Hace un tiempo, hablé de cómo escribir con autenticidad, pues hay cierta tendencia a repetir en nuestros textos las fórmulas que hemos leído infinidad de veces. Y eso se traduce en un abuso de los lugares comunes.
¿Qué son los lugares comunes en la literatura?
Un lugar común es una palabra o frase considerada como un vicio del lenguaje porque se usa en exceso y ya no provoca ninguna reacción en los lectores.
Diferencia entre lugar común, cliché, frase hecha y refrán
La línea entre estos conceptos es un poco difusa, así que trataré de hacer la distinción según yo los entiendo. Pero, si discrepas de mi explicación o quieres matizar algo, no dudes en pasarte por el apartado de comentarios.
En mi opinión, una frase hecha, un refrán o un cliché son tipos de lugares comunes.
Las frases hechas son un conjunto de palabras que tienen forma fija y un sentido figurado compartido por la mayoría de los hablantes de una comunidad lingüística, por lo que suelen ser difícilmente traducibles a otros idiomas.
Por ejemplo, «ponerse el mundo por montera», «echar un capote» o «salir por la puerta grande» son expresiones ligadas al mundo de la tauromaquia. Alguien ajeno a ese mundo (tan presente en España, aunque no seamos conscientes de ello) no sabría qué significan si se las tradujeran palabra por palabra.
El refrán podría definirse del mismo modo que las frases hechas (conjunto de palabras que tienen forma fija y un sentido figurado), pero con el añadido de que busca enseñar o aconsejar.
Por ejemplo, «más vale tarde que nunca» o «en boca cerrada no entran moscas». Algunos están muy apegados a las tradiciones o cultura de un país, por lo sufren variaciones de un sitio o a otro o expresan una misma idea de forma diferente. Sería el caso de «a cada cerdo le llega su san Martín».
El cliché sería un tipo de trama (por ejemplo, enemies to lovers), situación (entrar en una casa abandonada en mitad de la noche) o personaje (el detective alcohólico y traumatizado) muy manidos, por lo que su desarrollo es predecible.
El lector puede esperar justo eso de un libro y sentirse satisfecho con que se cumpla el cliché paso a paso. O el escritor puede recurrir al cliché para que el lector crea que está en terreno conocido y, con los cambios oportunos, sorprenderlo gratamente, incluso resignificando el cliché.
Cuando se recurre a combinaciones de palabras manidas a la hora de describir o narrar los hechos, prefiero llamarlo simplemente lugar común para distinguirlo del resto de los tipos ya señalados. Así lo haré en este artículo.
A diferencia de las frases hechas, los lugares comunes no siempre tienen sentido figurado. Sería el caso de «profundo como el mar», «blanco como la nieve», «negro como el carbón» o «frío acero».
Me resulta muy curioso el ejemplo de «frío acero». Prácticamente en todas las novelas que corrijo, si se menciona un acero, se resalta que es frío. Esto, además de un lugar común, es una obviedad, por lo que conviene desterrarlo de nuestra prosa. Si un acero no es frío, sí hay un motivo justificado para destacarlo. Cuando algo sea tal como esperamos (noche oscura, prado verde, risa divertida), no hay por qué explicitarlo.
El mayor problema de los lugares comunes
Los lugares comunes nacen cuando una agrupación de palabras plasma con acierto una imagen o una emoción, como es el caso de «nudo en la garganta». Eso hace que se vuelva popular y que se repita y repita hasta que llega un momento en el que los lectores lo pasan por alto, pues ya no les suscita ninguna reacción.
El reto de cualquier escritor es encontrar agrupaciones de palabras novedosas que consigan impactar a los lectores.
¿Toda frase que se usa mucho es un lugar común?
No sé si recordarás que, en el verano de 2024, las redes se llenaron de comentarios sobre si había que desterrar la expresión «fruncir el ceño». Todo comenzó cuando el escritor Máximo Huerta tuiteó que ese tipo de frases lo sacaban de la lectura. Y Espido Freire se sumó a la crítica diciendo que denotaban pobreza léxica.
Como casi todo en literatura, no es cuestión de demonizar el uso de esa expresión o de cualquier otro lugar común, sino de saber cuándo recurrir a ellos.
Para mí, «fruncir el ceño» no denota pobreza léxica. Ni siquiera lo incluyo dentro de la categoría de lugares comunes. Considero que es un gesto facial bastante frecuente (la arruga que tengo en el entrecejo lo demuestra) y lleno de matices.
