos damos cuenta de que abusamos de las repeticiones y rimas internas al escribir, en los primeros borradores de cualquier tipo de texto también nos excedemos usando verbos que no son más que circunloquios. Encadenamos dos, tres y hasta cuatro verbos cuando, muchas veces, la acción quedaría clara con uno. Por eso, durante la corrección de estilo, debemos ir a la caza de los verbos que no aportan matiz alguno a la frase y cargárnoslos sin compasión.

Los verbos barro

Silvia Adela Kohen, en el manual de escritura que siempre recomiendo, los denomina «verbos pantano», pero mi memoria, haciendo de las suyas, hizo que yo interiorizara este concepto como «verbos barro», y me he acostumbrado a llamarlos así. A fin y al cabo, son aquellos que enfangan la frase y entorpecen el ritmo, el avance, por lo que me parece una denominación igualmente ilustrativa.

La lista de verbos barro es larga, pero en mi experiencia como correctora he detectado los que más se repiten. Así que toma papel y bolígrafo, apúntalos y revisa tus escritos. Apuesto a que habrá decenas de ellos y que, en la mayoría de los casos, si los borras, nadie los echará en falta. Es más, el ritmo de tu historia y, en consecuencia, tus lectores lo agradecerán.

Verbos obvios

Estás narrando en primera persona. El protagonista es el que cuenta su historia, por tanto, estamos leyendo su punto de vista en todo momento. Y, sin embargo, verbos como «pensar», «creer», «saber», «sentir» o «decidir» aparecen por todas partes. Pongamos un ejemplo:

Miré a mi alrededor pensando que todo era un asco. Creía que no sería capaz de aguantar allí un mes entero. Sentía que me asfixiaba. Pero como sabía que Helen no me perdonaría que volviera a casa con las manos vacías, decidí esperar un día más. En cuanto me dieran la paga semanal, dimitiría.

¿De verdad son necesarios todos esos verbos? Veamos cómo queda la frase si se eliminan los verbos obvios:

Miré a mi alrededor. Todo era un asco. No sería capaz de aguantar allí un mes entero. Me asfixiaba. Pero Helen no me perdonaría que volviera a casa con las manos vacías. Esperaría un día más. En cuanto me dieran la paga semanal, dimitiría.

¿Cambia mucho el sentido de la frase si se prescinde de ellos? No. En cambio, con esas diez palabras de menos, la narración tiene más ritmo.

Y no solo ocurre en las narraciones en primera persona. Si el narrador es omnisciente, la historia se relata desde el punto de vista de los diferentes personajes, por lo que también es obvio que sus pensamientos los piensan ellos y sus acciones las deciden ellos, no hay que especificarlo todo el rato.

Verbos que delatan la inseguridad del escritor

El otro gran grupo de verbos prescindibles es el compuesto por aquellos que ponen en evidencia los titubeos del escritor, que narra como si no quisiera mojarse. Todo «parece», todo «puede ser», pero nada es y ya está.

El sol pareció despertar de un largo letargo.

Si queremos hacer una metáfora, hagámosla sin complejos. El abuso del verbo «parecer» para introducir simbolismos le resta toda la fuerza a estas figuras retóricas.

El sol despertó de un largo letargo.

Más directo, más bonito, mejor, ¿no?

Y lo mismo ocurre con el verbo «poder», una de las muletas más habituales de verbos que ya cumplen su función por sí solos. Por ejemplo: ¿por qué escribir «Angélica no podía imaginar que aquella mañana cambiaría su suerte» en vez de «Angélica no imaginaba que aquella mañana cambiaría su suerte»?

Y aún es peor cuando el verbo «poder» induce al lector a pensar lo que no es:

El viejo no podía salir de casa sin su corbata de patos.

¿Por qué no podía? ¿Era una apuesta? ¿Alguien lo obligaba a ello? No, qué va…

Le encantaba que la gente sonriera solo con verla.

Evitemos poner un verbo que haga que el lector se plantee preguntas que no vienen al caso y se despiste de lo que realmente le estamos contando. Cuanto más claro, mejor:

El viejo no salía de casa sin su corbata de patos. Le encantaba que la gente sonriera solo con verla.

Y es que toda palabra tiene un papel dentro de una oración. Y si no lo tiene, no debería estar ahí.

Circunloquios verbales

Y, por último, están esos verbos barro que no dejan que la acción arranque del todo. Me refiero a los verbos «comenzar», «empezar», «iniciar»… y todos los sinónimos que se te ocurran.

Comenzó a pasear por el bosque, distraído.

Empezó a llorar llena de rabia.

Este tipo de verbos hacen que el foco se centre en el inicio de la acción, en vez de en la acción misma y, en la mayoría de casos, eso no es lo que pretendemos. Resaltar el inicio solo es pertinente cuando la acción principal va a verse interrumpida o modificada pronto. Por ejemplo:

Comenzó a pasear por el bosque, distraído, pero un ruido a su espalda lo sacó de su abstracción.

Empezó a llorar llena de rabia, pero mi abrazo consiguió relajarla.

Cómo acortar un texto con la corrección de estilo

Quizá no necesites acortar tu novela para presentarte a un concurso, como me pasó a mí, pero no dejes que el verbo perfecto se vea ensombrecido por el que tiene al lado, que no pinta nada. Recuerda que si corriges el estilo en tus textos, eliminarás lo superfluo para que lo importante reluzca.

¿Se te ocurren más verbos barro?

 

 

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Comentarios

  1. ¡Hola! Este artículo es de los más útiles que he leído últimamente en cuanto a escritura en sí. Y, además, lo lee en el momento oportuno porque estoy reescribiendo los primeros capítulos de un libro infantil y necesito recortar por todas partes y darle más ritmo a la narración.
    Me he visto muy identificada con lo de los verbos introducidos por inseguridad, por ejemplo, y eso lo tengo que trabajar.
    Saludos
    Carmen

    • Esther Magar dice:

      ¡Hola, Carmen! Me alegra mucho que te sea útil. Si hay algún otro tema del que quieras que hable, puedes sugerírmelo.
      Saludos.

  2. Hola, como siempre, tus articulos son espléndidos. Éste, en particular, me lleva a revisar mis textos con ojos nuevos. Gracias por tus consejos

    • Esther Magar dice:

      Muchas gracias, María Luisa. Me alegro de que te gusten y que te sirvan para perfeccionar tu estilo.
      Saludos.

  3. Genial artículo, Esther.
    Cada vez que tacho un «comenzó a/parecía que…» muere un gatito.

    • Esther Magar dice:

      No me digas que muere, sino que se salva. ¡Salvemos un gatito cada vez que borremos un verbo barro!
      Gracias por comentar.

  4. Gracias por esta entrada. Me resulta súper útil justo ahora que tengo una novela acabada para repasarla antes de presentarla a cualquier concurso o editorial.

    Un saludo.

  5. Un artículo muy interesante y práctico. Me lo guardo en mi carpeta de básicos.
    Conozco el caso de una persona que tenía una novela de extensión digamos «normal» y la presentó a un premio de novela corta. La redujo literalmente a la mitad. Y ganó. Es un premio importante, además. Así que, sí, menos es más.

    • Esther Magar dice:

      Qué bien que te resulte útil. Esa carpeta debe de ser de lo más completa.
      Sí que tiene mérito reducir una novela a la mitad, ¡eso ya es una caso extremo! Sería curioso saber cómo lo hizo. Me imagino que no serían todo verbos barro. 😛
      Gracias por comentar.

  6. Santiago dice:

    Excelente, me ha servido bastante y espero poder implementarlo.

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