Es fácil caer en error de considerar lugares comunes a las descripciones físicas. Pero no es lo mismo decir ojiplático (adjetivo que nace del lugar común «ojos como platos») que ojos desorbitados (que sí que describe una posición concreta de los ojos).
Las descripciones físicas o emocionales están repletas de metáforas manidas. «Labios de fresa», «dientes como perlas», «piel aterciopelada», «corazón en un puño», «corazón desbocado» o «mariposas en el estómago» sí son lugares comunes que pueden sacar de la lectura, como decía Máximo Huerta, y conviene buscar nuevas figuras retóricas para provocar emociones en el lector.
Abusar de ese tipo de frases hace pensar que el escritor carece de recursos expresivos o que no se esfuerza demasiado.
Pero también he visto listas que incluyen «inspirar profundamente», «mano temblorosa», «ruborizarse» o «palidecer» como lugares comunes que hay que evitar, cuando en realidad son reacciones inconscientes del cuerpo que se dan en determinadas situaciones, al igual que «fruncir el ceño». Evitarlas sería como privar a nuestros personajes de sonreír o de guiñar un ojo.
No se trata de evitar todo lo que se considera un lugar común, sino de saber cuánto se gana y cuánto se pierde con su sustitución.
Oda a «fruncir el ceño» (o a cualquier otro lugar común bien utilizado)
¿Por qué reivindico esa expresión? Porque está llena de matices. Se puede fruncir el ceño por enfado, contrariedad, sospecha, tristeza… O, simplemente, porque nos está dando el sol en la cara. Explicitar el motivo ya será decisión del escritor. Quizá le interese que quede ambiguo para que el lector lo interprete como quiera.
Por ejemplo, resaltar ese gesto en una discusión entre dos personajes puede servir para que se piense que uno de ellos se está conteniendo el enfado y luego se descubra que se debía a que dudaba si confesar la verdad a su interlocutor.
¿Cuándo no «fruncir el ceño»?
Si, cada vez que tu protagonista se enfada, dices que frunce el ceño, resultará reiterativo. Hay numerosas formas de mostrar enfado, elige una u otra según lo que quieras resaltar. Unas veces, convendrá un gesto; otras, unas palabras (insultos, elevar el tono…); otras, una reacción (tirar o golpear cosas).
Al pronunciar ciertas frases o llevar a cabo determinadas acciones, quizás visualices a tu personaje con el ceño fruncido; pero no tienes por qué especificarlo si hay otros elementos más expresivos en esa escena.
Y, aunque te haya dicho que «fruncir el ceño» es un gesto lleno de matices, tampoco deberías caer en usarlo en cada una de las reacciones de tus personajes. Puedes jugar con su ambigüedad en momentos puntuales, pero sin excederte. Porque entonces sí que parecerá que tienes pobreza léxica.
Como todo recurso, si abusas de él, pierde valor.
Y todo lo dicho sobre «fruncir el ceño» es extrapolable a cualquier otro lugar común.
Cuándo sí usar los lugares comunes
No siempre hay que huir de expresiones que hemos oído infinidad de veces.
No soy partidaria de los lugares comunes porque no provocan nada en el lector; pero, precisamente por eso, en ocasiones son la mejor opción para transmitir rápido algo a lo que no le damos demasiada importancia, en vez de dedicar cinco líneas o una metáfora rebuscada.
No todas las frases han de llamar la atención o transmitir emociones, algunas son solo utilitarias.
Cuándo no usar los lugares comunes
No pasa nada si durante la escritura llenas tu texto de lugares comunes. Pero, a la hora de revisarlo, debes ser capaz de reconocerlos y decidir cuándo debes sustituirlos o eliminarlos.
Si quieres que te ayude a cazar todos los lugares comunes y ha conseguir la mejor versión de tu historia, escríbeme:
Si en una escena buscas emocionar o causar un gran impacto en el lector, debes esforzarte en describirlo de manera única, rebuscando en tu interior y olvidándote de las fórmulas resobadas.
Y, si solo se te ocurren frases manidas, puedes optar también por ser simplemente literal, no todo requiere de una metáfora o de un símil. Más vale decir «azul» que «azul como el cielo», que no aporta nada nuevo ni matices diferenciadores.
En definitiva, todo se resume en no recurrir por inercia a frases hechas, lugares comunes, clichés o gestos frecuentes. Conviene meditar en cada momento de la trama si son la elección más adecuada.
No hay recurso prohibido, sino recurso mal usado.





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